Jorge Abbondanza
Cualquiera se da cuenta. El cine industrial ha resbalado en los últimos tiempos hacia fantasías vistosas, temas triviales, violencia encarnizada o sentimentalismo capaz de dulcificar muchas historias con un final complaciente. Eso es fruto de la inseguridad con que opera la industria en busca del apoyo del público, que a veces falla ante costosas producciones y otras veces responde en el caso menos pensado. El público ya no es incondicional como era en el pasado, y a menudo se retrae por culpa del ascendente costo de la entrada, por culpa de los chascos que se ha llevado con películas que prometen pero no cumplen, o por culpa de la enorme oferta de televisión, DVD o Internet.
Mientras dura la temporada de premios (el Golden Globe, el Oscar) el problema se nota menos, porque la gente quiere ver a los ganadores de esos trofeos y el negocio se reaviva como si le inyectaran oxígeno, pero el resto del año queda en evidencia que la industria tantea cautelosamente los gustos del público y lo hace con suerte desigual, ya que no siempre sabe lo que quiere ese público. Por ello se refugia en las secuelas de lo ya probado (Hombre araña, Sex and the city, Batman, Toy story) para no pisar en falso. En medio de esa rutina, las notas de interés o de calidad son cada día más raras y la aparición de personalidades es cada vez menos frecuente.
Tratando de adivinar lo que ocurre en la cabeza de los directivos de la industria cinematográfica, cabe suponer que el miedo al fracaso comercial es más fuerte que el apego por el talento, la voluntad de innovar o el aprecio por un gran tema. Lo que parecen incapaces de descubrir es que a veces no se necesita mucho para obtener un resultado óptimo. El hilo argumental en que se apoyaban las comedias de Laurel & Hardy era el colmo de la simplicidad y su éxito mundial fue inmenso. Aún hoy, una película pequeña y bien hecha puede basarse en un pretexto mínimo, envuelto quizás en un aire romántico y lograr un irresistible nivel de seducción que no deja al público indiferente.
Eso sucede por ejemplo con una película francesa de inminente estreno montevideano, Mademoiselle Chambon (o Une affaire d`amour) donde se describe la relación de una maestra de escuela con un albañil en una ciudad de provincia. Lo que pasa allí por fuera es casi nada e importan más los silencios que las palabras, pero el relato va cargándose de una emoción y una sensibilidad extraordinarias. Eso demuestra que la industria se equivoca cuando apuesta a los grandes despliegues, a las vistosidades huecas o al imán que pueden tener las estrellas caras en papeles baratos. El secreto está en cambio en la discreta puntería de un director intuitivo o en el encanto de una sencillez bien administrada. Porque lo más probable es que detrás de esos valores llegue la respuesta del público, que no es tonto y sabe disfrutar lo que es bueno. Pero no todo el mundo parece conocer esa fórmula, dentro o fuera de la industria.