¿Qué se siente al ver la experiencia de uno convertida en una gran ópera? En mi caso, lo que ocurrió fue que encontré que mis informes acerca de Nixon en China eran evocados por "Nixon en China", la ópera de John Adams.
Se siente muy raro. Aún más raro fue darme cuenta de que uno de los personajes principales de la ópera aún vivía sólo a una milla al otro lado de la ciudad. Eso es porque el Henry Kissinger que conocí por años de contacto profesional es sólo un poco más fascinante y complicado que el lujurioso lacayo de los terratenientes que arrastran a su tocayo en el drama del Metropolitan Opera House.
Y por otra parte, el artero Richard M. Nixon que todavía atormenta a mi generación y que aún nos habla desde grabaciones, encarna más intriga, pretensión y paranoia que el elegante barítono del Nixon que está sobre el escenario. La paciente Pat Nixon a su lado me recuerda a la primera dama, pero las poéticas tonadas de soprano seguro que dejan atrás esas memorias. También insisto en que para mil millones de chinos contemporáneos, Mao Zedong tiene mucho más para responder que este caos alegre que la ópera utiliza para rememorar sus ingobernables ardores.
En cuanto a Chiang Ching (la esposa de Mao), sus astutas artimañas más o menos hacen algo de justicia a la viciosa dominación que ejerció en la vida real sobre la Revolución Cultural. Todo lo que veo con forma de canción, baile o actuación en el Met es, efectivamente, material vivo y crudo extraído de 1972, el mismo material que sigue dando forma a la política estadounidense: los cálculos burdos de la política interna, las ansias de dos sociedades agotadas por ese entonces, que buscaban renovación en la otra y se desesperaban por sus líderes desorientados que se excusaban en justificaciones.
No se puede negar el arte que hay en Nixon en China: los briosos ritmos de la música de Adams, las ingeniosas y elípticas fantasías del libretista Alice Goodman y las invenciones del director Peter Sellars. Se acercaron por primera vez a este asunto en 1983, apenas una década después del viaje del presidente, y terminaron su trabajo en 1987, más de seis años antes de las muertes de Nixon y de su esposa. Y como China, los creadores de esta obra han tenido que esperar una generación para el gran reconocimiento americano, que en su caso llega desde los magnates del Met.
Entonces, ¿qué hacen los ecos de la realidad por el arte? ¿Y qué le debe el arte a la realidad? Si Picasso puede deconstruir una guitarra, ¿por qué no puede una ópera distorsionar la diplomacia y pervertir una personalidad? Verdi, el gran maestro de los dramas, que combinó pasiones personales con conflictos sociales y políticos, dijo que "imitar la verdad puede ser una buena cosa, pero inventar la verdad es algo mejor". Con todo, dejó pasar 2.500 años antes de tomar personajes reales para Nabucco y 300 años para crear la lucha entre dogmatismo y liberalismo en Don Carlo.
En un claro contraste, los teóricos de la conspiración de Hollywood, encabezados por Oliver Stone (JFK, Nixon), rechazan una paciencia tan respetuosa para diseñar muchos docudramas (y aquí aludimos a Mark Zuckerberg). Bien, Nixon en China me convence de darle una oportunidad a Shakespeare, quien determinó que un siglo era la mínima distancia segura entre los hechos reales y sus personajes teatrales.
La ópera, por supuesto, es improbable por definición. Es musical y emocionalmente histriónica. Nadie podrá confundir nunca un recitado operático con una conversación real, sin importar los nombres y las vestimentas que usen los cantantes. Así que ¿qué sentido tiene molestarse, como en Nixon, para meternos en una trama ficticia con personajes contemporáneos y escenas aún activas en nuestro banco de memoria? ¿Por qué alimentar el drama con la actualidad y las actualidades fabricadas de nuestros televisores y diarios?
RECONSTRUIR. La respuesta es obvia, pero también tramposa. El drama basado en las noticias puede ayudar a superar el olor mustio que inunda muchos teatros de ópera. La sirena que suena para un cuento familiar puede acercar a una nueva generación a las salas, al punto que imploramos a nuestros políticos para que tengan acciones sorpresivas que inspiren a otro Nixon en China. Y por sobre todo, una historia aparentemente relevante puede aprovechar el poder de la experiencia contemporánea, saltar al conocimiento y las emociones que el público tiene antes de entrar y así construir una realidad que apunta a buscar verdades más profundas.
El peligro es que, a pesar de la verosimilitud del texto, de la ambientación y del vestuario, la mirada del espectador puede no coincidir con la fábrica que hay detrás del escenario. Lo que los creadores quieren que sea profundo, puede aparecer ante los que conocen como una parodia. Al apropiarse y embellecer una historia reconocible, el arte puede aguzar nuestra credulidad.
Nixon en China ilustra el problema. Las notas del programa del Met observan que "es un evento mediático sobre un evento mediático". La ópera no tiene argumento, es una mera representación de escenas de un matrimonio diplomático. Confinado por las circunstancias, este texto casi no tiene pasión ni tiene los hinchados conflictos de las mayores óperas, no hay amores turbulentos, ni celos corrosivos ni éxtasis religiosos, ni mucho menos calamidades sin final.
No hay espacio en el libreto para las historias de fondo que, todos nosotros, los actores originales, pusimos en ese viaje. Las grandes convulsiones de la China de Mao, que reclamaron millones de vidas, solamente son evocadas en algunas frases sobre revolucionarios que nadan como "los peces nadan en el mar" enfrentando "una larga marcha" para "alcanzar el día". Del mismo modo, la ópera tiene solo algunas alusiones vagas a la memoria, en ese momento cruda, de los chinos y americanos combatiendo en Corea, del cruce del Pacífico por Nixon, de su retirada de la demagogia de la Guerra Fría y de la amarga derrota en Vietnam.
El ganador del Pulitzer por su cobertura del histórico viaje opina sobre la ópera que esta tarde se verá en el teatro Solís
"¿Cuánto de lo que hicimos fue bueno?"
Tras terminar con lo histórico y lo ideológico, la ópera toma un giro final. En el acto tercero se vuelca hacia lo sicológico. Acostados delante nuestro en sofás freudianos, Nixon y Mao hablan sobre sus días de juventud y formación personal. Uno de ellos y su esposa recuerda bailar ante el romance de la revolución y de la batalla por el poder. El presidente rememora sus días en la marina y de como "un stud de cinco cartas me enseñó mucho sobre la humanidad" y que es necesario "hablar tranquilo y no mostrar la mano". Kissinger usa su sofá para hablar con su traductor, y afirma que la vida es dura y pide que se le muestre el baño, para no volver a aparecer.
Es fácil burlarse de las líneas argumentales de la mayoría de las óperas, pero no es mi propósito. Quiero decir que cuando la realidad candente está tan deliberadamente utilizada para enganchar al público a través de la familiaridad y para crear un exagerado sentido de la excitación, se arriesga a ser constreñida por esa misma realidad y a no alcanzar las verdaderas profundidades del drama y de los personajes. Ante el repentino y sorpresivamente ambiguo final de Nixon en China, escuchamos el aria de Chou, quien pregunta "¿Cuánto de lo que hicimos fue bueno? Todo parece estar más allá de nuestro remedio".
Me fui pensando si los creadores de esta ópera no compartirán esa misma ansiedad.
Función desde las 16 horas
La ópera de John Adams en versión del Metropolitan Opera House llegará desde las 16 horas al Teatro Solís como parte del ciclo "The Met: Live in HD Series" que cubre a 46 países. Fue escrita por Alice Goodman y se estrenó en Houston en 1987. En la versión que ahora se realiza los roles principales están cubiertos por James Maddalena (Richard Nixon), Robert Brubaker (Mao Zedong), Russell Braun (Chou En-lai) y Richard Paul Fink (Henry Kissinger).
La realidad está sobre todo en el primero de los tres actos
Las principales imágenes producidas por este viaje histórico aparecen durante el primero de los tres actos que tiene la ópera de John Adams y nada más. Hay una representación perfecta del avión presidencial que aparece en el cielo. Y casi al igual que en una memorable fotografía, Nixon estrecha la mano de Chou En-lai, a quien los americanos han despreciado por generaciones.
El coro de bienvenida eleva una nota en un leve falsete cuando canta las reglas de Mao que indicaban ser amable con los campesinos y los enemigos prisioneros, aunque podría haber sido más apto si se usaba para entonar su disciplina partidaria, que indicaba que el individuo se subordinaba a la organización.
Con todo, la conversación de Nixon y Chou en el aeropuerto es acertada y la mente del americano es descrita como preocupada con su imagen.