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"El resto del mundo rima", la novela de Carolina Bello que llega al Mapa de Lenguas

"El resto del mundo rima", el debut de Carolina Bello para Literatura Random House, formará parte de la colección Mapa de Lenguas, que se editará en toda Latinoamérica y España

Carolina Bello. Foto: Leonardo Mainé.
Carolina Bello. Foto: Leonardo Mainé.

"Este es un honor que no esperaba”, asegura Carolina Bello, autora de El resto del mundo rima, tras enterarse de que su nueva novela formará parte del Mapa de Lenguas 2022. A través de la colección ideada por Alfaguara y Literatura Random House, su más reciente trabajo se editará en todos los países de lengua hispana al igual que Las cenizas del cóndor, de Fernando Butazzoni, el otro representante local. “Que a los 38 años se publique mi obra en otros países es como un tiro en la noche que no pasa seguido”, comenta.

Y para la autora de las celebradas Urquiza y Oktubre, este reconocimiento marca un nuevo hito en su carrera. “Es un sueño”, asegura. La novela, donde Bello entrelaza su fina mirada de cronista con su admirable prosa, captura el ambiente asfixiante que se vivió en Uruguay un año después de la crisis de 2002. “Quería escribir sobre lo que dejó esa centrifugadora de almas que fue ese año para cualquier rioplatense”, explica. “La desesperación llegó a todos los estratos sociales, y si voy a hablar de personajes que están rotos, quería pensar en cómo se mueve esa gente en ese momento que tuvo tanto para desesperarse”.

La historia se inicia con el personaje de Andrés Lavriaga, un lector empedernido con un pasado signado por la violencia familiar, que fue parte de un triple accidente de tránsito en la Ruta 1. Acababa de robar una sucursal de préstamos junto a tres personas —entre ellos, Ernesto, su hermano gemelo—, y mientras escapaban en un auto sin luces, impactaron de frente contra un coche con una familia de cuatro integrantes. Todos, menos Andrés, murieron en el acto.

La bióloga Julia Bazin, que también iba por la ruta en el momento del accidente, se salvó de milagro. Se adelantó por la senda opuesta y, gracias a esa infracción, evitó el choque en cadena. Eso sí, terminó a un costado de la ruta tras arrasar el alambrado del campo.

Luego de esa primera escena, que Bello describe como si se tratara de un guion cinematográfico, el relato se sitúa en el hospital donde ambos están internados. Sin embargo, apenas los personajes repasan su vida para tratar de entender qué los llevó a ese punto —Julia se escapa de su internación y usurpa la identidad de una doctora para acercarse a Andrés—, el escenario se transforma. 

—Al leer El resto del mundo rima me quedé con la sensación de que, en realidad, el hospital se convierte en un purgatorio. Andrés perdió una pierna y sabe que está a punto de ir a la cárcel. Él repasa su vida en esa especie de punto muerto antes de ir al infierno. ¿Estás de acuerdo? 

—Es muy lindo lo que me decís sobre el purgatorio y podríamos pensar que sí, porque Dante nos dejó es esa cosmovisión de la que nunca más el mundo pudo salir. ¿Qué es peor? ¿El infierno, el paraíso o el purgatorio? El purgatorio es el lugar donde uno está con el alma constreñida, esperando el veredicto, y estos son personajes que en esa primera historia del hospital no solo están esperando, como Andrés, sino que están en posición de decidir como Julia. Ese es el peor pesar de la protagonista: la necesidad de escapar de su propia vida, de inventarse otra pero no poder despojarse de esa necesidad de decisión, que es lo que le más duele y apremia. Que traigas ese concepto de purgatorio no es menor porque la novela tiene una cosmovisión de reflexión sobre las religiones. En este caso, el catolicismo porque Julia nace en una familia en la que padre y hermanos son ateos, pero vienen de una larga tradición de familia católica. Por eso, cuando es niña, mira ese mundo con una visión completamente extrañada y exógena de todo lo que al mundo le parece normal. 

—Queda claro cuando describís su cara de asco cuando la mojan con esa agua bendita llena de mosquitos. 

—Si bien se toma una religión, quería representar a todas esas personas que crecen en un contexto signado por un patrón religioso y de cosmovisión. En este caso, Julia se separa de eso y lo mira, como en todo el libro, con esa sensación de extrañamiento: nunca perteneció y es probable que nunca pertenezca a ninguna cosa.

—La religión también se pone en duda cuando Nibia, la madre de Andrés y Eduardo, se convierte a los Testigos de Jehová para encontrar un refugio tras la suicidio de su marido. Sin embargo, termina pegándole a sus hijos.

—Exactamente. Lo introduzco como una posibilidad de engaño porque también quería sortear ese prejuicio. Mientras avanza el arco argumental y Nibia se convierte a los Testigos de Jehová, podés pensar que se le fue la cabeza con la religión. Pero, en realidad, no tenía nada que ver con eso; sino con varios acontecimientos que vivió y que la convierten en una persona que se reprimió toda su vida.

Carolina Bello. Foto: Leonardo Mainé.
Carolina Bello. Foto: Leonardo Mainé.

—Me interesó mucho tu forma de describir la forma en que se aborda la muerte en la sociedad. ¿Cómo fue tu forma de encarar el tema?

—Algo que me gustó siempre es la relación entre lo visible y lo oculto como cara de una misma moneda. Pensá esto: cuando vas en el auto o en el ómnibus, de pronto te pasa por al lado el camión de residuos hospitalarios, o cuando subís a ver a un familiar al hospital, en el ascensor va el tacho de residuos. A veces tenemos naturalizada la relación entre lo visible y lo invisible. Hay un cuento hermoso de Cortázar que se llama "Conducta en los velorios", que analiza cómo cuando llegó la religión católica al Occidente se tendió a ocultar la muerte tras un manto de decoro.

—Mientras Andrés evoca su vida para tratar de entender cómo llegó a robar una sucursal de préstamos, el lector comprende que la desesperanza que se vivía en 2003 lo llevó a ese punto. ¿Estas de acuerdo?

—El contexto del 2003 afecta directamente a su padre, Prudencio, que se pegó un tiro adelante de la tele. En ese momento, mirabas el informativo y era la puerta del infierno porque tomabas conciencia de lo roto que estaba todo. Pero, para el resto de los personajes, la crisis es un contexto incidental. A ellos no los rompe la crisis, están rotos de antes. Y Andrés y Ernesto son gente de laburo, no es que roban porque sí. En realidad, lo hacen para abrirse un camino nuevo y esa es la única posibilidad que se les ocurre. Están escapando del dolor, de la violencia y de las heridas que los dos cargan en sus cuerpos como estigmas. Este es un libro de personajes reprimidos; todo es imposible porque son personas sin identidad y no hay posibilidad de construcción de futuro... 

—Por eso El resto del mundo rima...

—Exacto.

—En el capítulo donde describís la relación de Fátima, la novia de Andrés, con una lagartija llamada Romana, captura muy bien cómo ciertas experiencias del pasado marcan las relaciones del personaje.

—Sí, porque esa lagartija muere por un acto de maldad. La bicicleta está dada vuelta y con los rayos para arriba; no hay forma de que un rayo la atraviese. Ese recuerdo del personaje más naif de la novela, la conecta con el momento en que ella pasa a ser consciente de que existe en la maldad del mundo. Si analizás personajes, vas a descubrir que todos son sujeto y objeto de violencia: Julia es sujeto de violencia aunque nunca le hayan pegado. Su madre la desprecia por no confiar en ella y obligarla a vivir una vida donde no se siente cómoda. Andrés y Ernesto sufren la violencia más explícita, pero Nibia y Magda también sufren la violencia de ver un acto sexual que no deberían haber visto. Eso es lo que quería dejar claro: podés ser explícito para mostrar que alguien está roto en el presente porque tuvo un pasado melodramático, pero también existen muchas formas de violencia que todos sufrimos y sobre las que no reflexionamos.

Sin embargo, aunque algunos personajes sufran violencia más explícita, no juzgás a ningún personaje con adjetivos. Podrías haber escrito que Nibia es una mujer horrible por golpear a sus hijos con un cinturón, pero decidiste que sea el lector quien la juzgue. ¿Qué tan importante es esa mirada?

—El adjetivo es el peor enemigo del sentido. Todo eso que es polisémico y que estás describiendo para que el lector se haga una idea en la cabeza, se corta si digo que Nibia era una persona horrenda. La mejor poesía es la que carece de adjetivos porque el poeta se esfuerza por sacar el significado del adjetivo, hacerlo carne y escribirlo en un verso.

La novela incluye varias referencias a libros y películas. La que más me sorprendió fue la del libro Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog, porque me transmitió la sensación de que los personajes caminan constantemente sobre hielo y que en cualquier momento pueden quebrarse. ¿Qué te llamó la atención de ese concepto?

—Cuando leí ese libro de Herzog subrayé una parte que me disparó la maquinaria de la escritura: ""Reflexionar sobre mí mismo, saca una cosa a la luz: El resto del mundo rima". Cuando empiezo a pensar en los personajes y llego a Julia, me doy cuenta de que estoy escribiendo una historia sobre encierro, que es una temática que siempre me ha subyugado. Entonces, pensé que debía ser justo con las referencias. Por eso, el epígrafe es de Rabia, de Sergio Bizzio: "Se oyó y se sorprendió. Hacía mucho tiempo que no se escuchaba su propia voz". Con eso estoy signando el modo de lectura: además de los ojos, abrí los oídos para leerla. Cuando escribí la novela, pensé que era interesante que los personajes hablaran de películas, que es sobre lo que hablamos todos, y por eso aparece Hablé con ella, de Almodóvar, que transcurre en un hospital y te da contexto de que estamos en 2003. Por eso, todos los detalles tienen que ver con todo, aunque algunos sean más visibles que otros. Tengo una certeza con este libro: el cemento está bien hecho, y aunque a los lectores les guste o no, sé que mis párrafos están unidos con el sentido que le quería dar.

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