ENTREVISTA
El francés acaba de publicar en español "La mejor mamá del mundo", un tierno libro sobre la maternidad; acá habla de su acercamiento al tema y si ilustrador se hace o se nace
Benjamin Lacombe es una de las grandes sensaciones de la ilustración. Nacido en 1982, en París, publicó su primer libro, una adaptación de Caperucita roja en 2002 y desde entonces no ha parado de recibir elogios por su estilo cuidado y elegante.
En Uruguay hay mucha de esa obra. Se pueden encontrar, por ejemplo, Ondina, Retratos gatunos, El mago de Oz y Frida. Su bibliografía básica podría completarse con sus adaptaciones de cuentos de Edgar Allan Poe o sus historias japonesas de fantasmas.
Algunos de esos trabajos los hizo a medias con Sebastien Perez, una asociación creativa de la que acaba de editarse La mejor mamá del mundo (Lunwerg Editores, distribuye Planeta, 1990 pesos). Es literatura infantil de aspecto clásico que habla de los modelos de maternidad en el reino animal. Es líndisimo para leerle a los niños antes de dormir.
Sobre el libro, su carrera y sobre cómo dibujar con tanta calidad, vía Zoom, desde París aunque en inglés, Lacombe charló con El País.
—¿Cuál fue el primer libro infantil con el que se cruzó?
—Creo que fue Donde viven los monstruos de Maurice Sendak y un libro que recuerdo con mucho cariño, Rosa caramelo de Adele Turin. Fueron dos libros que amé y me impactaron. Aún los recuerdo.
—¿Cómo descubrió su talento para la ilustración?
—Fue porque me lo dijeron. Mis compañeros me pedían que dibujara a los personajes que les gustaban de la televisión. La mejor manera de concentrarme es dibujando así que me pasé dibujando cuando estudiaba, principalmente, las materias que no me gustaban. Matemáticas, por ejemplo. Y aprendí que dibujar no es considerado algo importante: es visto como un pasatiempo, no como algo valioso, cuando crecés. Es bueno para un niño, pero no para un adulto.
—Su trabajo es detallista y muy preciso. ¿Eso se puede aprender?
—Se pueden aprender técnicas y se puede mejorar. Yo mismo estoy siempre aprendiendo: es la parte que amo de mi trabajo. Pero lo que hace especial una obra no es una cuestión técnica sino de sensibilidad. Uno puede tener mucha técnica pero si lo que estás haciendo no tiene sentimiento, no llega a la gente. Tener algo que decir y usar tus herramientas para hacerlo es lo más importante.
—Su trabajo, a veces, es vinculado con lo siniestro...
—¿La mejor mamá del mundo te parece siniestro?
—No, para ahí iba la pregunta...
—Hice más de 40 libros, entre los que quizás haya cinco que podrían ser oscuros. Todos los demás, no. Y todos me preguntan lo mismo como si yo solo hubiera hecho Cuentos macabros o Historias de fantasmas. Mis libros son muy especiales si lo comparas con lo que hay en las librerías. La mayoría de los libros en la sección infantil son supercoloridos, con ponies y esas cosas. Cuando ves otra clase de libros la reacción es “uy esto no tiene nada que ver con los otros”. Y se ponen etiquetas. Mis libros no son góticos, son de muchas formas. Dicho eso, muchos de esos trabajos oscuros son mis favoritos.
—Volvió a trabajar con Sebastien Perez. ¿Cómo es trabajar con él?
—Llevamos 15 años trabajando juntos, así que nos conocemos mucho. Tenemos mucho background y gustos en común pero también otros que no tienen nada que ver. Eso genera una riqueza en el libro. Y no tenemos problemas en decirnos lo que no nos gusta del otro. Confiamos mucho en lo nuestro.
—¿Cómo se acercó a la historia de La mejor mamá del mundo?
-Es muy especial. La idea se me ocurrió a mi porque quería trabajar este tema y utilizar animales para hablar sobre la maternidad y la distintas formas que puede tomar en los humanos. Era muy delicado. Muchos ven la maternidad como algo de mujeres y por eso todos me preguntaban por qué lo hacía. Pero todos tenemos una madre. El tema principal igual, para mi, son los vínculos tiernos entre los padres y sus hijos. Eso tenía que quedar evidente en los dibujos y los textos. Y usé animales que no siempre se relacionan con la ternura como arañas, un tiburón. Fue un desafío.
—Trabaja en la literatura infantil hace más de 20 años...
—Uy, ¡Soy tan viejo! (se ríe)
—No creo. Bueno, a lo que iba. ¿Cómo han cambiado los lectores en todo este tiempo?
—Mucho. Hoy los preadolescentes saben mucho de imágenes. Porque las usan para expresarse en las redes sociales, por ejemplo. Así, su capacidad de analizar una imagen y de entender una narración es mucho mayor que hace 20 años. Y las posibilidades de la ilustración son mayores.Y a veces hay un grado de detalle muy delicado que entienden más que los adultos. Es muy interesante y creo que una de las razones por la que los libros con ilustraciones se están expandiendo tanto, incluso llegando a la sección de adultos es que la gente nacida hace 15 años no entienden por qué, con tantas imágenes en la vuelta, los libros son los únicos sin imágenes.
—¿Su madre es la mejor mamá del mundo?
—Sin duda. La mejor madre del mundo es la que ama a sus hijos, los entiende y da herramientas para crecer. Lo que importa es amar. Un niño puede crecer sin nada pero tiene que tener amor. Ese es el centro de La mejor mamá del mundo.