Cerca del final de Alexander, el veterano general y rey de Egipto Ptolomeo I (Anthony Hopkins) realiza una evaluación de la trayectoria de su antiguo jefe Alejandro Magno, muerto cuarenta años antes, y llega a la conclusión de que fue un fracaso: su intento de construir un imperio mundial y unir en una civilización única a Oriente y Occidente se ha disuelto en sangrientos conflictos dinásticos y nacionales. Sin embargo, el personaje agrega, admirativamente: "¡Pero qué fracaso!".
Allí queda flotando la sugerencia de que hay fracasos más interesantes que muchos éxitos: la frase podría servir también como comentario sintético de esta ambiciosa película de Oliver Stone que aspira a la grandeza y no la logra, pero en la que hay muchas cosas interesantes a lo largo de sus desparejas tres horas de duración.
Que el director apunta alto queda claro desde las primeras imágenes del film, que arranca con la muerte de Alejandro (Colin Farrell), resumiéndola en una toma en la que la mano del personaje cae fuera de su lecho, y un anillo que tenía para él un particular valor afectivo rueda hasta el suelo. Se trata con variantes, por supuesto, del comienzo de El ciudadano de Orson Welles, con el anillo en lugar de la bola de cristal que contenía la casita en el paisaje nevado de aquel antecedente. Stone está diciendo, de alguna manera, que Alejandro es su Charles Foster Kane.
La película que sigue incluye por lo menos otra referencia al clásico de Welles: su construcción en "flashbacks", más sencilla empero que en el original porque no emplea su multiplicidad de puntos de vista (el narrador es siempre Hopkins). Al igual que en El ciudadano, esos retrocesos temporales cubren varios períodos de la vida de su héroe, desde la niñez en Macedonia, pasando por una adolescencia donde se establecen algunos lazos afectivos perdurables, hasta el empeño en conquistar el mundo, los logros parciales de ese proyecto, los tropiezos finales y la muerte. Era probablemente inevitable que Stone terminara incurriendo en el desliz habitual del que mucho abarca: de entrada nomás, Ptolomeo funciona como el típico personaje-comodín (un Bill Kurtis de la Antigüedad, ha dicho algún comentarista americano) para cubrir baches de continuidad y explicar cosas.
ALCANCES. Mucho abarca, entonces, y a veces se equivoca al apretar, aunque otras apriete bien. Por un lado se trata de armar el retrato psicológico de su héroe, en el que Stone y su equipo han destilado bastante Freud. El carácter edípico de la relación de Alejandro con su madre Olimpia (Angelina Jolie) aparece subrayado hasta por cierto parecido físico entre ésta y la princesa iraní (Rosario Dawson) con la que el personaje se casa, y las imágenes de serpientes (que remiten a antiguas religiones femeninas) que vinculan a ambas mujeres.
Por otro está en film un tema que fascina a Stone, el del poder y su ejercicio, que antes lo llevara a construir ficciones sobre un par de presidentes norteamericanos (JFK, Nixon) y hasta a realizar un discutido documental sobre Fidel Castro (Comandante). Ya se sabe que el poder corrompe, y que el poder absoluto corrompe absolutamente: esa idea está en Alexander, y da lugar a algunas de las ambigüedades más sugestivas del film. Es muy perceptible la atracción ejercida sobre Stone por los sueños megalómanos de su personaje, que no deja de ser empero a sus ojos "progres" el imperialista que arrasó Medio Oriente, el racista convencido de la superioridad de su cultura y su derecho a imponerse por la fuerza sobre otros. Sin querer queriendo, el asunto adquiere de pronto resonancias contemporáneas: cuando el protagonista se instala en Babilonia (es decir, el actual Irak) y se le dice que ahora es "el rey del Asia", descarta esos optimismos señalando que su oponente el persa Darío no ha sido aún capturado. "Mientras él continúa libre y oculto en las montañas, como un fantasma, es él quien manda". El espectro de Osama Bin Laden se corporiza de pronto en la mente del espectador.
Al mismo tiempo hay en Alejandro algo de Prometeo, el Titán que desafió a los dioses y fue condenado a que su hígado fuera devorado eternamente: el film lo explicita en un par de diálogos. Stone sabe, como Werner Herzog (Aguirre, la ira de Dios), que las rebeliones prometeicas terminan en la autodestrucción, y expresa la idea en la dos únicas pero espectaculares (y muy funcionales) escenas de batalla que hay en su larga película. La primera de ellas, el combate de Gaugamela donde Alejandro derrotó a los persas, aparece filmada mayormente en grandes tomas aéreas que alcanzan una respiración épica y un toque de exaltación, aunque no excluyan el inserto de planos cercanos que denuncian la carnicería que es toda guerra. En la última, en cambio, que marca el fracaso final del protagonista en la India, no hay casi planos generales sino tomas cortas que acentúan el desvalimiento y el pánico de los soldados en medio del bosque, sin que ellos (ni el espectador) tengan en ningún momento una imagen global de lo que está sucediendo. En eso momento Stone distorsiona los colores y acentúa las tonalidades rojizas, subrayando el carácter sangriento de la aventura. Alejandro y sus hombres han llegado a un callejón sin salida.
POLEMICAS. Una manera de perder el tiempo con el film puede ser discutir, como se ha hecho en los Estados Unidos y en Grecia, el hecho de que subraye el carácter bisexual de su personaje, compartido de hecho por Alejandro con casi todos los griegos de su época, o desde el otro extremo enojarse porque en la imagen hay solamente sexo heterosexual, lo cual en todo caso parece justificarse en términos dramáticos porque hacía falta para ilustrar los sentimientos del protagonista hacia su madre. Si se le quiere reprochar algo a Stone sería más adecuado señalar una vez más sus habituales limitaciones como director dramático: su película resulta casi siempre un poco más gritada, un poco más insistente, un poco menos sutil de lo que admitía.
Tiene en su contra, por cierto, un ‘casting’ inadecuado. Colin Farrell es un actor estimable pero carece de la estatura mítica que su personaje requería, aunque tampoco está tan mal como han dicho algunos críticos. Val Kilmer compone un Filipo truculento y superficial al que el libreto ha castigado particularmente (es probable que haya sido un bruto, pero también era un talento militar, un político astuto y un tipo inteligente que se las arregló para contratar a Aristóteles para que educara a su hijo). También habría que pegarle a Angelina Jolie por convertir a Olimpia en una villana de melodrama.
Hay por cierto una objeción más profunda. Con todos sus aciertos parciales y hasta la carga de incitación y sugerencia que arroja por trechos sobre su espectador, Alexander termina por ser un film que (como su personaje) no sabe exactamente a dónde quiere ir. Antes de llegar a esa comprobación, empero, hay bastante substancia para apreciar en el camino.
critica | guillermo zapiola
ALEXANDER
Director. Oliver Stone.
Libreto. Oliver Stone, Christopher Kyle, Laeta Kalogridis.
Fotografía. Rodrigo Prieto.
Música. Vangelis.
Diseño de producción. Jan Roelfs.
Montaje. Tom Nordberg.
Productores. Thomas Schühly, Jon Kilik, Iain Smith, Moritz Borman.
Elenco. Colin Farrell, Angelina Jolie, Val Kilmer, Jared Leto, Rosario Dawson, Anthony Hopkins.
Salas. Arocena, Cinemetro, Ejido y MovieCenter Montevideo, Portones y Punta Carretas.
l Estados Unidos 2004.