Cuatro días atrás Mariah Carey y su esposo, el rapero Nick Cannon, confirmaron en televisión que están esperando un niño. Con esa afirmación, que dio la vuelta al mundo en cuestión de minutos, despejaron rumores insistentes que se venían escuchando desde hace semanas. La razón por la que demoraron en contar sobre el asunto está en una mala experiencia anterior, ya que ella tuvo un aborto espontáneo el año pasado. Ahora, cuando todo marchaba bien, correspondía contarlo y despejar rumores.
La cuestión sobre el momento en que se quieren decir las cosas, lo que se quiere decir y el cómo se quieren decir es todo un tema en el mundo de la farándula. Son cuestiones que no siempre están en manos de alguien en particular, sino que se mueven según fuerzas que pujan por los intereses más dispares. Los medios de la farándula estadounidense mataban por conseguir la primicia sobre el embarazo de Carey al mismo tiempo que ella y su esposo trataban el tema con mucho cuidado para no divulgar una noticia que podía caer por tierra si vivían una desgracia como la del embarazo anterior. A pesar de los insistentes rumores, la pareja logró tomar las riendas y ganó la puja confirmando oficialmente el embarazo. El problema es que para ganar esa puja tuvieron que actuar como todos querían: gritarle al mundo que están esperando un hijo. No había opción intermedia. Javier Bardem y Penélope Cruz pasaron por lo mismo meses antes.
Un embarazo, como es obvio, es más sencillo de esconder que un casamiento. Pero la puja entre las distintas partes es la misma. La semana pasada la cantante Katy Perry se casó en India con el comediante inglés Russell Brand. Supuestamente era una ceremonia privada, pero sus formas de ocultarse se convirtieron en el espectáculo farandulero más visto de esos días. Incluso más visto que las emulaciones de sexo coreográfico en Showmatch. Es que en este tire y afloje entre diversos intereses las intenciones de esconder se convierten en show.