La plebeya que subyugó al poderoso aristócrata

CRITICA/JORGE ABBONDANZA

ORGULLO Y PREJUICIO

Quienes vieron el mes pasado en la televisión para abonados los seis episodios de Orgullo y prejuicio, la serie que se filmó en Inglaterra en 1995, tuvieron un excelente aperitivo para este nuevo festín de las novelas de Jane Austen en el cine británico. Los temas literarios de la escritora no eran más variados que los del género actual de la telenovela: muchacha inteligente y a menudo pobre, entabla un idilio con su enamorado luego de abundantes tropiezos y malentendidos. En este caso, el romance entre la voluntariosa Lizzie Bennet y el aristocrático señor Darcy se atasca por culpa de la insoportable madre de ella, la infranqueable diferencia de clases y algún episodio secundario que separa a los jóvenes, pero al cabo de tantos altibajos la relación culmina como corresponde a los espíritus románticos.

El sabor de las obras de Austen deriva no sólo de su mirada crítica sobre esos conflictos sociales en la Inglaterra rural de 1810, sino también del humor casi satírico con que supo retratar la ambición, la arrogancia, el snobismo y el culto de la conveniencia entre gente de condición dispar. Así sus historias se instalan en un territorio intermedio entre la comedia de costumbres y el folletín sentimental, sin perder la agudeza o la emoción que la autora engarzó con su infalible instinto y sin olvidar una particular sensibilidad para bañarlos con la exaltación de las emociones que dio a sus novelas una larga perduración.

FRONDOSA. La película dirigida por Joe Wright se apoya en un respetuoso libreto de Deborah Moggach, donde ofició como asesora la mismísima Emma Thompson, que diez años antes había sido guionista ejemplar de Sensatez y sentimiento, otro modelo de trasplante cinematográfico de Austen. Aquí, el resultado oprime un poco la vasta materia novelística para que pueda caber en una película de dos horas, con lo cual algunos pasajes dan la sensación de galope, pero el resultado funciona igualmente bien porque el friso de época está armado con un permanente dinamismo de cámara y montaje, de manera que la respiración de esa historia es la del alboroto familiar y juvenil que domina toda la intriga.

Mientras Lizzie y Darby postergan el encuentro de sus corazones a través de muchas altanerías y resentimientos, la fotografía de Roman Osin tiene tiempo para embellecer el producto con un refinamiento visual que evoca la pintura de época, desde los retratos de Gainsborough hasta los paisajes de Constable. El diseño de producción de Sarah Greenwood agrega una selección de mansiones campestres capaces de explicar la insólita opulencia de una clase dominante y de paso adornar el relato con marcos de esplendor que hace dos siglos ya habrán encandilado a la propia Austen.

Hubiera hecho falta en todo caso un toque adicional de gravedad para pintar las abismales diferencias de condición que ponen en peligro el romance central, porque el tono es aquí demasiado festivo para transparentar ese fondo social a veces ácido y siempre temible.

Pero de todas maneras perdida ya por efecto del paso del tiempo la intuición melodramática que tuvo la novela del siglo XIX el saldo es muy disfrutable, en parte por las hermosuras de reconstrucción, por el brío narrativo que impone el director y sobre todo por las capacidades del elenco, donde Keira Knightley es una heroína radiante, Brenda Blethyn es una madre de restallante cursilería, Donald Sutherland es un padre lleno de jovial dignidad, Judi Dench es el vivo retrato de la tiranía de los poderosos y Matthew Macfadyen calza como un guante en ese enamorado que sale tardíamente del encierro de su orgullo de clase.

Pride & Prejudice

Dirección. Joe Wright

Guión. Deborah Moggach

Música. Dario Marianelli, Henry Purcell

Fotografía. Roman Osin

Dirección de arte. Nick Gottschalk, Mark Swain

Elenco. Keira Knightley, Matthew Macfadyen, Rosamund Pike, Donald Sutherland, Brenda Blethyn, Judi Dench.

Gran Bretaña-Francia 2005.

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