GUILLERMO ZAPIOLA
Los robots de Isaac Asimov han desplazado al Hombre Araña en la taquilla norteamericana. En su tercera semana de exhibición en los Estados Unidos, las aventuras del superhéroe arácnido descendieron al segundo lugar entre los films más taquilleros, mientras el primer puesto lo conseguía Yo, robot, aventura futurista protagonizada por Will Smith e inspirada en los cuentos del famoso escritor de ciencia ficción y divulgador científico ruso/americano.
De hecho, los créditos del film señalan que su libreto, escrito por Jeff Vintar y Akiva Goldsman, fue "sugerido" por el clásico libro de cuentos de Asimov, una serie de relatos independientes aunque vinculados por la presencia de algunos personajes recurrentes (la ‘robopsicóloga’ Susan Calvin, los ‘probadores’ Donovan y Powell) y la aplicación de las "tres leyes de la robótica" inventadas por Asimov y el editor John Campbell.
Todo indica que el film dirigido por Alex Proyas (El cuervo, Dark City) que acaba de estrenarse se toma sus libertades con el original. Si el tema asimoviano por excelencia eran las contradicciones a veces insolubles entre sus leyes, las crónicas norteamericanas describen la película, sobre todo, como un relato de acción ambientado en un futuro no muy lejano (año 2035) donde un policía que odia a los robots (Will Smith) debe investigar un asesinato que quizás fue cometido por uno de ellos. El muerto es un científico (James Cromwell) que habría creado las "leyes de la robótica", al parecer abundantemente violadas en el film. En la indagación, Smith es ayudado por la ‘robopsicóloga’ Calvin (Bridget Moynahan). Hay, por supuesto, abundantes efectos especiales.
ANTECEDENTES. El término "robot" no fue inventado por Isaac Asimov, aunque la formulación literaria clásica de esos seres mecánicos le corresponda. Por supuesto, el concepto y hasta la misma palabra son anteriores al escritor: derivan del término checo "robota", que significa "trabajo forzado", y fueron acuñados por el dramaturgo Karel Capek en su obra teatral de 1920 R.U.R. (Rossums Universal Robots). Pero la formulación "clásica" del artefacto es asimoviana.
Las "tres leyes de la robótica" fueron inventadas por Asimov y el legendario editor de la revista Astounding Science Fiction, John W. Campbell, el 23 de diciembre de 1940. Han servido de base a numerosos relatos del mismo Asimov, entre ellos los reunidos en los libros Yo, robot y El resto de los robots y la serie del héroe espacial Lucky Starr, escrita con el seudónimo de Paul French. Otros escritores también las han empleado. Helas aquí:
1) Un robot no debe dañar jamás a un ser humano, o permitir que un humano sea dañado por su inacción.
2) Un robot debe obedecer toda orden impartida por un ser humano que no contradiga la Primera Ley.
3) Un robot debe proteger su propia existencia, mientras ello no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
Esas leyes colocan a veces a los robots de Asimov en situaciones insolubles o casi. En uno de sus cuentos (¡Embustero!), para no lastimar (lo que violaría la Primera Ley) a una mujer que se ha enamorado de un compañero de trabajo, un robot le hace creer que el hombre corresponde a su amor: por supuesto, cuando se descubre la verdad la mujer (incidentalmente, la propia ‘robopsicóloga’ Calvin) queda más lastimada que nunca, y la mentirosa máquina padece un cortocircuito. En otro, un modelo de robots capaz de reproducirse mediante la fabricación de máquinas auxiliares debe ser discontinuada porque se descubre en él una tendencia a violar la Primera Ley o, mejor aún, a crearse una propia: la protección del hijo.
OTROS. Antes de Asimov hubo ciertamente otros robots famosos en el cine. El primero de todos fue probablemente la "falsa María", doble exacto de la protagonista de carne y hueso interpretada por Brigitte Helm en Metrópolis (1926), fabricado por el enloquecido científico Rottwang para provocar una rebelión entre los desheredados de la sociedad futurista (en realidad hoy resultaría contemporánea: la acción transcurría en el año 2000) evocada en esa película de Fritz Lang. El más inquietante fue sin duda el que acompañaba al extraterrestre Michael Rennie en El día que paralizaron la Tierra (1950) de Robert Wise. El más popular fue Robby el Robot, quien asomó por primera vez en la excelente anticipación El planeta desconocido (1956) de Fred M. Wilcox, que era una libérrima adaptación de La tempestad de Shakespeare ambientada en las galaxias, volvió a ser usado en El niño invisible (1959), un film de clase B dirigido por Herman Hoffman, y fue alquilado luego a la televisión, donde se lo vio largamente en la serie Perdidos en el espacio. Parientes cercanos más sofisticados son los androides de Blade Runner de Ridley Scott, el policía cibernético de Robocop, o el teniente comandante Data de la serie Viaje a las estrellas. Pero era inevitable empero que, tarde o temprano, uno de los robots de Asimov llegara al cine.
La televisión británica pudo proporcionar una versión de su novela Las cavernas de acero (1964), y la española una de su relato ¡Embustero!, de la serie Yo, robot (El robot embustero, España 1966, director, Antonio de Lara). También fue filmado Nightfall (Estados Unidos 1988, director, Paul Mayersberg), para muchos "el mejor cuento de ciencia ficción que se haya escrito".
En 1999 Chris Columbus (el responsable de los dos primeros Harry Potter) llevó a la pantalla El hombre bicentenario, basado en un relato largo de Asimov y Robert Silverberg escrito para conmemorar los doscientos años de la creación de los Estados Unidos. El film era más largo y más sentimental de lo necesario, y tenía el inconveniente adicional de estar protagonizado por Robin Williams. Hay que desearle más suerte a Alex Proyas (que no es ningún tonto) y su Yo, robot.
Un escritor muy popular
Nacido en Petrovichi, Unión Soviética, en 1920, Isaac Asimov llegó con sus padres a los Estados Unidos cuando tenía cuatro años. Esos inmigrantes judíos vivieron durante muchos años en Nueva York regenteando diversas tiendas de golosinas. Luego vinieron los estudios universitarios, un doctorado en bioquímica, y una simultánea carrera como escritor de ciencia ficción apadrinada en sus comienzos por el legendario editor John Campbell. Con el tiempo se ganaría una fama suplementaria como divulgador científico.
A los efectos de esta nota, el más interesante ciclo narrativo de Asimov es naturalmente el de sus cuentos de robots. Sin embargo no es posible olvidar sus novelas (El fin de la eternidad, Las corrientes del espacio, Los propios dioses, Rebelión en la galaxia), ni de su otra clásica serie de cuentos, la "trilogía de la Fundación". Al margen de sus labores de ‘non fiction’ escribió también relatos policiales (la serie de los Viudos Negros) y hasta una variante propia, la "ciencia ficción detectivesca", de la que son adecuados ejemplos las novelas Las cavernas de acero y El sol desnudo, o los cuentos reunidos en el volumen Estoy en Puertomarte sin Hilda. Igualmente prologó numerosas antologías propias y ajenas, haciendo gala siempre de una profunda erudición, un abundante sentido del humor y un ‘ego’ de dimensiones galácticas.