Hugo García Robles
El musicólogo argentino Carlos Vega, de quien se cumplieron en febrero pasado cuarenta años de su muerte, dedica a la Zamacueca un estudio que, como todos los suyos, es fuente de conocimiento preciso y exposición elegante. La danza, dice el maestro, fue "danza de la pasión y del afán, ocasión de proclamar la prístina voluntad del amor; ejercicio de coquetería y ensayo de asentimiento, para las mujeres; argumento pantomímico que sintetiza las angustias de la conquista sinuosa y en que las cosas de soledad se dicen en la alta voz rítmica del cuerpo; preámbulo sin desenlace real; oculto sentido universal y eterno franqueándose en ambiente de tolerancia o beneplácito, la Zamacueca fue negada y loada, escarnecida y aclamada, rechazada y elegida, adorada y maldita".
Vega sigue los pasos de la danza que anduvo entre California y el sur del continente, cubriendo las tres Américas. Apareció inmediatamente después de la conquista de Lima por las fuerzas de la Independencia y es danza nacional de Perú y Chile.
Es curioso verificar cómo cada pueblo o región le prestó su propio carácter, mutando ligeramente el modelo recibido para adaptarlo, con la característica flexibilidad pragmática de lo popular genuino, a su propia manera. Pero la esencia coreográfica se mantuvo, la pantomima de la seducción amorosa y el juego de los pañuelos agitados como lazos dispuestos a apresar el corazón de la pareja.
Sarmiento, exiliado en Chile, donde ejerce el periodismo, testimonia su asombro por el entusiasmo que levanta la Zamacueca en el país trasandino, con el pueblo enloquecido por la danza. Por eso ha dicho José Gálvez que el baile "perdió la cabeza en Chile" donde pasó a llamarse Cueca. Pero Sarmiento, que tenía treinta y un años cuando se asila, no era un testigo pasivo y en sus testimonios, que eran artículos publicados en El Mercurio de Valparaíso: "¡Oh! no se rían los extranjeros que han visto a mil chilenos con la sonrisa en los labios, palpitante el corazón, siguiendo de hito en hito cada movimiento de la graciosa danzarina, acompañarla con mil golpes acompasados remedando el tamboreo y haciéndole hurras con los gritos de ¡leña!, ¡fuego!, ¡dale! No, no se burlen de los frenéticos aplausos, de su alegría infantil. ¡No!, el que no es chileno no puede juzgar en tan grave materia, no puede comprender porque no sabe sentir".
Sarmiento insiste y hace la siguiente descripción, que lo muestra como testigo de primera mano o danzante él mismo de Cueca, como la bella joven dobla su blanco pañuelo, alisa su vestido y "echa una mirada furtiva al círculo de espectadores; en un santiamén ha contado los jóvenes que van a verla bailar y visto el lugar que ocupa el predilecto. Su lindo cuerpecillo va en sus graciosas vueltas y revueltas haciendo efectivo punto por punto este precioso verso popular, que es la pintura ideal de la zamacueca: ‘la culebra en el espino/ se oculta y desaparece /La mujer que engaña a un hombre / una corona merece’".
En 1942, cien años después que Sarmiento anotara la copla, Vega recorre el sur de Chile en sus trabajos de investigación musicológica. En un barrio pobre de Puerto Montt encuentra "una viejita guitarrista y cantora doblegada un siglo de vida oscura y trabajada. Conseguí que ejecutara cantos de sumergidas primaveras y esa boca antigua y dócil se abrió de pronto sobre rasgueos para emitir una voz grave, cavernosa, casi de tumba; y la voz articuló una dramática Zamacueca cuyo texto recibí con súbito escalofrío: ‘La culebra en el espino / se oculta y desaparece / la mujer que engaña a un hombre / corona de oro merece’". La memoria del pueblo conservaba el viejo legado.
En la reciente ceremonia que ha puesto a la señora Michelle Bachelet en la presidencia de Chile, se bailó la cueca, se agitaron los pañuelos de siempre y hubo payadores. Envidiable memoria de ese pueblo que no olvida las raíces profundas de su ser, canta y baila hoy con la voz del pasado vivo.
Me pregunto cuándo Uruguay recuperará su propia voz nacional, dejando al Carnaval lo que el Carnaval tiene, para rescatarla en danzas y cantos que están dormidos pero no borrados.