FERNANDO MANFREDI
El 15 de diciembre Erwin Schrott volverá a representar en el Dorothy Chandler Pavilion de Los Angeles a "Don Giovanni". Que se lo considere todo un evento habla a las claras del prestigio del cantante uruguayo.
La prensa estadounidense lo mima dedicándole titulares y notas laudatorias. Es que el bajo barítono es uno de los artistas más requeridos por los teatros de ópera del mundo. De él se ha dicho que es capaz de transmitir emociones con una intensidad y poder sin igual.
Uno de sus papeles fetiche es precisamente el Don Giovanni que ha representado desde el Royal Opera House de Londres hasta el Dorothy Chandler Pavillion (2003) pasando por Washington, Florencia, Génova, Nápoles, Milán y Valencia. A los 35 años los grandes teatros de ópera requieren regularmente su voz sensual, interpretación sentida y buena presencia escénica que hacen delirar a la crítica y provocan el desmayo del público femenino.
Los críticos han exaltado la interpretación del papel que se ha convertido en marca de fábrica de Schrott como "en un estadio animal", "salvaje" y "sensual", "con feroz brutalidad". Prescindente de tanto cataclismo, Schrott asegura ser "un hombre muy feliz" y la sonrisa permanente es su distintivo. "Amo mi trabajo en el escenario, amo viajar. Cuando uno tiene la oportunidad de trabajar en algo que ama, se es muy afortunado", comentaba ayer al sitio ladowntownnews.com.
El cantante, que se enamoró del teatro desde la primera vez que caminó sobre las tablas a la edad de 8 años, es tan apasionado por la ópera que su vida casi transcurre dentro de ese ambiente. "Dedico tal vez 330 días a la ópera. Es donde me encuentro la mayor parte del año. Cuando no estoy allí físicamente, mi mente y mi alma se encuentran todavía allí", dice.
El barítono, quien ha hecho de Mozart una de sus "especialidades", es tanto cantante como actor, y forma parte de una nueva generación de artistas de ópera que busca formas de expresión que van mucho más allá de la mera belleza de la voz. Schrott interpretó a Don Giovanni por primera vez cuando Plácido Domingo lo invitó a la Ópera Nacional de Washington. Tenía 29 años, y aunque ya había aparecido en óperas como La Boheme y MacBeth, estaba muy nervioso por la invitación de actuar en un papel tan protagónico. "Estaba aterrado", recuerda. "Finalmente entré en el teatro y comencé a cantar mi parte, no podía creerlo. Me olvidé de todas las vacilaciones. Me sentía fantástico", recuerda. "El primero que realmente creyó en mí y se jugó en consecuencia, fue Plácido."
"Estoy recién en el comienzo -concluye afirmando- Muchos sostenían, en los comienzos de mi carrera, que yo debía tener un repertorio enorme para así tener posibilidades de vender el "producto". Los únicos productos que conozco en este arte son esos con los que se limpian las butacas".
El costado débil de un confeso seductor
Aunque el papel haya catapultado su carrera, Schrott no encuentra nada envidiable en el legendario libertino Don Giovanni, que, él cree, es incapaz de sentir y dar amor. "Puede seducir a las mujeres con sus palabras. Pero creo que no tiene el mismo poder con hombres", razona. "No respeta o se preocupa por nadie. Se ríe de la infelicidad de otra gente, y esto lo hace un ser muy infeliz y solitario".
Está en la cresta de la ola, sus admiradoras norteamericanas son capaces de chartear vuelos para verlo en el lugar más recóndito donde se presente. Sin embargo, este artista exitoso, muy por el contrario del personaje inmortalizado por la ópera mozartiana confiesa su amor incondicional por una sola mujer: "Mi hija es el aire que respiro. No he tenido mucho tiempo para verla este año".