Entre la astronomía y el placer de la gastronomía

| CRITICA I JORGE ABBONDANZALA SAL DE LA VIDAPolitiki kouzinaDirector. Tassos Boulmetis.Libreto. Tassos Boulmetis.Fotografía. Takis Zervoulakos.Música. Evanthia Reboutsika.Productores. Lily Papadoupolos,Artemis Skoulodi.Elenco. George Corraface, IeroklisMichailidis, Renia Louizidou, SteliosMainas.l Grecia/Turquía 2004.

El joven astrónomo va a recibir en Atenas la visita de su abuelo, que llega de Estambul. El reencuentro puede frustrarse, pero promueve de todas maneras un regreso al pasado, hacia las fuentes de la relación entre el viejo y su nieto. Esa evocación tiene una clave marcadamente emotiva e incluye la infancia del protagonista, su ingreso a los secretos de la gastronomía y las calideces del marco familiar, donde hay discordias, festividades y amores nacientes en medio del paso del tiempo. Juiciosamente, ese repaso comprende también un contexto político, porque esta familia de griegos afincada en Turquía será deportada a comienzos de los años 60 cuando estalla el conflicto de Chipre y surgirán luego otras dificultades cuando los militares toman el poder en la propia Grecia, hacia 1967. El cuadro tiene su encanto, aparte del sabor —no sólo culinario—de la vida de dos etnias con su vaivén de exilios, guerras y nostalgias.

La fibra de la película radica en esos azares de la afectividad y esas sombras del desarraigo, hamacándose entre Atenas y Estambul en un contraste geográfico que alude además a los desencuentros de cristianos y musulmanes. Lo interesante en todo caso es el enfoque, guiado a través de los gustos y fragancias de la comida, que están presentes a toda hora en la existencia de esas comunidades del Mediterráneo oriental y que atraerán la curiosidad del joven protagonista para presidir después el cauce de su memoria familiar. Y así la canela, el orégano y la nuez moscada condimentan las relaciones de esta gente con tanta fuerza como los alborotos matrimoniales o el recuerdo de un idilio infantil.

El director y libretista Tassos Boulmetis tiene muy claro su propósito de recrear el pasado a través de otro aroma (el de la emoción) y puede objetársele un obstinado sentimentalismo en perjuicio de ciertos tintes —como la mirada crítica o el buen humor— que pudieron colorear ventajosamente su pintura y aquí asoman con cierta timidez. Pero en cambio Boulmetis dispone de una riqueza visual para ilustrar la historia, con lo cual no sólo aprovecha las abigarradas hermosuras de la antigua Constantinopla y de un paisaje que sabe reflejar la melancolía de los personajes, sino que agrega otros brillos formales, como el notable travelling que comienza en la cima de un minarete y circula a través de cúpulas, azoteas, interiores y balcones antes de aterrizar en un mercado callejero, con lo cual el espectador tiene la sensación de zambullirse en el ambiente que se le describe.

Cerca del final, las imágenes silenciosas de una formación de trenes junto a la estación transmiten el desgarramiento de una separación que está por producirse. Pero no todo ocurre en silencio, porque la banda sonora es recorrida por una música de arrebatos melódicos con los cuales la compositora Evanthia Reboutsika comenta bellamente el relato. Eso explica que toda la película pueda contemplarse con un discreto placer, aunque lo mejor es su escena final donde la manipulación de semillas y polvos olorosos se convierte en una visión del sistema planetario que permite (como decía el abuelo al comienzo) un diálogo entre la gastronomía y la astronomía, separadas apenas por una sola letra.

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