En familia

Jorge Abbondanza

La pintura de un medio familiar puede ser muy sagaz en algunas películas de Hollywood, pero responde en todo caso a una mentalidad que conocemos con la amplitud correspondiente a un cine de difusión torrencial, privando al público del vistazo a otras maneras de compartir un panorama doméstico. Lo más envolvente, para un espectador de formación latina, suele ser en cambio el detalle de un cuadro familiar en películas de otras procedencias. Uno de esos casos —que por suerte sigue en la cartelera montevideana— es el de Mar adentro de Alejandro Amenábar, drama premiado y elogiadísimo cuyo tema proviene de una historia real sombreada por profundas tristezas.

Se ha escrito y hablado mucho sobre ese retrato de un marino accidentado que deberá pasar el resto de la vida amarrado a su cama y también se ha opinado sobre la calidad del elenco y el ojo afinado con que el realizador reconstruye esa historia. Se ha opinado menos, en cambio, sobre el tejido de personajes secundarios que envuelve el caso y antes que nada sobre las figuras de la familia del protagonista, un cuarteto de gallegos del medio rural cuya pintura contiene una de las mayores vertientes de emoción de la película. Allí está el hermano mayor, un campesino curtido y lacónico cuyo espíritu montaraz no quiere oir hablar de eutanasia: ese retrato de una reciedumbre impenetrable tendrá empero su trasluz en escenas finales, cuando el personaje queda contemplando inmóvil y en silencio la partida (definitiva) del hermano, en una imagen de desconsuelo cuyo poderío no necesita palabras.

Pero además está la cuñada, una mujer discreta, de callada mansedumbre, capaz de sostener la casa y asistir al enfermo con una devoción apenas visible pero espartana, y junto a ellos está la estampa del viejo padre, una suerte de sombra que contempla y padece reservadamente todo lo que ocurre a su alrededor y que en los últimos tramos del relato también quedará (en soledad y en penumbra) sentado en su silla frente a un hogar que está vaciándose. Y por fin está el sobrino, única presencia vital dentro del grupo, cuyos sesgos de rebeldía colorean un entorno oscurecido por el dolor. El cuidado y el control ejemplar con que Amenábar registra ese ambiente, es uno de los mayores signos reveladores de su sensibilidad.

La otra familia estupendamente dibujada es la que integran las tres mujeres georgianas (abuela, madre, hija) en Cartas de París de Julie Bertuccelli, porque esas tres generaciones sobreviviendo en un país lleno de carencias admiten la visión risueña con que la realizadora describe los vaivenes de su vida diaria, pero abarca también la soterrada vibración de ciertos recuerdos, ciertos sentimientos y ciertos apegos destrozados por la lejanía geográfica de otro pariente. La calidez y hasta la gracia con que Bertuccelli va aproximándose a esas mujeres a medida que progresa el relato, son rasgos que condimentan toda la película en la medida justa en que convenía aderezar un cuadro donde el dolor de un hijo emigrado, el secreto de una muerte que no quiere divulgarse y el viaje que emprenden las tres mujeres en escenas finales, son contornos más graves en una comedia dramática sabiamente matizada.

En esas dos películas la atmósfera de una intimidad familiar está mostrada con la autenticidad y el valor que rara vez adquiere en el cine comercial.

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