El Zorrito vuelve a su vieja guarida

| El recordado artista uruguayo regresó al país luego de una larga ausencia para sumarse al elenco de la Comedia Nacional e interpretar hoy en el Centro Cultural de España el papel protagónico en "Sancho, Gobernador de Barataria"

SINCERO. Con humor, lucidez y apertura mental, Walter Vidarte habla en un español castizo y con absoluta franqueza. 200x143
SINCERO. Con humor, lucidez y apertura mental, Walter Vidarte habla en un español castizo y con absoluta franqueza.

CARLOS REYES

Las más de 50 mil entradas que la Comedia Nacional vendió en 1957 con Procesado 1040 de Juan Carlos Patrón, dieron cuenta que el teatro también era un espectáculo de masas, y que un autor nacional podía ser taquillero. Pero además, esa obra llevó espectadores de los barrios populares, muchos de los cuales nunca habían pisado el Solís, y quedaban asombrados ante sus suntuosas instalaciones. Todos acudían atraídos por el tema de la obra (la vida carcelaria) pero también por el tono popular de sus personajes. Uno de ellos, El Zorrito, pese a que no era el protagonista, acaparó las miradas y elogios por su aire arrabalero que daba perfectamente con el tono del personaje, un delincuente irrecuperable, aunque de buen corazón.

Walter Vidarte, que encarnaba ese entrañable papel que todavía hoy muchos recordarán, abandonó luego la escena uruguaya, radicándose en España en los años 70. Allí, su modo de hablar campechano, que de este lado del Atlántico lo había conducido al éxito teatral y cinematográfico, se convirtió en un escollo que tuvo que superar para ser incorporado a la escena española, donde hoy ocupa un destacado lugar. Luego de décadas en las que no vino más que un par de veces a Uruguay, el actor aceptó la invitación de la Comedia Nacional para integrar el elenco de Sancho Panza, Gobernador de Barataria, que esta tarde se presenta en el Centro Cultural de España a las 16.30 hs.

—¿Se considera un exiliado?

—No, nunca tuve problemas con las autoridades de las dictaduras. Me exilié yo, cuando comenzaron las amenazas de la Triple A. Estaba de viaje por Europa y decidí radicarme en España, con el equipaje que tenía.

—Luego de la apertura política tampoco vino mucho por aquí.

—Es que no me gustan las derechas, de ningún lado. Quiero decir, las derechas incivilizadas. Londres y París tiene una derecha civilizada, contra la que no tengo nada.

—Usted participó del ámbito cultural uruguayo, del argentino y del español. ¿De cuál se siente más próximo?

—Donde desarrolle mi profesión, está mi país. Debajo del alero de una casa, con mis amigos argentinos, uruguayos y españoles, ese es mi país. No creo ni en banderas ni en himnos. No me gustan los nacionalismos.

—Irse a vivir a España supuso un quiebre en su carrera.

—Perdí mi carrera, tuve que luchar años para empezarla de nuevo. No fue fácil, recién ahora estoy considerado, pero tuve que empezar de abajo. Fue terrible, porque tu te vas a España pensando que esto se va a arreglar, que no puede seguir mucho tiempo, porque es todo una locura. Pero sigue, y sigue 13 años. Hasta que un día te das cuenta que no puedes estar colgado en eso, y entonces te lanzas a adaptarte a vivir allá.

—¿Qué fue lo que más le costó?

—El idioma, porque cuando llegué a España todavía vivía Franco, y era un país muy nacionalista, con pocos extranjeros. Y no entraba en el pensamiento de ellos meter a actores de otro país a actuar entre ellos. Había que hablar un perfecto castellano, y no como hablamos aquí, con ese acento un poco italiano, barriobajero, que tenemos.

—¿Tuvo que estudiar el español de España?

—Sí, con una pianista que me iba enseñando las entonaciones, los puntos, las comas, y todo eso que nosotros no respetamos. Porque nosotros hablamos de una manera y escribimos de otra. Y ellos no: ellos hablan como escriben, y en cuanto te notan un acento distinto te quedan mirando y empiezan "¿De dónde es ese tío?". Ahora, con la invasión de inmigrantes, están más acostumbrados. Ya era hora que se mezclaran.

—¿En la soledad del exilio, ¿tuvo problemas con el alcohol?

—Yo bebía mucho vino, pero un día, hace como 15 años, me desperté en el suelo del pasillo de mi casa y no sabía que había pasado. No me acordaba de nada. Y dije, "hasta aquí, se acabó", porque al perder el conocimiento, después no sabía si había ofendido o agredido a alguien. Y pensaba que tendría que ir por la calle pidiendo disculpas a todo el mundo. Así no se puede vivir, me dije, y desde entonces ni bebo ni fumo: estoy light.

—¿Subió alguna vez a escena habiendo tomado?

—Una vez me pasó y no se me entendía nada. Fue la única vez, y nunca más, pero allá se hacía mucho. Hay actores que tenían la necesidad de tomar para darse ánimo. O tomaban pastillas y otras sustancias para estar brillante. Porque la gente que tiene éxito lo quiere tener siempre.

—Saltando en el tiempo, ¿cómo recuerda el éxito teatral de "Procesado 1040" en 1957?

—Monstruoso. Yo no podía ir a ningún lado porque me reconocían. Y eso que era un éxito de teatro: luego, una vez que hice la película, era insoportable. No podía ir a comer a un restorán, ni en Buenos Aires ni aquí. Yo no estaba preparado para ese éxito. Era un chico, un chico de aquí, de Uruguay, de un pueblito grande, entrañable, que no se había contagiado de la tontería de los países que tenemos a los costados. Era un lugar muy puro, y allí estábamos nosotros, unos tontos, porque ser joven ahora no es lo mismo que serlo en aquella época. Claro, en Buenos Aires te daban dos sopapos y te despertabas, porque allí todo el mundo iba a los codazos.

—A usted siempre le daban papeles filosos...

—Tenía swing, tenía chispita, era un poco graciosete. Fue Margarita Xirgu la que me cazó en eso. Me dio el papel de Mengo en Fuenteovejuna y el de Caramanchel en Don Gil de las calzas verdes. Yo daba en el tono de los comiquitos, lo que en el teatro español se llama el gracioso.

—¿Qué conserva de aquel ímpetu juvenil de El Zorrito?

—No sé si he perdido mi inocencia, pero creo que todavía no. Sigo sorprendiéndome de cosas, y por lo tanto, sigo siendo inocente.

Bromas entre amigos

Hoy en el Centro Cultural de España tendrá lugar la lectura dramatizada de Sancho Panza, Gobernador de Barataria, de Milton Schinca, basada en los capítulos del Quijote donde el escudero ve cumplido su sueño de convertirse en un hombre de gobierno. El papel protagónico está a cargo de Walter Vidarte, acompañado por Jorge Bolani, Julio Calcagno y Estela Medina, entre otros. Con este espectáculo, dirigido por Levón, la Comedia Nacional se suma a los festejos de los 400 años del mayor texto de Cervantes y de la literatura española.

La obra, que Teatro del Pueblo hizo en el Teatro Victoria en 1956 bajo dirección de Manuel Domínguez Santamaría, aborda la broma de la que es objeto el ingenuo Sancho, quien recibe la ínsula de Barataria para que administre justicia a su buen saber y entender. Al momento de su estreno, Schinca señaló, casi medio siglo atrás, que su versión procura "calar al máximo en la crítica encrucijada interior de Sancho, para proyectar sobre su figura la luz que lo mostrará vívidamente en ese enfrentamiento final consigo mismo."

Estela Medina, que tiene a cargo el rol de la duquesa bromista, manifestó que para ella es "muy emocionante volver a trabajar con Vidarte, con quien hicimos Propiedad condenada al egresar de la EMAD, en 1952. No tuve ni que pedirle a Levón que me integrara al elenco, porque como sabe todo el cariño que siento por Walter, lo hizo apenas se planteó hacer este trabajo".

Maroñas, Margarita, y otras encrucijadas

Un día de 1947 Walter Vidarte (1931) tomaba café con leche y comía yoyos en la Conaprole de 18 de Julio cuando leyó un aviso que anunciaba la apertura de la Escuela Municipal de Arte Dramático. "Leo el periódico y digo, joder, aquí quiero entrar yo. Y me presenté y me cogieron. Yo soy de Maroñas, mi padre trabajaba en el hipódromo y me acuerdo que cuando me aceptaron en la EMAD, y en mi barrio se enteraron que yo era actorcito, cuando iba con mis libritos para la parada de ómnibus, me decían de todo. Era muy duro. Había que hacer oídos sordos, aunque era terrible. Pero siempre me importaron tres pepinos todo tipo de comentarios".

Allí vivió el proverbial rigor de Margarita Xirgu, a quien recuerda como una mujer "cultísima, sutil e inteligente. Como actriz tenía una educación francesa, similar a los principios didácticos de Louis Jouvet. Siempre decía, ‘no me haga eso, que sé que lo sabe hacer: hágame el personaje’. Y siempre insistía en la naturalidad. Claro que era rigurosísima, y tenía un mal humor muy gordo, bien alimentado a través de una larga excomunión en España, Argentina y en todas partes. No la dejaban en paz: estaba casi excomulgada de todos lados". Luego a él también le tocó tener que ir de un país a otro. Cuando en Buenos Aires puso en escena, a principios de los 70, Juan Palmieri de Taco Larreta, la sala recibió cinco amenazas de bomba antes del estreno. El se acostumbró a emigrar. "Mi apellido es vasco y curiosamente significa encrucijada de caminos. Creo que las circunstancias me convirtieron en alguien desarraigado, independiente", concluye.

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