A Teatro Solís lleno se presentó el miércoles Adriana Varela, la carismática cantante argentina que por primera vez llegaba a la restaurada sala. El público que llenaba las instalaciones estaba compuesto por una amplia faja etaria que abarcaba desde los veinteañeros a los que ya rebasaban los 60, una muestra de que lo que propone Adriana Varela es tan amplio que puede abarcar sin fisuras más de una generación. Todos los presentes parecían tener una muy clara idea de lo que iban a escuchar y por supuesto ver. Es que la cantante argentina comparte un especial buen gusto con su público y deja por sentado en cada presentación que si el tango es triste y tiene el color de la madrugada, sólo puede ser cantado, si se trata de mujeres, como lo hace ella.
Es cierto que tal vez la voz de Adriana Varela puede no ser la más adecuada para el desempeño musical, casi con seguridad su tono ronco no le aseguraría puesto en ningún coro, pero ese aire recio que adopta su entonación parece comprender la esencia misma de la música ciudadana. Su presencia, aún estática en el centro del escenario lo impregna en su totalidad, desciende como un torbellino sobre la platea o trepa como llamaradas hacia el paraíso, cada vez que dialoga con los asistentes, una parte del show que ella domina como pocas. Cada vez que Adriana presenta un tango lo hace como si fuera una parte de sí misma, parte de su vida y la de su cómplice auditorio. Pese a ciertos toques de divismo, ella parece interesada en la gente lo que imprime a su recital calidez y cercanía.
Magníficamente apoyada por el trío formado por Horacio Avilano en guitarra, Walter Castro en bandoneón y Marcelo Macri en piano y arreglos musicales, Adriana Varela repasó temas de autores como Cadícamo o Celedonio Flores, ofreciéndonos su particular versión tanguera del poema número quince de Neruda Me gustas cuando callas.
Pero tal vez uno de los momentos más sensibles de la noche llegó con la versión del tema de Stampone y Expósito Afiche, especie de bisagra común a todos los recitales de la cantante, con una Adriana Varela sentada y dando parte de la espalda al público, mirando al guitarrista que acompañaba a su voz.
A esta altura cualquiera puede corroborar que la cantante es ante todo una fascinante concertadora en escena. Los minutos parecen pasar velozmente y sin solución de continuidad. Si las interpretaciones son atrayentes no lo es menos su discurso hilativo que alterna con diálogos con el público plenos de guiños y sobreentendidos.
Después de tangos como Pasillo de la vida (una semblanza de la calle Corrientes) o Como dos extraños, Adriana revisó esa pieza que le ha reportado a Dino tantas satisfacciones: Milonga de pelo largo.
Dicen que el tango, el verdadero tango, no se escucha, sino que se siente. Y al cantarlo Adriana con esa voz rotunda y quebrada en su convicción existencial, directamente se vive. No deja de impresionar la visceralidad de su interpretación, su presencia escénica verdaderamente apabullante, el fuego que emanan sus inmensos ojos al narrar, la pasión con que esa voz disecciona las frases tan comunes en el tango, la forma en que logra que esos protagonistas empapados de nocturnidad cobren vida como formas plásticas en el escenario.
Luego de un intermedio musical a cargo del trío acompañante. Adriana Varela retornó para luego de una antológica versión de Anclao en París, plantear su homenaje a Jaime Roos del que hizo De la canilla y Piropo. A continuación recordó a su buen amigo Joaquín Sabina con tres de los temas que cantó con él en la madrileña plaza de toros de Las Ventas: Contigo, Una canción para Magdalena y Con la frente marchita.
El final, entrañable, llegó con Los mareados de Cobián y Cadícamo, bueno, en realidad un final virtual, porque luego todos retornaron para complacer la avidez del público por escuchar más y ese más implicó entre otros a Madame Ivonne, Vieja viola, Maquillaje y Corrientes y Esmeralda.
No podía faltar por supuesto su constante evocación del "polaco" Goyeneche con esa Garganta con arena un laico responso al cantor que marcó toda una época del tango.
El estilo de Varela es una alternativa radical, emite el tango desde el centro de la escena como si fuera el centro del mundo, desde allí sin permitirse señales extras se apoya sólo en su presencia y en su voz como austera sacerdotisa de un culto llamado tango.