El Quirinal va tras su grandes frescos

Las obras de Da Cortona se taparon hace dos siglos

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ROMA | ERNESTO PÉREZ-ANSA

Expertos restauradores esperan recuperar las pinturas espléndidas creadas por Pietro da Cortona y sus ayudantes en 1656 en el palacio del Quirinal de Roma, tapadas por obras de refacción del siglo XIX. Las pinturas se perdieron hace casi dos siglos, cuando en espera de una visita de Napoleón, que nunca se concretó, se realizaron tareas de refacción en el Quirinal, hoy sede de la presidencia italiana.

Es justicia histórica que lo que los franceses taparon en la gran sala de Augusto hoy sea descubierto por otro francés, Louis Godart, al frente del equipo de restauradores, que espera terminar los trabajos antes de fin de año con una inversión de 2 millones y medio de euros. Godart tiene en realidad un empleo fijo en el Palacio del Quirinal, que fuera habitado por papas y reyes de Italia, pues se desempeña como asesor para la conservación del patrimonio artístico de la residencia oficial de Giorgio Napolitano.

La Galería, de 67 metros de largo, lleva el nombre del papa Alejandro VII, que reformó en el siglo XVII el antiguo palacio elegido por los papas en la colina más alta de las siete de Roma para escapar a las miasmas de San Pedro, asomado al río Tiber y sujeto por ende a humedad e inundaciones. Fue el mismo pontífice, de la familia noble de los Chigi, quien encargó en 1656 a Pietro de Cortona, conocido por sus frescos gigantescos como el que elogia a la familia Barberini en el palacio epónimo, pintar a fresco la gran galería. Pietro convocó a los mejores artesanos (Carlo Maratta, Gaspar Dughet, Pier Francesco Mola, Filippo Lauri y Guglielmo Courtois) para que lo ayudaran en la obra titánica que durante siglo y medio encantó a cardenales y diplomáticos que visitaban el palacio.

En 1812, cuando Napoleón ocupó gran parte de Italia, los arquitectos que precedían al emperador para asegurarle digna residencia en palacios patricios durante sus constantes viajes (cuando no a inventariar y expatriar obras de arte para llevarlas al museo del Louvre), llegaron a Roma para preparar el futuro palacio real. Y con el papa Pío VII, prisionero en Fontainebleau de Napoleón, qué mejor residencia que la del Quirinal.

Pero surgió un problema, el del celibato del pontífice, con la consiguiente falta de habitaciones familiares. Por eso se pensó en dividir el gran salón de agasajos del Quirinal en tres ambientes, uno para el emperador, otro para su esposa María Luigia de Austria y el tercero para su hijo, heredero del trono imperial con el título de rey de Roma. Para ello fueron cegadas las doce ventanas de la galería y tapados con una mano de revoque los frescos, salvando algunas escenas bíblicas pero escondiendo toda una selva de árboles, pájaros y animales que Pietro y sus acólitos habían pintado para delicia de los papas.

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