La fuerza, sísmica, de los últimos dos años argentinos y el carnaval de la corrupción de los anteriores, introdujeron a los canales de cable que cubren minuto a minuto esa realidad, y también a los abiertos, dentro de los productos de la canasta familiar nacional. Es muy probable que al espectador promedio uruguayo se le escapen por ahí las razones que impiden la viabilidad política de Irineu Riet Correa pero conocen al dedillo cuáles fueron los motivos que descalificaron a Barrionuevo para cualquier tipo de función pública, por más que sus cómplices del Senado le hayan salvado el pellejo. No es lo mismo Treinta y Tres que Catamarca, ni municipales que no cobran sus sueldos que el patoterismo electoral que culmina con el incendio de urnas y el vandalismo en los locales de voto. No es lo mismo la cara sufriente de Riet que el desparpajo exhibicionista de Barrionuevo. ¿Qué tiene que ver el aire enrarecido de Canelones con el soplo medieval de Santiago del Estero? Tener a los argentinos del otro lado de la orilla es lo mismo que vivir al lado de Hollywood.
De un Hollywood de mentira. Y con niveles de ficción que van dirigidos a una realidad diferente aunque asuman el consumismo como un fenómeno universal. Cuando la Argentina detecta una necesidad por lo general acude al papel carbónico y sale adelante. Primero copia la necesidad y después la respuesta. El ciclo completo. Al ciclo completo apuntan los espectáculos y los conjuntos musicales que no nacen de una gestión espontánea sino de una invención apuntalada en el marketing. Muchas veces no es la invención lo que falla. El problema está en el nivel del marketing utilizado como referencia. Si pongo los ojos en la coprofagia, lo que obtendré no será un aroma de rosas sino algo parecido a esa palabra en francés que el snobismo porteño utiliza para desear suerte en los espectáculos de la farándula. También los franceses la usan, claro. Las limitaciones del invento proceden a veces del inventor pero también del mercado. Y siempre existe al respecto un margen de improvisación que puede deparar resultados sorprendentes.
"The Monkees" es un claro caso de invento musical pensado con los oídos puestos en una buena dirección. El grupo irrumpió en un programa de televisión norteamericana en los Sesenta para competir con los Beatles. Era un esfuerzo vano pero en su momento ni siquiera pareció una jugada de riesgo. No había competencia posible para los Beatles si se pensaba con la cabeza ajena. "The Monkees", artificiales, alienados, desprovistos de una autoestima exigente, resultaron ser mejor que lo que prometían. Terminaron componiendo sus propias temas y hasta se ganaron la simpatía de algunos músicos serios. No alcanzaron a generar respeto pero escaparon del molde. Eran ellos sin llegar a ser buenos.
El episodio puso en evidencia el aparato comercial que está detrás de todo movimiento musical. El cerquillo de los Beatles abrió las compuertas al estilo pop. El rock, el punk, el glam, el dark el grunche, el country, el soul, el blues y en escasa medida el jazz, porque apareció antes del consumismo, imponen sus respectivos ropajes. Que tiene algo de patchwork y mucho de sincretismo cultural. Como lo que sucede en el Carnaval.
¿Con qué vara se puede medir a los emprendimientos populares inventados a partir del marketing? Con la del comercio, no con la de la cultura, aunque el comercio también forma parte de la cultura. Hay diferentes grados de exigencia, pero lo prioritario es la clase de gusto que buscan satisfacer. El pop parece un género ideal para públicos adolescentes. Es gente que no se ha terminado de formar, proclive a las novedades, que se cansa rápidamente y tiene entusiasmos súbitos. Después madurarán. O empeorarán. Lo que no se puede es analizarlas fuera de contexto. Ni ser culpablemente condescendientes. O manipuladores. Son lo que son y eso no le hace mal a nadie si no se confunden las cosas. En un programa dirigido a cubrir el innúmero material de la industria televisiva y los medios gráficos argentinos, colegas de Any Ventura y de Beto Casella entraron a conceptualizar en torno a los grupos inventados para ser un éxito. Alguien declaró, y fue secundado, que la gente que critica este tipo de emprendimiento es la misma que elogia el aburrimiento sin límites de El sabor de la cereza de Abbas Kiarostami. Eso puede ser una tilinguería en la Argentina: en el Uruguay es ignorancia pura. Y cierto desdén por los verdaderos valores que algunos agentes intentan infiltrar en los cánones de la modernidad.