SEBASTIÁN AUYANET
En Transference, su séptimo disco de estudio, Spoon sigue demostrando por qué su rock gentil y adulto es el secreto mejor guardado del rock estadounidense. En tiempos de internet, perdérselos es un error de omisión a resolver.
Explicar por qué Spoon es una de las mejores bandas de rock que han dado los Estados Unidos en los últimos diez años es complicado. Explicar por qué no son un fenómeno mundial de éxito es un poco más sencillo; empezar por ahí quizá podría allanar el camino.
Pero detenerse en eso -es decir, comentar que es una banda que todo el tiempo salta del pop al rock, de los efectos anti hit de cuatro minutos y las canciones con ganchos suficientes como para prestigiar cualquier radio de música- iría contra la propia naturaleza de las canciones de Spoon y contra el afán de quien reseña porque las canciones de este disco llamado Transference se escuchen lo antes posible.
Ya hay una pista. Spoon es una banda que sabe hacer muy buenas canciones que se prenden a cualquier oído, pero hay algo que no encaja. Precisamente, algo no encaja en esas melodías perfectas que son intervenidas por capas de sonido y efectos. La conclusión más evidente debería ser que Spoon destruye su perfección compositiva para el pop con sonidos raros y lo logra.
Pero no. La banda liderada por Britt Daniel -un hombre cuya voz explica muchos de los sucesos de este grupo de Austin- ha hecho oficio de dejar esas canciones en el límite. Sus referentes explican la inquietud: la banda se llama así en homenaje a un viejo éxito de la banda alemana Can.
Transference es el séptimo trabajo del grupo, y viene atrás de Ga ga ga ga ga, un trabajo que en 2007 los hico crecer en popularidad y los definieron como una de las bandas mejor criticadas de la década (Girls can tell, Kill the moonlight y Gimme fiction son testimonio de la escalada).
En Transference se puede decir que Spoon se queda con ese formato de canciones que ahora sí eran hits con todas las letras pero vuelve algunos pasos atrás para hacerlo un disco de varias escuchas. La mezcla es más fina y más posible. Y cuando se hace posible, se ve la diferencia entre sus arreglos y los de cualquier otra banda dentro del indie global.
En Transference hay por lo menos seis canciones a las que es difícil resistírsele conforme las guitarras pasan del estado acústico al volumen, a alguna distorsión y a climas psicodélicos. Pero como siempre, toda esta mezcla respeta a la melodía y a la canción. Is love forever?, The mystery zone y Who makes your money son apenas tres. Y aunque cada vez menos gente escucha discos enteros, aquí hay un nuevo intento exitoso por encadenar geniales canciones en algo que se escuche de principio a fin. Y rinde tanto o más que los anteriores.