El pintor de las niñas y su mundo de fantasmas

Cabrerita, sobre la vida del pintor Raúl Javiel Cabrera, vuelve a la salita Dos del Teatro Stella, desde donde en la temporada 2005 conquistó los Premios Florencio al mejor autor nacional (Eduardo Cervieri) y al mejor actor (Carlos Rodríguez). La biografía del talentoso y conflictuado artista plástico uruguayo da pie para un trabajo unipersonal que transita por temas de estética, de historia —y entretelones— de la generación del 45, y más en general, por los tormentos de un ser humano cercado por sus fantasmas internos.

Uno de los primeros méritos de este trabajo consiste en llevar a las tablas la vida de un ser extraño, del que se sabe poco, para lo cual el autor tuvo que investigar mucho sobre la escasa información que hay al respecto. Van surgiendo así, escena tras escena, las piezas del rompecabezas: su experiencia de pintor autodidacta, sus amistades y vínculos familiares, y fundamentalmente su internación en la Colonia Etchepare, donde su trayectoria vital cobra tintes trágicos.

Para llevar ese periplo al teatro, un pequeño sillón, una cama y poco más son los elementos elegidos. Entre ellos, Carlos Rodríguez compone a este ser alucinado, bueno, que practicaba la pintura como un acto fatal e inevitable, a la vez que sus obras expresaban, principalmente en sus retratos, la frescura, la calma y hasta la euforia de vivir. Y en ese punto, esta biografía expresa también el enigma de un hombre atormentado, que curiosamente plasma en sus acuarelas el cándido mundo infantil.

Aunque Cabrerita (Montevideo, 1919) había asistiendo a los cursos libres del Círculo de Bellas Artes y a los de la Escuela Industrial —que dirigía Guillermo Laborde—, su formación fue básicamente autodidacta. Su viaje al sur de Francia junto a su amigo el poeta José Parrilla es uno de los episodios clave de su biografía, aunque muchas de sus acuarelas las produjo a su regreso, ya internado en el hospital psiquiátrico, donde fue a dar en circunstancias poco claras y la parecer injustificadas.

Si bien el artista intervino de algunas instancias importantes de la actividad cultural montevideana (realizando exposiciones individuales en el Ateneo y en la Asociación Cristiana de Jóvenes, y participando en los salones nacionales y municipales, en los que obtuvo varios premios), su actitud hacia el ambiente artístico que lo rodeaba parece haber sido de indiferencia, hecho que Cervieri expresa nítidamente en su texto.

De este modo, encontramos al pintor canjeando en el Café Sorocabana sus obras por un café con leche, y dando la espalda a los debates que los grandes intelectuales del 45 protagonizaban, aspectos que reforzaron el mito de su desinterés por el dinero y la fama. Al parecer, un ser aislado del mundo, como lo describió María Inés Silva Vila, quien lo recordó como "un hombre pequeño, con una gorra hundida hasta las cejas, que no se sacaba nunca y que hacía girar sobre la frente. Se sentaba, con las manos —nunca olvidaré sus manos, tan menudas, tan blandas— entre las rodillas".

La obra irá a partir de hoy en el Stella (Mercedes 1805, teléfono 4082649), los sábados a las 21 hs. y los domingos a las 19 hs., con localidades a $ 120.

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