El músico que pinta y crea dos reinos

| Debutante. Washington Carrasco expondrá sus obras por primera vez en Montevideo

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El próximo viernes 5 se abrirá a las 20 horas en el Patronato Cultural Gallego (Rondeau 1421) la exposición de pintura de Washington Carrasco titulada "Ocultas", que luego permanecerá habilitada durante un mes, con entrada libre.

Desde hace décadas, Carrasco es muy notorio como integrante de la pareja musical que forma con Cristina Fernández. Pero es menos conocido por su dedicación a la pintura, que ha ocupado igualmente gran parte de su vida, aunque la muestra que ahora se anuncia es la primera exposición individual que realiza en Montevideo.

Su caso es notable, porque esa larga e intensa trayectoria en el campo musical no ha impedido su tenaz relación con el arte plástico. Ese otro oficio no es un pasatiempo ocasional ni una ejercitación complementaria, sino una de las vertientes mayores de su actividad artística y un segundo cauce para el desahogo del talento o del impulso vocacional. Su pintura nunca funcionó como una ocupación para ratos libres. Es en cambio el trabajo que le ha permitido desarrollar un lenguaje personal, que exigió todo un proceso de elaboración formal y búsqueda conceptual, visible en los trabajos que expondrá. Esa puntualización resulta necesaria, porque esta es la primera vez que Carrasco muestra sus obras en la ciudad, al cabo de cinco décadas de tarea pictórica que comenzó con su formación en la UTU bajo la guía de Guiscardo Améndola y su aislada (y remota) participación en un certamen del Instituto General Electric, aquel centro que tuvo su brillo allá por los años 60.

El prolongado silencio del pintor que sobrevino a continuación, no debe confundirse con inactividad. Lo interrumpe finalmente para demostrar, con esta selección de trabajos de los últimos tiempos, el resultado de la lenta gestación de su modalidad. A lo largo de ella ha atravesado etapas en un territorio por donde corre la frontera entre figuración y abstracción, una línea cuya elasticidad le permite tomar elementos de las dos áreas y diluirlos en la confluencia que caracteriza a todo lo limítrofe. Porque en los paisajes urbanos de Carrasco, según el ojo de quien los mire, el caserío se desdibuja o reaparece desde la visión aérea que eligió el pintor, para convertirse en una malla de tenue geometría, permitiendo disfrutar el diseño de su trama sin asociarlo a nada explícito, liberando así al contemplador de toda lectura impuesta, para dejarlo cruzar a voluntad aquella frontera.

En ese tratamiento, donde la realidad se vuelve elusiva sin evaporarse por completo de la imagen, el cromatismo juega con diferentes habilidades: la de alguna vecindad de zonas cálidas y tonalismos fríos, o la más audaz de un par de obras donde se aproxima al informalismo y maneja alternativamente el blanco y el negro, dejando que el espesor de la materia aplicada con espátula se valorice solo. Hay tramos de la producción de Carrasco donde la composición se inclina ligeramente hacia el sistema de ortogonales torresgarciano, y otros donde ese orden se disipa y la obra es invadida con soltura por nuevas sugerencias. Allí interviene apenas insinuada la figura humana, por ejemplo, como dato adicional de las inquietudes del artista.

Individuo atento al mundo en el que vive, este pintor permite que sus distintas geografías (la de la humanidad y la de sus aglomeraciones) se instalen en la obra, aunque las controla con la vigilancia de una reproducción velada e indirecta, que se parece al vuelo expresivo de los poetas, no a la frontalidad documental de los cronistas. Eso ocurre así porque él no es un observador que testimonia sino un músico que pinta, con todos los beneficios derivados de la suma de sus dos perfiles.

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