El gran Gabo; con una sola B

Antonio Larreta

Conocí a Gabriel García Márquez hace unos quince años en Madrid. Me citó en el Hotel Palace, María Luisa Bemberg le había pasado en México mi guión de Yo, la peor de todas y quería que yo escribiera su próxima película —se iba a hacer productor, dijo entonces— sobre un tema de los tiempos de la colonia, que al fin fueron los del cólera. Tras dos horas de charla, me había contratado por una cifra mayor que la que yo había tímidamente sugerido (experiencia única en toda mi carrera), me había hecho un adelanto, y me había convocado para cuatro meses después en Cartagena de Indias donde me leería su historia y discutiríamos cómo contarla en términos de cine. No tengo que explicar que estar en Cartagena a cuerpo de rey, invitado por Dios —eso es Gabo en Cartagena en cualquier esquina o patio o palacio o choza o peringundín de Cartagena y para todo cartagenense—fue una experiencia única que se cerraba todas las noches cenando con su encantadora mujer, Mercedes, y casi siempre hablando de cine.

Pero la historia no aparecía. Aunque parezca increíble, Gabo es muy vergonzoso en el momento de mostrar un borrador, y por fin conseguí que hiciera fotocopiar unas primeras sesenta páginas bajo su propia vigilancia y la de cuatro guardaespaldas que le había impuesto Gaviria en aquella tierra de secuestros. Por fin no trabajamos nada. Las sesenta páginas contaban apenas las historias de los ancestros de los personajes, y por cierto que desaparecieron del libro que publicó cuatro años después: El amor en los tiempos del cólera.

El contrato se disipó entre los mil compromisos que llevaban a Gabo por el mundo. Durante mi estadía, el propio Kissinger lo secuestró para un desayuno en Caracas para pedirle ideas que permitieran convertir el "soccer" en un deporte popular, porque se avecinaba el campeonato del mundo. Sic transit Gabo mundi. Sic transit la linda perspectiva de escribir aquel guión. Y una última digresión: hubo una película de título profético a comienzos del sonoro. Se llamaba: El gran Gabbo. Eso sí, con 2 B. Erich von Stroheim me aterró con su ventrílocuo satánico en la salita del Petit Rex.

El verdadero gran Gabo, con una sola B, es este Gabriel García Márquez que acaba de publicar su último libro: Memoria de mis putas tristes, lo mejor que ha escrito este Dios o Demonio desde aquella deslumbrante Crónica de una muerte anunciada. Y lo que genera estos recuerdos. Usted, si ya no lo tiene, puede comprarlo en cualquier librería. Y aunque no lo crea, es barato. Como para desafiar cualquier piratería. Y es una verdadera obra maestra, aparte de ser lo más evidente a los sentidos y a la inteligencia: una delicia. El autor —o si él se empeña— su personaje, sueña con cumplir noventa años y celebrarlos con una experiencia desconocida para él: viejo putañero, quiere desvirgar a una virgen. Y se enamora de una niña dormida, esmirriada, cansada de pegar botones. Ese es el punto de partida de un cuento conmovedor, lleno de gracia, melancólico.

El título es mentira. Esa memoria, del personaje o del autor, está llena de amor por la vida, aunque el amor y la misma vida se adelgacen hasta llamar a la niña Delgadina, uno de los bellos inventos o descubrimientos de Gabriel García Márquez.

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