El conmovedor film del Oscar

Estreno. Moviecity emitirá el 26 de agosto el documental galardonado en Hollywood

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EL PAÍS DE MADRID | Á. CORCUERA

Veintitrés mil delfines son asesinados cada año en una cala junto a Taiji, un pueblo del sur de Japón. Lo cuenta un documental, rodado con cámara oculta, que ha arrasado en festivales de medio mundo.

Su último premio fue el Oscar. Pero para los creadores de Operación delfín, la mayor aspiración sería detener las capturas.

El Oscar fue el colofón a un año de premios. Cerca de cincuenta festivales se han rendido a sus pies, incluido el público del exigente Sundance. Operación delfín, cuyo título original es la cala, enseña la práctica de los pescadores de Taiji, un pequeño pueblo de 4.000 habitantes al sur de Japón. Cada año, 23.000 delfines son asesinados durante la temporada de caza -entre octubre y abril- en una pequeña piscina natural formada en la costa, junto a una playa. Es la mayor matanza de estos cetáceos en el mundo, permitida por el gobierno japonés. Los delfines son arrinconados cada tarde hasta la cala por barcos que crean una barrera de sonido que ahuyenta a los animales, sin saberlo, hacia la muerte horas más tarde. Es al día siguiente, por la mañana, cuando los pescadores empuñan arpones desde sus barcas, matando uno a uno a los apelotonados delfines y llenando de sangre ese trozo de costa.

Sólo unos pocos salvan la vida, seleccionados por expertos entrenadores que luego negocian con acuarios de todo el mundo. Un delfín vivo cuesta al menos 150.000 dólares, reportando entre dos y tres millones de dólares anuales a cada preparador. Sin embargo, un delfín muerto, vendido sólo por su carne, cuesta apenas 600 dólares. Una carne que no es del todo saludable, por sus elevados índices de mercurio, algo que también destapa el documental.

Ric O`Barry era un veinteañero de éxito en los `60. Tras pasar por la Marina de EE.UU., fue contratado por el Seaquarium de Miami como cazador de delfines. Apresó a unos cien, en la bahía de Biscayne, junto a Miami. Más tarde fue ascendido y empezó a entrenar a los delfines del parque acuático. Era rico, atractivo y conducía coches de lujo. En 1963, los delfines ya eran un negocio en auge. Estos animales estaban de moda, en parte gracias a tipos como O`Barry, pero sobre todo por la fama que obtuvieron ese año y al siguiente la película Flipper y su secuela. El éxito fue tal que la cadena de televisión NBC se lanzó a realizar una serie. "Los productores llegaron con la idea al Seaquarium. Dijeron que ellos grabarían y publicitarían las instalaciones. A cambio, el acuario tenía que poner los delfines y un entrenador. Yo fui el elegido", recuerda O`Barry desde Miami. El nombre del show no fue muy original: Flipper. Pero de 1964 a 1967, en los hogares y subconscientes norteamericanos se coló una melodía que repetía y repetía el nombre del delfín más famoso. Su inteligencia y sonrisa llegó a toda América, multiplicándose el boom de los acuarios.

Pero en realidad, Flipper no era un único delfín, sino cinco: Susie, Patty, Kathy, Scotty y Squirt. Todas eran hembras, menos agresivas que los machos y más codiciadas estéticamente, pues su piel no tiene imperfecciones. La ficción mostraba a un solo Flipper, que vivía en una reserva marina -donde era la mascota de un padre y sus dos hijos y hacía un montón de acrobacias que le enseñaba O`Barry fuera de pantalla. El delfín salvaba vidas y detenía a criminales. Era un héroe para los niños, clientes potenciales de los acuarios. Negocio.

CHOQUE. Pero un día de 1970, la vida de O`Barry cambió. Habían pasado tres años desde que terminara Flipper cuando visitó el tanque de hormigón donde vivía Kathy, una de las cinco hembras que participaron en la serie. "Se acercó a mis brazos y dejó de respirar. Se suicidó ante mí, fruto del estrés", asegura O`Barry. Lo cree porque los delfines, al contrario que los seres humanos, no respiran de manera automática y pueden decidir cuándo dejar de hacerlo. El hecho lo dejó "muy tocado". Dos días después, O`Barry fue encarcelado por intentar liberar a otro delfín. O`Barry se había pasado al lado del activismo.

En los 40 años que han pasado entre aquella muerte de Kathy y el éxito de Operación delfín, O`Barry ha incomodado a mucha gente. Pero pocos desplantes como el que sufrió hace cinco años en San Diego le han dado más rédito. Su presencia fue prohibida en una conferencia sobre mamíferos marinos. Iba a participar en una de las charlas, pero Seaworld -el acuario de la ciudad y patrocinador del evento- lo impidió. Paradójicamente, ese intento de acallarle fue el germen de Operación delfín. Dio la casualidad de que allí estaba Louie Psihoyos, un afamado fotógrafo de National Geographic, Newsweek, Time y The New York Times, entre otros: "No le conocía, pero le llamé y le pregunté por qué había sido vetado. Ric me habló de la mayor matanza de delfines en el planeta. Le pregunté: `¿Quién está haciendo algo para impedirlo?` Me dijo: `Sólo yo. Voy la semana que viene, ¿quieres acompañarme?`"

Dicho y hecho. O`Barry y Psihoyos se conocieron en Japón. Sus primeros momentos juntos se ven en el documental. Son un tanto surrealistas. O`Barry está obsesionado y ordena a Psihoyos y sus acompañantes que se tapen la boca con máscaras y se pongan gafas de sol para hacerse pasar por japoneses. Ric les dice que están siendo perseguidos. Psihoyos, nos cuenta por teléfono, no podía creerlo: "No hasta que llegamos al hotel y la policía nos preguntó qué hacíamos en Japón. Así que le pusimos una cámara oculta a Ric en un botón de su ropa. Le dije: `Déjame escuchar lo que te pregunte la policía`". A Psihoyos le entró el gusanito: "Pensé: `Dios, aquí pasa algo. Esto es real. Hay una conspiración para mantener el secreto`. Grabar allí iba a ser imposible: `¿En qué clase de parque nacional no puedes entrar porque la gente local está ocupada matando a los animales salvajes que lo habitan?`"

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