El circo, sus anécdotas y su filosofía

| La investigación de González Urtiaga incluye testimonios directos de grandes payasos

Carlos Reyes

Un nuevo trabajo del investigador Juan González Urtiaga (1943) fue presentado en el MEC el jueves pasado. El triste arte de hacer reír es un libro similar a los cinco anteriores del autor: delgado (115 páginas), editado modestamente y con imágenes algo borrosas. En su modestia, el material refleja —sin querer—, dos aspectos complementarios. La humildad con que se llevó adelante la tradición circense en nuestro país, y el carácter no menos modesto con que se investiga actualmente en ese terreno.

Pese a esa simplicidad, el volumen resulta atrapante y vertiginoso como una buena función de circo. Eso se logró a través de una minuciosa pesquisa que demandó años y que tiene por tema un objeto a la vez divertido y misterioso: la vida de los hombres de circo en Uruguay, sus historias personales y sus recuerdos de cómo se aprendía y se practicaba el difícil oficio de payaso. Y cosa curiosa, en buena parte del trabajo son los propios payasos los que toman la palabra para contar sus experiencias.

ORIENTALES. Igual que una función de circo, el libro (que fue producido por la Cofonte) está dividido en segmentos que tratan distintos asuntos. La historia de los payasos en el Río de la Plata ocupa los primeros capítulos. Allí aparece la célebre familia Podestá, y su recorrido desde los pequeños circos artesanales del Barrio Sur (hacia 1872), hasta las grandes carpas porteñas del Novecientos. El autor, que ya dedicó tres libros a este tema (José Podestá y Pepino el 88, Nuevas canciones inéditas del Gran Pepino y Los Podestá), pasa revista rápida al asunto y entra en la parte más jugosa del trabajo.

Empiezan a surgir entonces nombres menos conocidos, con biografía sencillas e increíbles. José Camilo Rodríguez, payaso cubano que en 1870 llegó a Uruguay, instalándose cerca del Paso Molino con sus caballos, cabras y perros amaestrados. O Florencio Villalba, que a los siete años trabajaba en el trapecio a 12 metros de altura. Entre "monos" (que es el nombre que en la jerga circense toman los artistas que trabajan en el aire) y "loros" (que son los que están sobre la pista), la nómina de actores que aportan sus testimonios supera la decena de nombres.

Al margen de las individualidades, González Urtiaga desarrolla una singular tipología de payasos, no todos de nariz postiza roja. Está el payaso blanco, distinguido y elegantemente vestido. El payaso de soirée, que participa en números cortos, y el tony de soirée, que nunca habla y apenas emite gritos. Y los que trabajan en dupla, como el clown que da pie al tony para que éste haga reír a través de sus torpezas. Y los eternos solitarios, como el bufón, de dura visión crítica. O los enanos, sobre los que el libro aporta agudas observaciones.

Junto a ese catálogo de payasos, que incluye tipos que desaparecieron, figuran también sus piruetas. La fotografía, la flor mágica que enamora a las mujeres, la esposa sonámbula o la pelea de box son algunos de los números tradicionales de la región. Ese repertorio tendía a repetirse, por lo que era el carisma del intérprete (más que el argumento del número) lo que daba cuenta del nivel artístico de un payaso.

Más allá de la calidad del histrión, una cierta metafísica de la pista asoma en esta investigación que incluye desde guiones de circo hasta citas al surrealista español Ramón Gómez de la Serna, padre de la lúdica filosofía circense. "El clown es el ridículo de cada uno. Es un ser indefenso, desprotegido, vulnerable. Y a la vez es un ser transparente, todo se le ve, todo se le nota y él no puede disimular nada. Puede ser muy inteligente; es su vulnerabilidad la que lo vuelve ridículo, la que lo hace clown".

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