El centenario de un titán

| En el Molino de Pérez pueden verse diez obras del escultor y una serie de fotografías

Jorge Abbondanza

En las salas de exposición del Molino de Pérez (Rambla O’Higgins, Punta Gorda) se cumple un homenaje a los cien años del nacimiento de Germán Cabrera, desaparecido maestro de la escultura nacional. Desde el lunes pasado —y hasta el jueves 29, con horario de 16 a 20 entre martes y domingos— esa sede de la Asociación de Pintores y Escultores del Uruguay propone al visitante una selección de diez obras de Cabrera, junto a una serie de fotos de piezas suyas ubicadas en espacios urbanos. Como los años pasan y la memoria de este pueblo no siempre es fiel ni reconquistadora, parece oportuno evocar a Germán en cuerpo y alma.

Cabrera fue una solitaria figura en medio del raleado territorio de la escultura uruguaya. País pródigo en pintores, este rincón del mundo ha sido en cambio habitualmente avaro en su generación de escultores: superado el oleaje novecentista y académico (Zorrilla, Ferrari, Belloni) y envejecido el rubro de sus seguidores (Pena, Prati, Moller de Berg, Bauzá) el panorama de la escultura nacional quedó prendido de escasísimas figuras, en medio de las cuales Cabrera reinó aisladamente desde mediados del siglo XX. Lo hizo con su poderoso pulso para la talla en mármol o piedra y poco después con sus propuestas abstractas, entre las que deben figurar sus estructuras soldadas (como la que eleva bellamente su acordeón en Ponce casi Avenida Brasil) y los diagramas encajonados, donde combinaba una médula de hierro engarzándola en un marco de madera que redoblaba la fuerza casi viva de ese núcleo, sin desdeñar la hermosura autónoma de los tablones que lo encerraban.

Dando la medida de su versatilidad, Cabrera derivó a cierta altura hacia sus juegos en arcilla, componiendo estampas populares (y humorísticas) de pequeño formato, donde caricaturizaba anatomías y mentalidades sin dejar de lado una soltura para el modelado y una gracia para el sesgo satírico que dotaban a esas propuestas de un valor perdurable. Mientras surgían algunos colegas capaces de moverse en el área de formulaciones abstractas, desde el organicismo en madera de Salustiano Pintos hasta el concretismo en hormigón de Lincoln Presno, y mientras asomaba el notable aporte de figuras en hierro de Hugo Nantes, la figura de Cabrera alcanzó —no sólo a escala nacional— una altura de consagración, un prestigio siempre ascendente, una presencia que podía considerarse capital en la materia. Hombre de carácter personal vigoroso, por detrás de su perfil de poderosa nariz y ojos penetrantes, el escultor sabía acompañar la fuerza de sus obras con una presencia igualmente dominadora, de la que emanaban juicios resonantes y a menudo atrevidos.

Ese individuo fuera de serie ganó premios, expuso en medio mundo, llegó a vivir algunos períodos en el exterior, figuró en grandes bienales internacionales y desde su muerte ha quedado como una de las presencias mayores de la plástica nacional de las últimas seis décadas. Ahora el homenaje del Molino de Pérez a su centenario, es una buena manera de resucitar su recuerdo y tener ante los ojos algunos ejemplos de una obra eminente. El lunes pasado, al inaugurarse la muestra, hablaron del maestro varios testigos calificados: Guillermo Fernández, Gabriel Peluffo, Rafael Lorente. Así las evocaciones valen la pena.

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