JORGE ABBONDANZA
Varias cosas detienen el paso del visitante en el Museo Blanes. Una de ellas es desde luego el altar mayor con los descomunales cuadros históricos de Juan Manuel, figura titular de esa quinta del Prado.
Otra es la selección de obras de Figari en una sala lateral, y una tercera es la presencia de algunas de las pinturas más valiosas de Alfredo De Simone (paisajes urbanos, autorretrato) en el espacio central del edificio de Millán 4015. Pero hay otras dos cosas que no se asocian con monstruos sagrados del arte nacional y que sin embargo justifican un recorrido por ese recinto que abre al público de martes a domingos entre 12:15 y 17:45 horas, con entrada libre.
Una hilera de acuarelas, óleos y dibujos de pequeño formato abren paso al conocimiento -y quizás al asombro- del contemplador sobre la figura del valenciano Emilio Mas, nacido en 1860, trasladado a Uruguay en fecha indeterminada y fallecido en Montevideo en 1928. Personalidad excéntrica, este pintor se especializó en retratos y desobedeció las convenciones académicas, pero en una etapa madura de su vida resbaló hacia la demencia. En 1910 fue recluido en un establecimiento psiquiátrico y las obras que ahora exhibe el Blanes pertenecen a los 18 años que pasó en ese hospital, hasta su muerte. Que estos trabajos hayan sobrevivido se debe al interés que depositó en el artista su médico tratante, Isidro Mas de Ayala, que luego donaría esas obras al museo en 1929. Lo que sorprende en ellas no es solamente la notable soltura expresiva del autor para pintar a sus compañeros de encierro, sino la dramática densidad de esos bocetos y retratos: una sombría silueta de perfil, un par de rostros en primer plano donde todo se ilumina, excepto la mirada que se apaga hasta borrarse.
El lejano paralelismo de Cabrerita parece facilitar la vía de acceso del espectador a la experiencia emocionante de aproximarse a estas pocas obras que se conservan de Emilio Mas, algunas de las cuales tienen una factura casi magistral, porque constituyen el legado de un artista atormentado, a quien (desde su etapa de formación en Barcelona) se le negaron en vida reconocimientos y recompensas, manteniéndolo luego en ese trance de una locura que sin embargo nunca interrumpió su faena plástica, como si la pérdida de la razón no hubiera sido capaz de alterar la maestría de sus ejercicios, el cauce victorioso de su sensibilidad ni el impulso infatigable de su trabajo.
GRAFFITI. En una de las dos salas mayores del Blanes se mantiene hasta el domingo 7 de noviembre la muestra El libro de los muros. Se trata de 60 fotografías de Mariana Berta (1956-2008) tomadas entre 1990 y 1994 sobre los graffiti en paredes montevideanas. Hija de otro psiquiatra prestigioso -Mario Berta- la relación de Mariana con las actividades artísticas no se limitó a la fotografía, porque fue además una destacada instrumentista de oboe y guitarra, así como compositora de canciones, y mantuvo fecundos vínculos con las manifestaciones musicales durante las últimas décadas. Las fotos que se exponen ya integraron dos exposiciones individuales en la Galería Cinemateca, pero por suerte vuelven a reunirse a dos años de la muerte de la autora en esta muestra coordinada por Franco Simini, acompañadas por un libro-catálogo que las ilustra y contiene abundantes referencias sobre la artista. Las fotos se han colgado en el simplísimo marco que ella había elegido, con soporte de cartón y unas pinceladas blancas que aluden a los muros de los que provienen, para que el material adquiera un doble valor testimonial y no se desvirtúe el carácter que tuvo ese diálogo entre la fotógrafa y sus imágenes.
Los graffiti tuvieron -no sólo en Montevideo- una presencia removedora y estimulante en el paisaje urbano de hace algunas décadas, incluyendo la famosa eclosión de 1968 en París y un florecimiento insólito sobre los vagones del subte neoyorquino. A escala montevideana disfrutaron de un período de auge, con rasgos de protesta, ingenio, irreverencia y puntería que luego decayeron, resbalando hacia el exhibicionismo juvenil y la trivialidad temática de los últimos tiempos. Pero mientras duró su apogeo hubo ejemplos anónimos de escritura sobre los muros (privados y públicos) que a veces resultaron memorables por su empleo del humor, espíritu crítico e inventiva, como algunos que Mariana supo registrar con su cámara.
Entre ellos figuran ejercicios de sátira ("lo malo de los políticos no es que viajen, sino que vuelvan"), de ironía religiosa ("la última cena no dio para todos"), de broma zoológica ("el gato bilingüe" que dice "guau"), de melancolía burlona ("hay un marginal en tu futuro"), de valentía cultural ("no seas público, actuá"), y de rebeldía tarifaria ("si Dios nos ilumina, ¿por qué UTE nos cobra?"). En todos los casos, Mariana tomó nota del sitio de la ciudad en que captó cada hallazgo de esos decoradores voluntarios de fachadas y medianeras. Se le escapó muy poca cosa, en todo caso la ocurrencia marxista que pudo leerse durante años sobre Julio Herrara y Reissig esquina Sarmiento ("Si Groucho hubiera escrito El Capital..."). Pero en el resto, su relevamiento fue una prueba de paciencia, peregrinaje y sensibilidad.