Jorge Abbondanza
El tenor Paul Devrient tuvo su carrera en el circuito lírico alemán de los años 20 y 30, pero hoy es difícil que algún aficionado recuerde su nombre. Sin embargo, la fama póstuma del cantante puede perdurar por la razón menos pensada: durante ocho meses de 1932, Devrient dio lecciones de actuación y emisión de la voz a Adolf Hitler, poco antes de que ese Führer del partido nazi se convirtiera en canciller del Reich. La historia se ha divulgado gracias al diario que dejó el tenor, rescatado por el historiador Werner Maser, un especialista en el período hitleriano. Curiosamente, el libro donde Maser recoge aquel testimonio ya había sido publicado en 1975 pero no tuvo mayor notoriedad, a pesar de su título: Mi alumno Adolf Hitler.
Ahora ha vuelto a hablarse del asunto, que tiene su sabroso entretelón en las relaciones a veces borrascosas entre maestro y discípulo. "¡Lo hago lo mejor que puedo!" aullaba Hitler ante las exigencias de Devrient. "Piense en los aplausos que recibo cada vez que hablo en público. ¡Usted no puede negar que conmuevo a miles de almas, y eso es lo que cuenta!" se quejaba el alumno cuando su profesor insistía en corregirlo. "Aquí estoy sentado, esperándolo. Me ha hecho perder el tiempo y se me han ido las ganas de trabajar. ¿Qué derecho tiene usted a robarme media hora? ¿Hay algo que me obligue a soportar estas clases? ¿Por qué tengo que dedicar mis momentos de descanso a esto?", gritaba Hitler cuando Devrient llegaba tarde. Pobre Devrient.
En 1941, Bertolt Brecht había escrito La resistible ascensión de Arturo Ui, una burla teatral sobre el Führer donde éste aparecía más de una vez ensayando gestos y posturas ante el espejo, igual que un histrión, antes de subir a la tarima para decir un discurso. La obra se estrenó recién en 1958, dos años después de la muerte del dramaturgo, pero muchos montevideanos podrán recordar la versión local montada en 1972 por El Galpón, con un memorable Villanueva Cosse en el papel central. Seguramente Brecht ignoraba las clases que Hitler había tomado con Devrient, pero los alardes físicos y vocales de ese dirigente cuando hablaba ante las masas eran tan vehementes, tan acalorados y por momentos tan frenéticos, que resultaba igualmente tentador imaginarlo entrenándose ante el espejo. Sin quererlo, Arturo Ui se adelantó públicamente a la noticia de las lecciones entre Hitler y Devrient.
En 1932, el Führer debió actuar en cinco campañas electorales y llegó a pronunciar hasta cuatro discursos por día, en medio de interminables giras por toda Alemania. Al año siguiente llegaría al poder, como cabeza de un partido que había engatusado a la tercera parte del electorado nacional. Pero la vorágine de aquellas campañas determinaron que un médico aconsejara a Hitler "tomar clases de dicción, ya que tenía las cuerdas vocales agotadas y las fosas nasales deformadas. Su voz no daba más". Eso es lo que Devrient tuvo que corregir mientras descubría otros rasgos del orador: "Al comienzo, sus gestos y ademanes son adecuados. Pero entonces ocurre la desgracia: toma conciencia del entusiasmo de la gente y se olvida de sí. Al público deja de interesarle el discurso, porque tanta gesticulación lo cansa. El efecto deseado se diluye y luego se pierde".
No parece fácil adivinar lo que Hitler le debió a su maestro de dicción para alcanzar el magnetismo con que atrapó durante quince años al prójimo. Tampoco puede imaginarse ahora el sentimiento de culpa que pudo sufrir Devrient al medir las consecuencias de su tarea, si es que sobrevivió al discípulo. En una época como la actual, donde abundan los asesores de imagen, el papel de aquel tenor merece integrar una lista de pioneros en la materia.