Es una cura de desintoxicación ver esta película iraní luego de las sobredosis de violencia que saturan el cine y la televisión de cada día. Aquí lo que se cuenta es mínimo: la peripecia cotidiana de un niño ciego que trabaja como afinador en el taller de un fabricante de instrumentos musicales. El niño puede extraviarse en esos itinerarios cotidianos, porque la seducción de una bella voz o una línea melódica escuchada al pasar suelen desviarlo de su camino, aunque luego recobrará el rumbo ayudado por una amiga que oficia de lazarillo. Ese viaje a través de mercados, tiendas, autobuses y playas no tiene otro plan que el simple registro de hechos menudos, mientras algún diálogo casual anota ciertas penalidades: el niño y su madre pueden ser desalojados de la casa en que viven por un propietario que reclama alquileres impagos, el padre de familia ha emigrado a Rusia en busca de mejores oportunidades, más de una vez se hace referencia a una guerra que todavía parece cercana (este film es de 1998, la guerra de Irán con Irak terminó en 1988).
Pero más allá de ese pormenor lo notable es el discreto lirismo que esparce sobre su historia el director Mohsen Makhmalbaf, un sello que a los espectadores más veteranos les recordará las grandes películas de Satyajit Ray de los años 50 por la presencia de la infancia como hilo conductor de la emoción y por la mano invisible con que el realizador impone su velo poético al relato. La otra referencia que trae la memoria es el viejo neorrealismo italiano, porque este maestro del cine iraní emplea actores tomados de la calle en busca de la misma meta que aquella escuela mediterránea: una clave de pureza en su trasposición de la realidad, una aproximación más carnal al mundo verdadero que se reproduce con la cámara.
Es tal la depuración expresiva que persigue Makhmalbaf, que hasta priva a su película de una línea anecdótica. Aquí no hay un tema con desarrollo o desenlace sino sencillamente unos vistazos a la existencia de su personaje, una ojeada a sus ocasionales esparcimientos y en todo caso una reflexión sobre la huella mágica que imprime la música en el espíritu de un ciego. Para universalizar esa reflexión, el director utiliza una frase musical que nadie ignora, los compases iniciales de la Quinta Sinfonía de Beethoven, una referencia decisiva no ya por la celebridad de su melodía sino por el hecho de que Beethoven era sordo y la falta de ese sentido lo acerca doblemente a este protagonista. De hecho, en más de un momento el niño se tapa los oídos con algodón para refugiarse en el silencio y así buscar quizá sonoridades interiores que no lo desvíen ni distraigan, como lo hace la realidad exterior. Lo que Makhmalbaf sugiere es entonces que el ciego tiene otras formas de ver, lo mismo que el sordo dispone de otras maneras de oír.
Todo ello, con la riqueza de pequeñas sensaciones que aporta, está mostrado con una economía de medios de lenguaje tan obstinada que el resultado sólo puede definirse —en su significado más admirable— como un cine de la pobreza, un ejercicio de despojamiento que suprime todo artificio, todo recurso visible y todo ornamento formal para quedar sólo con la esencia de ese cuadro donde una discapacidad se convierte en la puerta de acceso al fuero íntimo para descubrir allí disfrutes inesperados. Con eso el director quiere demostrar que no hace falta una visión normal para compartir los privilegios del contacto con la naturaleza, las bellezas artísticas que pueden inundar el ánimo o el toque de abnegación que acompaña a la amistad, sugiriendo que en esos beneficios residen los goces más valiosos (y también más escondidos) de la vida. Solamente un artista de primer orden es capaz de transmitir esa idea con las herramientas franciscanas que maneja Makhmalbaf y con el efecto conmovedor que finalmente extrae de ellas.
Cuando se recuerda alguna otra labor de este realizador, como la formidable Kandahar, y se evocan las obras de varios talentos del cine iraní, sabiendo en qué medida el cine (lo mismo que las letras, el teatro o la plástica) es un espejo infalible de la cultura de un país, parece necesario confrontar estas joyas con la demonización que sufre Irán a través de la política de algunas potencias occidentales, que ubican a ese país en el Eje del Mal. A los responsables de esa política les haría falta ver el mejor cine iraní y asomarse por medio de él a una sociedad que desconocen: puede ser una alternativa más aconsejable y por cierto más provechosa que la propaganda malévola o las bombas.