La muerte de Liz Taylor ha permitido sacar a luz declaraciones que la actriz había realizado en 1997 durante una entrevista concedida al escritor Kevin Sessuns, con la condición de que solamente se dieran a conocer luego de su fallecimiento.
Cuando la entrevista fue publicada dejó afuera, por ejemplo, ciertas cosas que Taylor dijo acerca de su amigo James Dean, con quien actuara en el drama texano Gigante de George Stevens, basado en la novela de Edna Ferber. Concretamente, Dean le contó que había sido abusado a los once años por un religioso.
"Cuando Jimmy tenía 11 años y su madre había muerto, él comenzó a ser `molestado` por el ministro de su iglesia. Pienso que eso lo atormentó el resto de su vida. De hecho, sé que lo hizo. Hablamos mucho de eso. Cuando filmamos Gigante pasábamos noches enteras hablando y hablando. Y esa fue una de las cosas que me confesó".
Taylor también habló de sus razones para nunca haber escrito unas memorias: "Tendría que haberme rendido al presente y zambullirme en el pasado. Una no puede predecir el mañana, y mi vida ha tenido tantos `mañanas` impresionantes. Creo que nunca han parado de aparecer".
Hablando de otro amigo cercano, el dramaturgo Tennessee Williams (en varias de cuyas obras actuó) la actriz le dijo a Sessuns: "Lo amaba, fue uno de mis mejores amigos, pero era irremediablemente ingenuo. No tenía el más mínimo sentido del negocio".
Taylor sostuvo también que una de las mayores influencias en su vida fue su madre. Sara Sothern, famosa actriz de teatro que debutó en Broadway en 1925, y que a los 31 años abandonó el escenario para casarse con el comerciante de arte Francis Taylor. Al respecto se han sacado a relucir declaraciones del difunto Richard Burton, quien alguna vez dijo que "pese a sus conflictos con su madre, Liz siempre quiso protegerla y amarla".
En medio del drama o la tragedia nunca falta, empero, el toque de humor. En el caso de Taylor, una de los temas de comentario en numerosos blogs referidos a ella ha sido la necrológica publicada por el periódico New York Times, firmada por Mel Gussow, quien falleció hace seis años. Las bromas por Internet empezaron de inmediato, y el diario tuvo que sacar una rectificación que atribuye la autoría del artículo a Gussow, pero especifica que fue "actualizado" por William McDonald, William Grimes y Daniel E. Slotnik.
La explicación es bastante obvia. Todo el mundo sabe que los diarios tienen "en conserva" necrológicas de veteranos famosos, que son rápidamente sacadas a luz y enviadas a imprimir cuando el personaje en cuestión emprende finalmente su viaje al otro mundo. En el caso de Taylor, la actriz estuvo tantas veces al borde de la muerte (sufrió unas veinte operaciones a lo largo de cuarenta años, y entre un casamiento y otro se dedicaba a entrar y salir de los hospitales) que una cosa así tenía inevitablemente que ocurrir. Gussow escribió el obituario durante una de esas crisis, Liz salió (como casi siempre) de ella, y la nota quedó guardada en algún cajón de un escritorio del periódico o en la memoria de una computadora. Finalmente, seis años después, llega a la redacción la noticia de la muerte de Liz, y la nota resucita. El que no resucitó es su firmante.
No es por cierto la primera vez que algo así ocurre. Cuando Bob Hope murió en 2003, el propio New York Times publicó una necrológica firmada por el célebre crítico Vincent Canby, que había fallecido tres años antes que Hope. Fue una pena que el comediante estuviera muerto, porque habría tenido seguramente algo ingenioso para decir.
(BASADO EN AGENCIAS)