Cuando La Paloma era apenas pichona

| El libro, de lujosa edición, cuenta los orígenes de un balneario emblemático de la costa uruguaya

Gustavo Laborde

Dice César di Candia que para él la patria es la adolescencia. Si eso es cierto, él es palomense y no floridense como indica su partida de nacimiento. Este escritor y periodista conoció las arenas de La Paloma —por eso el gentilicio de palomense— cuando era apenas un niño y durante los siguientes 70 años las siguió visitando, cada vez que pudo, hiciera frío o hiciera calor. Hace un tiempo se embarcó en un proyecto literario en el que confluyeron sus grandes pasiones como la historia, la crónica, el periodismo y, desde luego, La Paloma. El resultado final es el libro La Paloma Una historia con nombre de pájaro. No es una lectura destinada al exclusivo usufructo de residentes o asiduos visitantes del balneario. Muchos otros también podrán disfrutar de anécdotas que involucran a presidentes de la república, faros derrumbados, médanos desérticos y tiburones que desayunan bañistas. Todo esto en un libro que está ilustrado con fotos actuales y de época.

—¿Este es un proyecto literario que nació cuando se supo enamorado de La Paloma?

—No es tan viejo, porque mi enamoramiento de La Paloma empieza a los siete u ocho años. Pero hace como cinco años empecé a manejar la idea de escribir un libro describiendo a La Paloma tal cual era cuando yo la conocí. Cuando no tenía electricidad ni agua corriente, ni médicos, ni farmacias, cuando era sólo médano y ninguna calle. Comparando con lo que es hoy, 70 años después, todo era muy atractivo. Para esto además de mi propio testimonio sumé el de otras personas que fueran residentes o veraneantes de toda la vida, que con sus anécdotas complementaron mi relato.

—Es un libro que está a mitad de camino entre la biografía, el periodismo, la crónica, la historia...

—Como género es indefinible. Se podría decir que es una crónica testimonial, si es que eso existe. Hay que aclarar que cuando escribo lo hago con especial cuidado literario, y cuando transcribo el testimonio de otro lo recojo de manera cruda. Esa distinción también tiene su correlato gráfico. También el libro contiene muchas fotos, algunas de época, en blanco y negro, aportadas por vecinos, y otras nuevas, a colores, que las sacó Diego García, que es un excelente fotógrafo que vive en La Paloma. Este trabajo fue terminado en el año 2000, pero el proyecto fue frenado por la crisis de aquel año, que frenó el apoyo de organismos públicos que podían estar interesados en este proyecto como el Ministerio de Turismo y el de Cultura. Pero tampoco tuve el apoyo de editores, que creyeron que era muy caro. Bueno, entonces, ahora, dos años después lo hice yo mismo, al estilo de cualquier principiante. Sin embargo, ahora ha sido declarado de interés turístico nacional, lo que supone un gran espaldarazo.

—¿Cómo fue el trabajo de recopilar testimonios?

—Y no fue muy fácil, porque mucha gente no quería hablar. Como toda gente del interior es muy desconfiada.

—¿Los Palomenses son gente del Interior o son de alguna otra categoría? Por lo general se asocia a la gente del Interior con la tierra adentro y el complejo ecuestre, por llamarlo de alguna manera.

—Bueno, no tienen el complejo ecuestre, pero tienen el marítimo. Los que viven todo el año ahora han pasado a otra categoría, pero los antiguos pobladores eran gente del Interior y ciertas características se conservaron pese a los años. Muchos no hablaban porque era gente de mucha edad, o porque no tenían interés, no sabían muy bien qué quería hacer yo. No me fue fácil. De todas formas hubo gente que aportó muchas cosas de gran riqueza testimonial y entre todos hicimos un relato que a mi juicio tiene interés historico-cultural. Pero aclaro que esto no es un libro de historia, es un libro que rastrea en las circunstancias cotidianas que dan lugar a la historia. Entonces uno puede saber de la época en que en La Paloma había tiburones que se devoraron a algún bañista, algo que en el libro está contado por un par de testigos, o cuando había un arroyo que dividía la bahía grande en dos y los días de creciente alguna gente llegó a ahogarse en ese arroyo o los testimonios de la gente que vivía en la isla chica y tenía que abandonarla con la creciente, en fin, un montón de historias. También está el testimonio de cuando don Pepe Batlle pasó por frente de La Paloma y los vecinos armaron fogatas en la orilla para que él las viera desde el barco y el transatlántico a su vez respondió con haces de luces. Se recogen testimonios de cuando pasó el Zeppelin en el año 1934 y algunos cuentan que le veían la cara a la gente, que tomaban café en el salón y los saludaban, o de cuando se cae el primer faro y mueren 15 personas. Cosas que las generaciones nuevas no saben, y las viejas las tienen olvidadas. Creo que es un libro que tiene gran interés sobre todo para todos aquellos que como yo padecen de un amor infinito a esa playa que tiene una mística muy especial.

—¿Cuál es su playa favorita de La Paloma?

—Yo tengo mi casa a poco metros de la playa, pero cuando uno anda sociable, camina 100 metros y se va a La Balconada que es, sin dudas, una de las playas más lindas del Uruguay. Y además allí están todos los amigos, y La Paloma es muy especial porque uno conoce a todo el mundo. Pero aclaro que yo no soy muy de bañarme porque el agua es muy fría. El agua se calienta en febrero, con una corriente que llega de Brasil, pero que también trae aguavivas. La Paloma tiene una mística muy especial, como también, hay que reconocerlo, la tiene La Pedrera. Por eso antes armábamos partidos entre un balneario y otro donde nos dábamos unas patadas bárbaras.

—Este es un libro sobre el pasado de La Paloma. ¿Cómo ve la piqueta fatal del progreso, el puerto, por ejemplo?

—Nosotros nos defendemos con uñas y dientes de la instalación del puerto granelero porque creemos que va a estropear la playa, traer polvillo de madera al balneario. Además, y es una razón fundamental, el puerto dicen que emplearía a 30 a 40 personas, pero eso desplazaría a los cientos de personas que trabajan hoy.

—¿Qué le quedó afuera de este libro?

—Mucha cosa, en especial la década de 1950, cuando hacíamos una vida muy comunitaria en La Paloma. En esos años iba el entonces presidente Luis Batlle Berres, con quien jugábamos a la baraja o jugaba al fútbol de arquero y protestaba todos los goles. En esa época no había lugar para un político engreído. Eramos todos de un mismo clan, como lo era también el senador Barrios Amorin, gran pescador, con quien también tuve largas charlas. Otro de aquellos fue Alberto Demichelli, quien luego fue presidente a dedo de la dictadura, que también era un gran pescador, de pata en el suelo.

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