MATÍAS CASTRO
Son las once y media de la mañana y en el interior de un local frente a Canal 12, quince personas ensayan una breve coreografía. Afuera, otro grupo espera su oportunidad para postularse a "Bailando por un sueño".
El instructor al frente del grupo que ensaya la coreografía es Alejandro Suqui, entrenador de baile. Junto con un entrenador de canto está en Uruguay para buscar participantes nacionales, cosa que seguirá haciendo hasta mañana, aunque el viernes sólo se entrevistarán candidatos a Cantando por un sueño.
En la puerta del lugar hay unas cuarenta personas esperando su turno. El recuerdo de la saga que vivió el uruguayo Javier Rojas el año pasado, bailando junto a Evangelina Carrozo, parece obligatorio ante la escena. Dos parejas esperan allí, muy cerca de la puerta. Vinieron en grupo pero cada uno competirá solo. Casi todos van a plantear dos sueños, uno personal y otro solidario.
En otra parte de la fila Carolina de 27 años, cuenta que baila desde los quince y quiere plantear un proyecto para sacar a los niños de la calle y poner un hogar para ellos. No ha trabajado en nada que tenga que ver con este tema antes, pero dice que le preocupa. Entrar a la competencia sería para ella nada más que una experiencia, "no tomo esto como una carrera, porque se precisa demasiado tiempo". A unos metros de allí un maquillador ocupa el último lugar de la fila y dice que preferiría que le pongan más música latina para la prueba, ya que el año pasado lo "mataron con el funky".
Suqui había dicho el día anterior en entrevista con El País que en esta instancia de preselección de candidatos le darían mayor prioridad al sueño por sobre la danza. Esta, había aclarado, es igual algo muy importante y un requisito es que el soñador tenga una mínima capacidad para moverse.
"Mi sueño es tener una casa porque soy pobre y no tengo donde estar", dice otra chica que luego agrega que desde niña ha salido en murgas. Junto a ella está Germán, que con 31 años de edad viene desde Libertad. "Mi objetivo es tener la oportunidad de estar allá", dice refiriéndose al programa y al mundillo de la televisión argentina. Su sueño es ayudar a una persona de su pueblo, que tiene un local donde recibe gente humilde del interior, que no tiene la oportunidad de viajar a Montevideo, "y que no sabe ni siquiera lo que es un shopping center".
Dentro del estudio los ensayos de la coreografía siguen con resultados desparejos. Algunos logran aprender los pasos y seguir el ritmo con gracia, y otros se demoran mirando a Suqui para ver qué movimiento hará después. Algunos siguen el orden que se les pide y otros no pueden evitar el impulso de dar un paso adelante para destacar un poco más.
Afuera los demás candidatos esperan. Unos sosteniendo su esperanza de golpear puertas en el exterior, otros defendiendo sus sueños de ayudar al Cotolengo Don Orione, de pagarle una operación a la hermana, o de reformar un hospital.