Colados en una historia de tensión

MATÍAS CASTRO

Una nota que apareció hace un par de días en la página de CNN de México hablaba de un paparazzo llamado E. L. Woody, toda una personalidad en su ambiente. "Odiado por algunos de los principales artistas y querido por el público por sus revelaciones acerca de las celebridades, Woody, de sesenta y cinco años, ha sido uno de los miembros más controvertidos del negocio de alto riesgo de la fama en Hollywood", decía la nota. La explicación no podía ser más clara, aunque tal vez puedo discrepar a la distancia con la afirmación de que era querido por el público.

No tengo elementos como para afirmar que fuera odiado, pero sí puedo decir que aunque las fotos suelen tener la firma del fotógrafo al costado cuando salen en diarios o revistas, el público no atiende a ese detalle en general. La del paparazzo es una profesión casi anónima, además de sacrificada. Es ingrata, en parte, y también exigente, pero implica más pasión que muchísimos otros trabajos. El caso de Woody es igualmente una excepción ya que incluso ha aparecido en la serie Entourage interpretándose a sí mismo.

"Somos la gente que no es invitada (por las celebridades), pero somos de quienes dependen", dijo en la misma nota. No le falta razón en estos comentarios y tiene mucho que ver con lo que venía apuntando en las columnas de esta semana sobre el mundo de los paparazzi, a partir de las piedras que James Hetfield le tiró en Punta del Este a los fotógrafos que lo seguían.

Como todo lo que tiene que ver con este tema, sus afirmaciones tienen algo de verdad pero también se vuelven relativas al punto de vista que se adopte. Es cierto que los famosos dependen de los fotógrafos para ser tal cosa y proyectar su imagen en todo el mundo. Pero no es estrictamente cierto que dependan del seguimiento día y noche, digno de una historia de espionaje, para sostener su fama. El tema siempre es ríspido y sus polémicas, en general, quedan lejos de la vista del público.

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