Cien años de un payaso genial

Vigente. Sus films siguen teniendo un alto nivel de audiencia en la televisión mexicana

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GUILLERMO ZAPIOLA

El próximo viernes 12 de agosto, Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, más conocido como "Cantinflas", hubiera cumplido cien años. Es un buen pretexto para evocar a una leyenda del cine.

Los críticos siempre se desem-barazaron con demasiada facilidad de Cantinflas. Por supuesto, es muy fácil denunciar la endeblez cinematográfica de la mayoría de sus películas, que eran sobre todo vehículos, rutinariamente filmados, al servicio de su humor algo payasesco y especialmente verbal. Una de las razones por las cuales el cómico se llevó bien durante tanto tiempo con el director de gran parte de sus films, Miguel M. Delgado, es justamente la absoluta impersonalidad de este último, quien se limitaba a cumplir órdenes y poner la cámara al servicio del divo. "Eso no es cine", dice nuestro crítico, y no le falta razón. Pero aquí no estamos hablando de cine sino de las películas de Cantinflas, y la persistente popularidad del cómico requiere por lo menos alguna explicación.

En la década del cincuenta en Montevideo, cada primero de enero se estrenaba una película de Cantinflas en el cine Plaza, y permanecía largamente en cartelera. Mario Moreno fue un auténtico ícono de la cultura popular, creador de un tipo humano muy reconocible (el "pelado" mexicano de charla incomprensible) que encarnaba el humor escéptico y la astucia para sobrevivir en medio de las dificultades.

Su éxito de taquilla trascendió fronteras, sus películas comenzaron a ser distribuidas por una empresa norteamericana (Columbia), y Hollywood lo incorporó incluso a dos proyectos ambiciosos: la adaptación de La vuelta al mundo en 80 días (1956) que produjo Michael Todd y dirigió Michael Anderson, donde también actuaban David Niven, Shirley MacLaine y varias decenas de estrellas en papeles episódicos, y la comedia Pepe (1961) de George Sidney, también con elenco multiestelar.

Aún hoy, Cantinflas sigue siendo en México un fenómeno de popularidad inusitada. Cada sábado, la televisión nacional alcanza su mayor nivel de audiencia con la repetición de cualquiera de las 50 películas protagonizadas por él. Charles Chaplin lo llamó una vez "el mejor comediante del mundo", aunque hay que entender que hay una diferencia importante entre Cantinflas y Carlitos. El humor de Chaplin era esencialmente visual (de ahí su universalidad), mientras que en Cantinflas el enrevesado diálogo juega un papel esencial e intraducible. No debe sorprender que siempre haya funcionado menos con un público que no fuera hispanoparlante (por eso Pepe no trabajó bien en los Estados Unidos, aunque el actor viniera de ganar un Globo de Oro por La vuelta al mundo en ochenta días).

Sexto hijo de una familia de doce (cuatro de los cuales murieron al nacer), nacido en Ciudad de México el 12 de agosto de 1911, Cantinflas creció en el difícil barrio de Tepito y debió apelar desde muy chico a su ingenio para sobrevivir. Intentó convertirse en boxeador, entró en el ejército pero lo echaron cuando se supo que había mentido con respecto a su edad (tenía 16 años y no 21, como había declarado), y luego se acercó al circo, el teatro popular y hasta las plazas de toros, en las que se desempeñó como torero cómico. En 1934 se casó con Valentina Ivanova, nacida en Moscú. El matrimonio duró hasta la muerte de ella en 1966.

Algo después de ese casamiento llegó al cine. A mediados de la década del treinta conoció al productor ruso Jacques Gelman y se asoció con él para crear su propia compañía productora. Gelman producía, dirigía y distribuía mientras Cantinflas actuaba, repitiendo a a menudo las rutinas que había practicado antes en el circo y el escenario.

Debutó en la pantalla en 1936 en No te engañes corazón, película que pasó bastante desapercibida. Otro largo, Así es mi tierra (1937), funcionó mejor, pero aún no era una superestrella. En esos años apareció en varios cortos de su empresa Posa Films en los que fue puliendo su personaje (el marginal de pantalones caídos que se expedía a través de una verborragia incomprensible), pero su primer gran éxito fue Ahí está el detalle (1940). Desde entonces repetiría a menudo en sus films la frase del título.

Hay que entender que su parloteo sin sentido tenía un sentido. En el México del PRI, un público pobre y desconfiado de las élites gobernantes tenía que sentirse inevitablemente identificado con un personaje que hablaba hasta por los codos pero escondía realmente su pensamiento, y que sugería dosis de astucia e inteligencia por detrás de su "no decir nada".

Como ocurrió con el Mickey de Disney, cuya trayectoria cinematográfica repitió la de su creador (de joven emprendedor a acaudalado burgués), la carrera de Cantinflas dibujó una parábola similar. En sus primeras películas pudo ser zapatero, maletero, portero, bombero, ascensorista, fotógrafo de pueblo: los humildes oficios de la gente pobre que constituía su público mayoritario.

A medida que su fortuna aumentaba (llegó a ser multimillonario) su personaje acompañó también ese ascenso social: en sus últimas películas se lo vio convertido en docente, médico, sacerdote, diplomático o burócrata ministerial (aunque pudo compartir esas tareas con las de conserje o barrendero). Fue incluso Sancho Panza en una coproducción con España sobre el Quijote. Para entonces se había vuelto más sermoneador, menos fresco, aunque su simpatía natural y su capacidad de comunicación con el espectador permanecían casi intactas. Y aunque siempre fue un conservador, su cine siguió encarnando una forma de protesta implícita contra una sociedad y un mundo que marginan a las mayorías. El público masivo que se mantuvo fiel a él lo entendió perfectamente.

Un cómico delante de los intelectuales

La crítica demoró en (no digamos ya valorar) simplemente intentar entender el éxito de Cantinflas. Siempre es más cómodo suponer que uno es listo y los demás idiotas.

La creciente atención que los intelectuales le están prestando a las formas de la cultura popular están empero ayudando un poco. Gregorio Luke, director ejecutivo del Museo de Arte Latinoamericano ha llegado a decir: "entender a Cantinflas es entender lo que ha pasado en México en todo el siglo pasado". Por su parte, Carlos Monsiváis ha intentado explicar el fenómeno Cantinflas en función de la importancia de la palabra hablada en el contexto del analfabetismo reinante en el México de la primera mitad del siglo XX (70% en 1930). En una película como El analfabeto (1960), señala Monsiváis, Cantinflas es "el iletrado que toma control del lenguaje como puede".

El periodista Salvador Novo considera a su vez que el éxito de Cantinflas consistió en "entregar a la saludable carcajada del pueblo la esencia demagógica del vacuo confusionismo" de las clases ilustradas mexicanas.

Cuatro etapas de una carrera

Así es mi tierra

1937

Cantinflas comenzó a ser Cantinflas en este primer largometraje, una comedia dramática dirigida por Arcady Boytler que narra una historia de amor, engaño y complot con la Revolución Mexicana de fondo. El personaje ya habla y habla sin decir mucho.

Si yo fuera diputado

1952

Hartos de los políticos de siempre (¿qué raro, no?), los pobladores de una región desfavorecida postulan al zapatero local (Cantinflas, obviamente) para ocupar un escaño en el Parlamento. La situación pretexta la esperada sátira a reiterados vicios de la vida política mexicana.

La vuelta al mundo...

1956

...en ochenta días, claro. Verne adaptado en una película "con" Cantinflas (quien hace de Passepartout) pero no "de" Cantinflas. Un espectáculo con enorme elenco (encabezado por David Niven) y rodaje internacional, entretenido pero no merecía el Oscar.

El padrecito

1964

Un ejemplo típico del Cantinflas tardío. No el "pobre roto" de los primeros films, sino cura de pueblo (como otras veces fue médico, profesor o diplomático) que aprovecha su cargo para sermonear a sus feligreses con dosis de crítica social y algo de moralina. Igual divierte.

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