"Bienvenido a casa": un espectáculo excepcional

Recomendable. Roberto Suárez se supera a sí mismo en su nuevo y raro trabajo

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CARLOS REYES

Para quienes están al tanto de lo que pasa en el teatro montevideano, el nombre de Roberto Suárez no admite discusión. Su nueva obra, "Bienvenido a casa", es un hito más en una carrera única, notable, y siempre ascendente.

Pero a quienes nunca han visto un montaje de este director experimental, habrá que explicarles al menos en líneas muy generales de qué van sus espectáculos, y concretamente este último.

Pese a lo que han variado sus obras, algunos puntos en común las atraviesan: un gusto por lo monstruoso (que sin embargo nunca llega a la crueldad), y un cambio y una ruptura permanente en el código teatral, son dos de los elementos clave.

En Rococó Kitsch (de 1996, ganadora del Florencio al Mejor texto de autor nacional), el público era encerrado entre rejas, para presenciar un desfile de personajes rarísimos.

Los trabajos de Suárez evolucionan luego hacia una estética que puede emparentarse con la del cineasta estadounidense David Lynch, dada la atmósfera misteriosa e inquietante que logra, donde lo cotidiano y lo onírico se confunden. En el director uruguayo, además, todo eso puede producir risa o no, según las características de cada espectador. En Bienvenido a casa, eso se da claramente. Lo lúdico y lo trascendente no tienen fronteras claras en sus creaciones.

El artista tiende a romper el espacio escénico convencional, las relaciones entre los actores y el vínculo con el público. Trasladar al público de un sitio a otro, hacerlo andar por lugares abandonados, encerrarlo, hacerlo callar, son algunas de las libertades que él se toma.

En sus obras, que además son muy entretenidas (y llenas de sorpresas), algunos elementos se repiten de una a otra: la presencia del agua, la locura, la pertenencia a un sitio, y el uso de autómatas, que en algunos casos duplican a los propios actores.

Bienvenido a casa tiene la particularidad que el espectador la tiene que ver en dos días. En el primero presencia una obra de teatro completa, impresionante, divertida, también emotiva. En el segundo día, el público es colocado en otro lugar, y presencia los entretelones de la obra, que es a su vez un complemento de ésta.

Ese genial ejercicio les permite al creador y su equipo representar primero una historia, y luego glosarla, agregarle muchos asuntos, y contar una segunda historia.

Formalmente, en muchos casos Suárez toma elementos que recuerdan un poco a la película francesa Delicatessen (de 1991, codirigida por Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro): resortes, aparatos y objetos viejos de todo tipo, son incluidos muchas veces en sus escenografías, en las que hay un feliz uso de los aspectos mecánicos, que pueden resultar cómicos.

Los golpes de efecto no faltan: por ejemplo, una ventana con el mecanismo para que por ella entre lluvia. O un barco que entra a escena tripulado por los actores, como sucedió en El bosque de Sasha (de 2000, Premio Florencio al mejor espectáculo, dirección, escenografía, iluminación y texto de autor nacional).

El teatro de Suárez también está emparentado con la literatura de Felisberto Hernández: tienen en común (además de imágenes recurrentes, como la del agua), el clima de humor mezclado con la locura. También comparten el gusto por la representación, y por exhibir los distintos grados de teatralidad de una ficción.

En Bienvenido a casa los personajes van dejando al descubierto elementos de lo teatral, despojándose de a poco de sus máscaras. Eso se acentúa en la segunda parte de la obra (es decir, en el segundo día): capa a capa, la obra y sus personajes van quedando en descubierto, aunque siempre parece quedar algún elemento por desvelar.

Los textos de Suárez tienen más o menos lirismo, según la obra. Su modo de trabajo lo lleva a una creación conjunta con su equipo. Por otro lado, en su última obra parece haber aspectos vinculables a la dramaturgia argentina de Claudio Tolcachir o Daniel Veronese. Esto es, hay un aire natural, cotidiano, también muy seductor.

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