Auge y caída de una intérprete "country" con Gwyneth Paltrow

DVD. Está en los videoclubes "Una nueva oportunidad" de Shana Feste

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GUILLERMO ZAPIOLA

Si hay dos productos cinematográficos que Hollywood tiene dificultades para exportar son las películas sobre béisbol y sobre música "country". Al segundo subgénero corresponde "Una nueva oportunidad", recientemente salida en DVD.

Entendámonos. No es una mala película (en realidad es bastante buena, aunque no memorable), la protagoniza Gwyneth Paltrow en un papel en el que rompe con su imagen de rubia más bien sosa y transparente y se permite algún desplante dramático, tiene una buena banda sonora, un par de intérpretes secundarios interesantes y hasta algún chispazo de inspiración, pero los distribuidores no se animaron. De hecho, tampoco se animaron el año pasado con Un corazón loco, una película del mismo género que contaba con una actuación de Jeff Bridges ganadora del Oscar. De acuerdo: Paltrow no es Bridges.

Tampoco la joven directora Shana Feste es Douglas Sirk, aunque el maestro de críticos Roger Ebert se empeñe en encontrar algún vínculo entre esta película y algunos de las obras maestras que el cineasta alemán realizara en Hollywood en los años cincuenta (digamos, Lo que el cielo nos da o Imitación de la vida). Más modestamente, Una nueva oportunidad puede hacer pensar, lejanamente, en una adaptación muy libre del reiterado tema de Nace una estrella, aunque quienes nacen realmente en el film sean algunos de los personajes secundarios, y la protagonista enfrente más bien un probable ocaso.

Agobiada por el estrés generado por el trabajo, el acoso de fanáticos y el abuso de alcohol, la protagonista Paltrow colapsa en escena y va a parar a un centro de rehabilitación. Allí conoce a un joven y talentoso guitarrista (Garrett Hedlund) que sobrevive actuando en locales de tercera (la protagonista es en cambio una figura de alto perfil). Lo que ocurre a la salida es previsible: Paltrow y Hedlund se convierten en pareja, para zozobra del marido y manager (Tim McGraw) de la primera. Para que el triángulo se convierta en cuadrado o rectángulo se añade otro personaje: una ambiciosa reina de belleza convertida en cantante (Leighton Meester) que se transforma en la nueva protegida de McGraw. El entrecruzamiento de sentimientos y relaciones, la reaparición de algunos fantasmas personales, el destino o el mero tiempo que pasa generarán algunos quiebres mientras ese cuarteto emprende su gira, con Nashville como la gran Meca de su género musical.

La joven directora (nació en Los Angeles en 1976) Shana Feste hizo algún corto y está aquí a la altura de su segundo largometraje que, al igual que el primero (The Greatest, 2009, un drama romántico con Carey Mulligan, Pierce Brosnan y Susan Sarandon), también escribió. Parece tratarse de una mujer lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que buena parte del material que maneja es cliché, pero se las arregla para sacarlo adelante con una dosis de autenticidad. Si a uno le cuentan la película o se deja engañar por algún "trailer", la sensación de "dejá vu" resulta inevitable.

Cuando se la ve realmente esa sensación disminuye. La película es lo suficientemente convincente como para que sus personajes adquieran cierta tridimensionalidad, ciertos giros de la trama no son exactamente los que cabía esperar, y algunos ramalazos de emoción auténtica surgen de pronto en medio del convencionalismo.

Feste parece más segura de sí misma cuando describe una parábola crepuscular (Paltrow, McGraw) que cuando retrata el ascenso de sus jóvenes prometedores (Hedlund, Meester). Quizás resulte inevitable: la decadencia es siempre más dramática y conmovedora que el triunfo. Y es cierto también que a veces la historia se le dispersa, como si supiera a dónde quiere ir pero vacilara acerca del cómo: algunos vaivenes de los últimos tramos pudieron ser más breves. De todos modos, cuando se la examina de cerca hay la suficiente ambigüedad en los vínculos entre los personajes como para eludir un mero tratamiento plano.

Hay que añadir que la cineasta tiene a su favor algunas cartas para las dos líneas dramáticas de su historia. No están mal sus dos jóvenes (especialmente Meester), pero hay que entender que la película es, sobre todo, un vehículo para Paltrow, y la actriz sale más que suficientemente del paso.

La cuota de melodrama que contiene el asunto se prestaba, por supuesto, para la sobreactuación. Paltrow, su directora o ambas han preferido jugar al personaje en tonos más bajos, sin eludir empero los extremos de conducta que el libreto le imponía. La exrubia modosita convence igualmente en sus escenas de borrachera, decadencia y vómito que en los momentos en que debe lucir luminosa en el escenario, aunque la procesión corra por dentro.

Y hay otra carta que el film administra con solvencia y que ha significado una carrera lateral pero significativa para Gwyneth Paltrow. Su personaje debe cantar y ella lo hace realmente (no está doblada), empezando por una serie de canciones que le fueron compuestas especialmente. Y por cierto no lo hace mal. De hecho, su participación en este film ha disparado en ella una veta que hasta el momento no había explotado, y la ha llevado a iniciar una carrera como cantante. A lo mejor el título es efectivamente profético, y Gwyneth encontró de veras en esta película una nueva oportunidad.

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