Allen en Roma: la fuente se ha secado

Se estrenó en Montevideo la nueva película de Woody Allen, que a los 76 años no ha reducido su entusiasmo viajero ni su ritmo de actividad. Bajo un afectuoso título, A Roma con amor, desfilan cuatro episodios en tono parodial. Una pareja de norteamericanos (Judy Davis y el propio Allen) llega a Roma para conocer al novio italiano de su hija. Un veterano arquitecto (Alec Baldwin) asiste al dilema de un estudiante entre dos mujeres. Un empleado (Roberto Benigni) se convierte en una celebridad de la noche a la mañana. Una pareja recién casada llega desde su pueblo a la capital, donde una prostituta (Penélope Cruz) le complica la vida.

Los viejos admiradores de Allen están habituados a compartir el universo del realizador y a reconocer sus claves de humor como expertos en descifrar un código. En medio de los 40 años de su carrera, ese público ha disfrutado el esplendor satírico de su apogeo (Broadway Danny Rose, La otra mujer, Hannah y sus hermanas, La rosa púrpura de El Cairo) que fue la década del 80. Luego vino un lento declive, acentuado cuando Allen descubrió otro mundo y resolvió convertirse en un tardío huésped de Europa (Londres, Barcelona, París, Roma). Pero incluso en ese crepúsculo hubo algunos chispazos (Match Point, El sueño de Casandra) que sostuvieron el ánimo de sus incondicionales.

El riesgo mayor de esa mudanza transatlántica es el de Allen como observador neófito de la cultura europea, que lo deslumbra por fuera aunque la desconoce por dentro. Su visión de Italia se compone de un paseo turístico por plazas y monumentos romanos, pero eso por lo menos es inofensivo. Lo peor es que su retrato de los italianos parece una simpleza imperdonable en un hombre como él y se reduce a gente que grita, ropa colgada en los balcones y muchos paparazzi. Ese repertorio abarca desde refritos caricaturescos ya gastados por el uso, hasta el agravio cultural de proponer a un tenor que sólo canta bien bajo la ducha y traslada su baño al escenario operístico, donde se enjabona ante un público que lo aclama.

El saldo de A Roma con amor (que los viejos admiradores querrán ver de todas maneras) es la extinción de un manantial de ingenio que fue caudaloso y ahora se secó. Hasta el metraje forma parte de ese agotamiento, porque la película se alarga y se vuelve así machacona, además de desabrida y rudimentaria. Sería muy atinado que volviera a Nueva York y siguiera con su rutina de un título por año, pero en un medio que conoce y al que sabe tomarle el pelo. Lo que hizo en Roma es una Dolce vita para consumo de la mentalidad de norteamericanos de suburbio.

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