Un desierto que ruge Coachella

| Tres jornadas, más de 100 artistas y arriba de 50.000 asistentes por día en un campo de polo en medio del desierto californiano.

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AP

El Indio, California: Sebastian Auyanet

Es imposible recorrer el trayecto de 276 kilómetros que separan la línea de cruce Tijuana - San Ysidro de la ciudad de Indio, California, sin un importante abastecimiento de bebidas, sean éstas cervezas, refrescos o un buen té helado en lata. Menos aún si el viaje se realiza entre el mediodía y la tarde. Es que conforme el vehículo va devorando los kilómetros de la ruta 52, nos adentramos en la zona desértica del estado de California y el viento que se cuela por las ventanillas es cada vez más caliente y seco. Beaumont, Banning y Cabazon, los tres últimos pueblitos cuyas únicas torres pertenecen a lujosos hoteles con casino, dan paso a un extenso campo de molinos de energía eólica. Tras ellos, una larguísima fila de vehículos detiene el paso. Algunas matrículas son de California, pero también las hay de Nueva York, Nevada e incluso Maine. Los siguientes cinco kilómetros serán a paso de hombre, hasta llegar a las puertas del Empire Polo Field, un oasis de pasto en medio de tanta aridez. Hora de registrarse en el camping y unirse a otra extensa cola, esta vez de gente parada.

A las puertas de entrada del predio donde ya está transcurriendo el Coachella Valley Music and Arts Festival, dos empleados de seguridad se toman su tiempo para revisar minuciosamente los bolsos de mano que cada asistente lleva. Luego llega un cacheo y la posterior validación vía láser de la entrada (95 dólares por día, 285 el abono por las tres jornadas). "Enjoy the show", dice el último empleado, mientras a lo lejos un punteo de guitarra se antoja demasiado conocido. Su atracción es casi magnética.

Día 1 - desfile de frontmans

Lo primero que llama la atención del escenario principal de Coachella es la ausencia de telas oscuras que recubran las estructuras del stage. A diferencia de la mayoría de los escenarios que solemos ver por estos lados, aquí todo es al descubierto y las palmeras tras el predio son el mejor decorado. Allí, con el sol escondiéndose, tocan los Arctic Monkeys. Cuatro pibes vestidos como para salir a bailar que arman el primer descontrol arriba del escenario. Cuando la batería de Dancing shoes comenzó a sonar, más de uno se fue metiendo entre la gente (pidiendo permiso y sin empujones, ya que el pogo no es una costumbre por estos lados) y a bailar con los cuatro de Sheffield. Y la noche de frontmans comienza, porque arriba del escenario Alex Turner y sus Monkeys se ponen al público en un puño apenas con sus canciones, sin siquiera hablar demasiado y prácticamente estáticos. De alguna forma, la voz y la presencia de Turner no se condice con su edad o su tamaño. La sensación entre tema y tema es la misma que la que dan sus dos discos (el último, lanzado unas semanas atrás): no son una banda del montón, ni tampoco están de paso. "¿Un tema más? Ok, pero sólo uno, porque de otro modo no llegaremos a ver a Jarvis Cocker", dijo el cantante y comenzó el punteo de Mardy bum.

Primera lección: para estar en Coachella uno tiene que decidir y saber abstraerse de lo que sucede en otros escenarios. Por eso, mientras Rufus Wainwright, Faithless y Julieta Venegas hacían lo suyo en las carpas más alejadas, el destino de quien escribe estaba centrado en el primer acontecimiento histórico del festival. Allí, los hermanos Reid subieron al escenario y la supuestamente inviable reaparición de The Jesus and Mary Chain aconteció. El oscuro cantante Jim Reid y sus viejos compañeros presentaron un extenso y emotivo set que para más sorpresas contó con la presencia de Scarlett Johansson. La actriz hizo los coros de Just like Honey, canción que integra la banda sonora de la película Perdidos en Tokio.

Si un comienzo de festival con los Arctic Monkeys y TJMC puede ser soñado para muchos, lo mejor del día todavía no había llegado. Palabra. Eso sucedió cerca de las nueve menos veinte, después de un animado set de la canadiense Peaches, una divertida diabla ruda y electropop que rara vez se aparta de las temáticas sexuales en sus canciones.

Con un poquito de retraso debido a un órgano vintage que no quería arrancar, Jarvis Cocker, ex cantante de la banda Pulp, irrumpió sobre el escenario Outdoor con su estampa inconfundible. Una estirada y desgarbada figura enfundada en el clásico saco verde, vaqueros y camisa a cuadros. Fat children marcó un arranque más rockero de lo que se esperaba, pero rápidamente el hit de su reciente disco Jarvis comenzó a templar corazones. Los versos de Don´t let him waste your time hicieron que muchas caras agacharan la cabeza y miraran al suelo mientras la dulce y pegadiza melodía hacía el resto del trabajo. Bailoteos en el escenario, dramatizaciones en cada canción y una dosis de humor británico lo volvieron uno de los artistas más comentados de los tres días. La rugosidad de su voz en Baby is coming back to me y la irónica dulzura en la melodía de su Cunts are still running the world dejaron al público mecido y sedado. Al terminar la última canción, el efecto se asemejó a la ruptura de un encantamiento del que más de 10.000 personas estuvimos presos por una hora.

Era difícil volver a conectar luego de un show así, pero pronto uno aprende que en Coachella ningún tren te espera. Tal es así que después de Jarvis el menú se volvía más complicado: Interpol en el escenario principal y Sonic Youth en el Outdoor. Ubicarse a mitad de camino y entre ambos escenarios puede arrojar conclusiones no del todo exactas. De todas formas, Interpol sonó desganado y sin demasiada contundencia. En cambio Sonic Youth fue una locomotora de noise rock. Sobre el escenario, los bailoteos y el revoleo del pelo de Kim Gordon cerraban una clase magistral de indie rock en un festival marcado por la presencia de artistas de este género.

Pero faltaba la verdadera reina de la noche (con perdón de la señora Gordon). En ese momento, la mayor parte de los 50.000 asistentes de esa noche se volcaron al escenario principal. Allí, alguien trabajaba sobre un panel de vidrio que parecía una mesa de black jack. Su trabajo consistía en ubicar piezas sobre el panel (imanes) que comenzaban a generar destellos y efectos sonoros. Björk canta Hyperballad y un verdadero viaje de alegres y a la vez oscuros e inquietantes efectos sonoros se extiende por una hora y veinte minutos. El registro de voz de Björk -conmovedor hasta los huesos, futurista y oriental- genera un extraño magnetismo con los fanáticos de la música. Sin encontrar razones aparentes para tanta atracción (los fanatismos por lo general, no las tienen) quedaba disfrutar el fin del show. La islandesa cerró con Army of me y así llegó la hora de abandonar el predio y retornar al camping a recargar fuerzas.

Día 2 - Nunca llueve sobre mí

A las nueve de la mañana uno está en pie. El desierto no permite que el sueño se prolongue mucho más allá de esa hora. La pesadez levanta a la gente de las carpas, obliga a hacer la cola para las duchas y a buscar algo fresco para el desayuno. Allí, Fabienne, una chica francesa, se empecina en aprontarse rápido para estar en el predio bien temprano. Es su primer encuentro con Regina Spektor y quiere saber si mantiene en vivo el mismo registro que en sus discos. "Quiero ver si algo tan bueno salió del estudio o puede experimentarse en vivo. Si puede mantener ese nivel".

Y Regina no defraudó. Eran las cuatro de la tarde cuando apareció sobre el escenario principal, agigantado ante su solitaria presencia. Sin más acompañamiento que un teclado y una silla, arrancó con Samson e hizo olvidar el manto hirviente de calor que azotaba el predio. Con On the radio levantó a bailar a unos cuantos que se habían quedado de piernas cruzadas en el piso. Pese a que cerca de Regina los suecos de Mando Diao sonaban con bastante potencia, su voz seguía atrayendo más y más gente al escenario. El efecto fue similar al de la noche anterior con Jarvis. Los asistentes estuvimos en su mano, sujetos, hipnotizados, hechizados... hasta el momento en que se levantó y dijo "good afternoom, thank you", hizo una reverencia y se marchó. Antes, entre las dos y las tres de la tarde, The Fratellis se convertía en la sorpresa del festival. Ubicados en la imponente carpa Mojave, el trío de Glasgow arrancaba con Henrietta y desataba el frenético baile sobre el pasto del predio. Convertidos en una especie de Arctic Monkeys sin oscuridad y más dispuestos al ambiente festivo y las letras livianas, su propuesta prendió incluso en gente que no los conocía, como unas mexicanas que arrancaron fuera de la carpa y terminaron entre un contingente numeroso de ingleses ubicados bien cerca del escenario, que no paraban de cantar.

Siguiendo con lo acontecido en el "main stage", la tarde del sábado traía dos grandísimos toques: Travis y Kings of Leon. Si bien sus estilos son diferentes, la potencia fue el común denominador, tanto para las edulcoradas y sentidas melodías del guitarrista, vocalista y compositor de la banda escocesa, Francis Healy, como para los estallidos de rock indie con toque sureño de la banda de los Followill. Si en Travis el punto más alto (además de varias canciones del nuevo disco) fue la clásica Why does it always rain on me? que motivó la broma que da título a este capítulo de parte de un acalorado espectador, los gritos de Caleb Followill en canciones como Charmer o Party fueron los momentos salientes de los Kings. Canciones con menos "sonido retro" y más identidad propia, armada con furia, partes de hard rock y cosas de Creedence y Lynyrd Skynyrd.

Apenas daba para una breve escapada y un poco de funky disco con los !!! (Chikchikchiik) en la carpa Mojave, ya que iba llegando la hora de uno de los grandes números del festival. Mientras el sol caía sobre Indio, siete canadienses entre luces de neón e instrumentos de iglesia comenzaban una de las performances sísmicas de todo Coachella.

Y es que quien se haya sentido tocado por la música de Arcade Fire en formato CD, aún no sabe a lo que se enfrenta cuando llega a verlos en vivo. El cantante Win Butler es, al igual que Michael Stipe (de REM) y Thom Yorke (Radiohead), una de las pocas voces que conservan la virtud de poder hablar de las miserias humanas y la desazón sin caer en la demagogia o en la moda del nuevo rock melancólico. La puesta en escena, a cargo de Butler y los otros seis fanáticos multinstrumentistas, es perfecta y cada una de sus composiciones sumamente catártica. Cuando Wake Up suena en vivo y todas las voces se unen en una sola armonía con las del público, entendemos por qué U2 usó ese tema para abrir cada concierto de su última gira. El nudo en la garganta post Arcade Fire se desata con un par de electrotangos a cargo de Gotan Project en el escenario Outdoor (una performance bastante menos sentida y más artificial que la de Bajofondo Tango Club, por cierto) y una pasada por la carpa Sahara. Allí comienza un show de electrónica en formato rock a cargo de LCD Soundsystem, probablemente el artista electrónico más completo, ingenioso y con mejores discos que exista actualmente. Su versión en vivo y con banda de Daft Punk is playing in my house se mete dentro del cuerpo como un demonio y obliga al sacudón, así como también su nuevo éxito, North American Scum.

Mientras tanto, el show de los Red Hot Chili Peppers dejaba algo que desear, debido en gran parte a la desconcentración que el cantante Anthony Kiedis tuvo durante todo el concierto (cantaba mal algunas partes de canciones, entraba peor a los estribillos y alguna que otra pifia más). No obstante, Flea y John Frusciante salvaron la parada. Los puntos altos de ese show fueron Dani California (¿qué mejor que escuchar a los Peppers cantando ese tema y de locales?) y Under the bridge. Luego hubo que correr hacia el escenario Outdoor porque Damon Albarn, ex cantante de Blur, junto a Paul Simonon, ex bajista de The Clash, comenzaban a mostrar los temas de su nuevo proyecto. Es disfrutable ver a Albarn cumplirse el sueño: arma una banda con uno de sus ídolos y lo pone a su lado en un escenario, con el histórico bajo y de regreso a la música. Los GBQ son cuatro dandys, cuatro bon vivants de la música relajada y sencilla pero elaborada con exquisitez. Cuatro compinches que disfrutan de lo que hacen sobre el escenario. 80´s life es uno de los grandes temas de ese disco y la sensación al escucharla en vivo es indescriptible. Para el final, el DJ holandés Tiësto ya estaba cerrando su set en el escenario principal, metido dentro de un llamativo disco luminoso, similar al que puede verse en su DVD. Luego de disculparse por lo breve de su presentación (una hora y media), cerró con todo su paliza de electrónica. Un buen show que de todas formas no se acerca ni a los talones de Daft Punk.

Día 3 - ¿Qué mejor lugar?

"It has to start somewhere, It has to start sometime. What better place than here, what better time than now?", es lo que dice una parte de la canción Guerrilla Radio de Rage Against The Machine y también lo que cantaban muchísimos jóvenes que portaban remeras anti-Bush durante el ingreso a la jornada del domingo. El regreso de RATM se palpaba en el aire. Pero antes faltaban varias cosas.

A la una y media, Lupe Fiasco daba la bienvenida con sendos "you dig it?" (¿les está gustando?) a quienes quisieran escuchar las canciones de su primer y único disco. Con todo, su versión de Feel good Inc. de Gorillaz fue lo mejor de su set. De regreso a la carpa Mojave, otra banda con "The" (Kooks) se salía de su condición de "bandita-de-moda-inflada-por-revistas-anglosajonas" con un prolijo show de 50 minutos. Escuchar Seaside valió la extensa caminata y el regreso para observar a los distorsionados y ruidosos instrumentales de Explosions in The Sky y el reggae hiphopeado de The Roots, con cover incluido de Jungle Boogie (tema de Kool n´the Gang que integra la banda sonora de la película Pulp Fiction, obra maestra del director Quentin Tarantino).

En el Outdoor se venía un tres por uno: Kaiser Chiefs, Placebo y Air. Vayamos por orden: el show de los Kaiser Chiefs empezó y terminó con puntualidad inglesa, todos los temas sonaron divertidos y con muchísima potencia y, además, los de Leeds tienen en Ricky Wilson a uno de los mejores frontmans de todo el rock inglés actual. Un tipo dispuesto a disfrutar de todo el escenario (colgándose a las estructuras, por ejemplo) o de su público (arrojándose sobre ellos). Lo de Placebo fue un poco menos meritorio y quizá parejo en exceso, demasiado cronometrado y sin mucha gracia. Como una copia demasiado pulida de lo que suena en sus discos. Es justo decirlo: mucha gente esperaba por Air. Pero ese era el lugar que Coachella se reservó para el gran chasco de los tres días. Y no precisamente porque el concierto haya sonado mal, sino porque el equipo de Jean Benoit - Genet y Nicolás Dunckel estuvo cuarenta minutos armando, con lo cual el dúo y su banda sólo pudieron tocar por espacio de 35 minutos. Luego de la esperada Sexy Boy, que debido a más problemas con los equipos sonó bastante menos de lo que se esperaba, los dos franceses pidieron perdón y se fueron, ante la tristeza de algunos y el abucheo de otros (o de los mismos) que, encima, se habían perdido el show del legendario Willie Nelson. En la carpa Sahara, después de un rato al compás de las consolas de Paul Van Dyk, llegó otra reunión que mucha gente no se quiso perder: la de los Happy Mondays. Un rescate emotivo de la Madchester con una de las pocas bandas que quedan de la cantera del legendario nightclub The Hacienda, bastión de la New Wave británica en los años ochenta. Ah, y con Lily Allen y Cansei de Ser Sexy animando otros escenarios más otra reunión: Crowded House en el main stage. La sensación en ese momento es como la de ser fanático del chocolate y estar en la fábrica de Willy Wonka. No sabés por (ni para) dónde arrancar y cualquier decisión que tomes te hará lamentar lo que te perdiste. No hay vuelta.

Había que correr porque Manu Chao ya estaba en el escenario principal para compensar a sus compatriotas de Air. En un show que se antoja raro para un público estadounidense, Manu parece conquistar por exótico. Su concierto, como siempre lleno de fuerza, efectos y dogma, cautivó a todos los asistentes del escenario principal (a esa altura, unas 60.000 personas) por espacio de una hora y veinte minutos. Y ahora sí, mientras unas 50 personas se quedaban con los pobres Lemonheads en el Outdoor, llegaba el acontecimiento más esperado de los últimos meses. En el preciso momento en que la formación de Rage Against The Machine pisó las tablas del escenario principal, unas 70.000 personas estaban esperándolos. fue el único momento de los tres días en que el resto del predio quedó semivacío. Cuando Zack de La Rocha pegó el primer alarido, todos nos dimos cuenta de que habíamos venido a ver su regreso, más que el del resto de sus compañeros (que siguieron haciendo música con Audioslave). Ver a De La Rocha abrir con Testify unos siete años después, ya sin rastas y con afro, ratificó a Coachella como el lugar en el mundo para cualquier fanático de la música rock. ¿Qué pasó con la banda? Se transformó en una locomotora y voló las cabezas de más de un asistente con los hits que vendrían: Guerrilla Radio, Bulls on parade y Renegades of funk, entre muchísimos otros. "Bagdad se prende fuego... ¡la guerra está enseguida de que abren la puerta de sus casas!", fue una de las primeras alocuciones del cantante, mientras el guitarrista Tom Morello pisaba pedales de distorsión llevando una gorra de béisbol con la palabra "Unite" impresa. Pese a que hubo pocas miradas entre Zack, Morello, el baterista Brad Wilk y el bajista Tim Commerford, el regreso no parece fugaz. Quema de algunas banderas, arengas para terminar con la administración Bush, pedido de cárcel para "todos los presidentes estadounidenses", un llamativo despliegue policial (hubo rumores de que habría una revuelta luego del show), algunos mosh (pogos) aislados y el final.

Así, con Rage de regreso en el mapa del rock mundial, se terminó Coachella. Tres días de actualización musical y de artistas que un uruguayo sólo consigue por Internet. Tres días en que una cancha de polo en medio del desierto californiano se convirtió en la materialización del sueño de cualquier amante del rock.

Una estructura del primer mundo: Wi-fi, cargadores de energía, seguridad, luz y... ¡duchas gratis!

El camping de Coachella. Como todos los festivales, Coachella también tiene sus contras, al menos al decir de muchos asistentes estadounidenses que van a otros festivales reconocidos como Bonaroo y Loolapallozza. Pese a que reconocen que la grilla de Coachella es la mejor, señalan a los ingresos y egresos del predio como el problema más grande, especialmente si uno no se aloja en el camping oficial del festival y tiene que salir hacia otro o hacia alguno de los hoteles de la ciudad de Indio.

Aún así, el camping del festival lo tiene todo: estacionamiento especial cerca de la zona, un exhaustivo filtro de seguridad que garantiza el no ingreso de alcohol y objetos peligrosos, un sector para computadoras con impresoras y sistema Wi-Fi que habilita conexiones a Internet y un gran panel de tomas corriente para cargar cámaras de fotos, celulares o Ipods. Además, un televisor proyectaba el documental del festival, donde aparecen artistas que se presentaron años anteriores (Radiohead, Flaming Lips y Morrisey, entre otros).

Las áreas del camping están delimitadas una por una y, ni bien uno ingresa, se le asigna alguna ubicación por orden alfabético. En las cuatro esquinas del camping se despliegan unos treinta baños acompañados de unas piletas portátiles para higienizarse luego de su uso. Continuando con el área de servicios higiénicos, lo más sorprendente es ver a unos ocho camiones con trailer, similares a los que llevan mercadería, pero con duchas en su interior. Divididos a la mitad en sectores de hombres y mujeres, esas duchas gratuitas eran la salvación cuando el sol de la mañana pegaba fuerte sobre Coachella.

Asimismo, el camping contaba con un pequeño clubhouse en el cual había noches de karaoke desde el momento en que el festival terminaba hasta las cuatro de la madrugada. Durante toda la noche, por las callecitas del camping se veía circular parejas de empleados de seguridad contratados por la organización. En caso de accidentes, un helicóptero del Hospital de la ciudad de Palm Springs se encontraba cerca del predio y el camping por cualquier eventualidad.

Dentro del predio. Por si no quedó claro, el clima de Coachella es bastante duro. Más si uno pasa la mayor parte del día al rayo del sol. Para eso, la organización dispuso áreas similares a oasis de sombra y agua, los cuales estaban atendidos por gente que armaba guerrilas de agua con pistolas y ofrecían espacio para sentarse a bajar la insolación. En el área de primeros auxilios y asistencia, existían tres grande sectores, ubicados al costado de ambos escenarios y del sector de carpas. Además, los puestos de agua abundaban en todo el predio, aunque los precios eran bastante altos (5 dólares la botellita de agua y 6 la de Pepsi, Gatorade o té helado). Asimismo, quienes acercaran 10 botellas de agua al sector de reciclaje se llevaban una nueva botella llena como premio. En cuanto a las comidas, existían tres áreas bien delimitadas: la americana, la europea y la asiática, con propuestas acordes a cada sector, desde tacos hasta bifes con ensalada, pasando por pizza, pastas y teriyaki. Aproximadamente unos 25 locales por área cubrieron holgadamente la demanda. Pese a la variedad de precios, no se comía por menos de 8 dólares (unos 200 pesos).

Las 5 decepciones del festival

1 - Air. Duele escribirlo, porque el set de 35 minutos que dieron fue casi perfecto. Pero la versión a las apuradas y con desperfectos de Sexy Boy y la posterior despedida fueron un balde de agua fría, después de 40 minutos de espera. Las disculpas no fueron aceptadas.

2 - Interpol. Cuesta entender por qué a los norteamericanos le gusta tanto esta banda. Para un artista relativamente nuevo que toca en el escenario principal de Coachella, de noche, ese concierto debería ser todo. Pero a juzgar por las ganas que pusieron, parece que no.

3 - Red Hot Chili Peppers. Flea y Frusciante salvaron un concierto en el que Anthony Kiedis se olvidó buena parte de las letras de las canciones. Suficiente para perder, dado el nivel de otras bandas.

4 - Gotan Project. Al lado de Bajofondo, esto pareció un parque temático del tango.

5 - Placebo. Un concierto parejo pero sin picos altos. Mejor quedarse con los discos.

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