Tres fotógrafos de famosos, y uno que no quiere serlo, cuentan cómo es trabajar robándole fotos a las figuras mediáticas, estrellas de TV, música y cine que visitan el país.
Ninguna casa de los fotógrafos que conozco se parece a la de Ricardo Figueredo, curiosamente apodado “Chango”. Es un apartamento en la planta baja de un complejo de viviendas en Punta del Este, que da su espalda a las canchas de tenis del Cantegril Country Club. A las 14 horas de un miércoles de invierno se puede ver a varios socios en una práctica, pero el Chango es un veterano amable y con un movimiento de la mano da a entender que no le molestan los vecinos ruidosos.
En una pared junto a la puerta de entrada cuelgan más de 100 acreditaciones de prensa como si fueran diplomas. Aunque tiene una oficina con moquette, escritorio y sillones para recibir a sus clientes, la verdadera tarea ocurre un piso más abajo, en un sótano de paredes blancas y luz artificial demasiado fuerte. Parece un escondite acondicionado para trabajar durante jornadas extensas. Sobre unas estanterías hay cámaras de distintas épocas y decenas de cajas repletas de negativos. Un ropero sin puertas cubre el fondo de la habitación. Lo único que se ven son chalecos, como los que usan los fotógrafos y los cazadores. Hay más de 50, camuflados, de color beige, verde, caqui, marrón. La mayoría son regalos. Aunque ya no necesita bolsillos para llevar rollos, el Chango nunca saca una foto sin usar chaleco.
—Esta nota es una reliquia, dice.
—¿Por qué?
—Porque este oficio se acaba.
Esta vez la fotógrafa soy yo, y le pido a Sebastián, Marcelo, Pablo y al Chango que se acomoden en torno al escritorio. "La tecnología ha hecho que saques una buena foto con un teléfono mediano: el enemigo es cualquiera", continúa. Mi cámara es una Canon semi profesional pero está puesta en el modo automático y, por las dudas, uso el flash. "Los medios no te compran como antes porque viene el periodista y saca la foto o la roba de las redes sociales. El portal está matando a la revista, y cuando no exista la revista, ¿quién nos va a pagar por una foto?", agrega Sebastián mientras posa descontracturado.
Sebastián Umpiérrez (¡Hola!), Marcelo Rodríguez (Pronto) y Pablo Kreinghbul (Caras) son paparazzi. Viven y trabajan en Maldonado. Más que un trabajo, ser paparazzi implica una forma de vida. Chango (El País) dice "que odia el paparruchaje" pero es casi imposible ser fotógrafo en Punta del Este y esquivar a los famosos. Hace algunos años publicó una foto en la revista ¡Hola! de España: descubrió quién era la nueva novia de Felipe González. Una tapa como esa hace que cualquier paparazzo local se quite el sombrero.

Un tiempo atrás, los cazadores se vestían y actuaban como sus presas para aprender a pensar y comportarse como ellas. Ser paparazzo exige investigación, buena memoria, dinero y carisma. "A veces vienen periodistas que te dicen vamos a salir a buscar famosos, y yo les digo, ¿a dónde? El paparazzo sabe qué auto usa el famoso, qué matrícula tiene, qué le gusta hacer en cada época del año. Buscamos en internet todo lo que twittea, qué costumbres tiene, qué hace solo y con la familia, qué hotel prefiere, dónde le gusta comer. Tenés que aprender a pensar como él. El 50% de una foto robada se logra con el trabajo previo y el otro 50 es saber fotografiar bien, porque vos tenés segundos para que el personaje quede enfocado y mirando a cámara. Después le contás al periodista lo que viste para que arme el texto", explica Sebastián. "Un buen paparazzo tiene que reconocer al famoso en la calle, porque cara a cara no son como en las fotos de las revistas".
Un día normal en invierno empieza revisando los restaurantes y los hoteles más cotizados. Luego vigilan si la casa de Susana Giménez, Juana Viale o la de Marcelo Tinelli tienen una luz prendida, una persiana levantada o una cortina corrida; cualquier rastro que indique la presencia de la celebridad.
Los paparazzi son dueños de su equipo de trabajo, una inversión que ronda los 15 mil dólares en cámaras, una moto o auto siempre con vidrios negros. Un lente teleobjetivo que permite fotografiar a 100 metros de distancia cuesta entre 5.000 y 6.000 dólares, un tele medio casi 3.000. Cada vez que sale a la calle, Marcelo carga una mochila con tres cámaras, "si voy al supermercado y me cruzo a algún personaje y no tengo una cámara no soy un fotógrafo, no existo". Como casi todos los paparazzi, Marcelo se inició fotografiando a Susana Giménez. Habla de sus fotos como si fueran animales disecados en exposición.

El valor de una foto robada se calcula de acuerdo al personaje, los días de trabajo y la exclusividad. "El precio lo pone uno, hay figuras de elite y están los 4 de copas", explican. Habitualmente ganan de 200 dólares para arriba por cada trabajo. En verano la rutina es agotadora. Comienza el 15 de diciembre y se extiende hasta Semana de Turismo. En invierno la suerte llega los fines de semana, la que siempre salva el mes es Susana Giménez.
Es común que parejas o familiares delaten a sus seres queridos para tener unos segundos de fama, "y a muchos les gusta ser el que contó algo de un famoso". La fuente puede ser cualquiera. Les agradecen con bombones o regalos, nunca se intercambia dinero. Yo también les llevé chocolates pero no logré ni un ejemplo a cambio, los paparazzi saben guardar secretos, "pasa de salvarle la vida a algún novio y que después te tenga que devolver el favor", sugiere Marcelo con una sonrisa maliciosa.
Pablo dice que tiene a algunas celebridades como contactos en whatsapp: "a muchos les sirve avisarte dónde están porque ellos también viven de los medios". A veces la confianza es engañosa, en este oficio las presas pueden ser tan hábiles como sus cazadores y prometer una foto que nunca van a dar. "Vos antes de pedir una foto, por las dudas sacá un par", aconseja.
Por la forma en que agarran la cámara uno puede identificar qué tipo de paparazzo son. Chango elige una máquina vieja, "me rinde hacerme el viejito choto". Su estrategia es utilizar cámaras que parecen de aficionado. Me muestra una que luce similar a la mía con la diferencia de que la suya saca 10 fotos por segundo y el lente capta la misma distancia que un teleobjetivo. Sebastián se cuelga una cámara de cada hombro y se para sonriente y desgarbado. Susana le dice "Rulos" y pocas veces le niega una foto. Marcelo carga la cámara como un rifle, atravesando el pecho en diagonal y con el mentón un poco elevado. Es el único que usa una malla de camuflaje militar para ocultarse entre arbustos. Nacho Viale le tiró una piedra y lo invitó a pelear, Gael García Bernal lo llenó de insultos mexicanos, Vicentico le mostró el dedo del medio, Susana le pinchó las ruedas del auto. Suele disfrazarse de pescador para robar fotos en la playa: esconde la cámara en un balde. Su foto de Shakira sacándose la tanga de la cola recorrió el mundo, cuenta orgulloso: había pasado un día entero tirado en la azotea frente al balcón de su habitación en el Conrad esperando a la colombiana. No soporta que nadie le baje el lente, "es como si me agarraras del pelo".

Pablo coloca la cámara boca abajo en el escritorio, sobre el lente, y cruza los brazos apoyándose en ella. Es el que más contacto tiene con famosos uruguayos. Cuenta que una vez estuvo cinco días en la puerta de la casa de Paz Cardoso sin lograr una foto. "Nosotros no somos como los yankees que no tienen escrúpulos. No nos gusta maltratar por maltratar, no nos metemos en las casas, porque además lo que le gusta a la gente es ver lo que hace el famoso en la calle, cómo se viste, qué tipo de padre es..."
En verano, los paparazzi prefieren las motos. El límite para Marcelo es no superar los 140 km por hora, aunque Marcelo Tinelli justificó alcanzar los 190. Más que persecuciones lo que se hace es seguir al personaje. "Vos tenés la foto pero llamás a tu editor y lo primero que te pregunta es quién más la sacó, entonces te pide que lo sigas a ver qué hace", aclaran. Antes de ser paparazzo Marcelo fue carpintero, Chango trabajó en un banco, en una empresa de fotografía y en un frigorífico cumpliendo 14 horas de oficina. Sebastián es licenciado en administración de empresas y marcaba tarjeta en un negocio de alquiler de autos hasta que ingresó como reportero gráfico en La República.
El paparazzo, como el cazador, sabe que trabajar en equipo puede ser mejor para acorralar a la figura. También debe ser persistente. En esa lucha entre el esfuerzo físico, el cansancio y la tensión de la espera, está la emoción que los cautiva. Eso y el estar en la calle. Eso y no tener a un jefe sentado enfrente. La contrapartida son las caminatas de 10 km por las playas de José Ignacio cargando 15 kilos de equipos, las esperas en campos con víboras, las trepadas a árboles y las guardias de 8, 10 ó 12 horas, a veces sin comida ni agua, en el suelo de un auto con el programa de Petinatti sintonizado para distraerse escuchando los problemas de los otros. "Lo más lindo es cuando robás la foto y no se dan cuenta", aseguran saboreándolo.
Adrián Suar es buena onda, pero a Francis Mallmann el Chango lo odia. Al día siguiente de una producción de fotos para El País, el cocinero le aseguró que Ron Wood no estaba en su restaurante. "Te mienten", dice herido, "muchas veces es ir a cazar al zoológico", agrega en jerga paparazzi. Es que hay tres cosas que detestan estos fotógrafos: la promesa incumplida, el engaño y la falsa foto robada, algo que solía hacer Shakira para evitar el acoso. "Citó a todos un día en tal playa y salió a caminar con Antonito de la Rúa y el perro". Un medio destapó la maniobra e, irónicamente, la ética de los paparazzi fue cuestionada.

Otros enojos son generados por medios locales y extranjeros que advierten de información errada; la más popular últimamente tiene que ver con las vacaciones de Luis Suárez. Son recordados los mitos de una estadía fantasma de Angelina Jolie, Brad Pitt y Leonardo DiCaprio en Punta del Este, "es mentira porque nadie los vio", aseguran. También están los famosos que quieren comprar la foto para que no sea publicada: "no podés aceptar porque te pueden acusar de extorsión", señala Marcelo.
Pablo es el único que se arriesga a nombrar un famoso al que le gustaría retratar: Barack Obama. Haciendo memoria, Marcelo dice que tiene una foto junto a Julio Iglesias y otra con Alcides Ghiggia, Sebastián con Ezequiel Lavezzi, el Chango con el cantante de ópera José Carreras. A un buen paparazzo no le entusiasma fotografiarse con sus víctimas, "se creen seres sobrenaturales que están más allá del bien y del mal", dice a la ligera Sebastián, y suena como una mala excusa que podría definir con buena puntería tanto a estos cazadores como a sus platinadas presas.
En la casa del Chango suenan varios celulares: Juana Viale está en Montevideo a punto de estrenar una obra de teatro, hay que estar en tres horas en la puerta de la Sala Verdi "¿Chango querés ir vos?", pregunta Sebastián. "Ahora no salgo ni loco. Decile que después la hacemos acá", le responde. Marcelo piensa, "pero si salimos ya, llegamos". Siento que debo intervenir, "seguro que después de tantas funciones seguidas viene a descansar a José Ignacio, ¿no?", opino intentando aplicar la regla básica de esta cacería: anticiparse al otro. Ninguno responde. En invierno los paparazzi tienen tiempo y prefieren entregarse al cruel deleite del que sabe esperar.

La anécdota del pez perdido.
Marcelo llegó a la playa con su disfraz de pescador, pero había olvidado la plomada. Pidió en una gomería una tuerca para hacer peso con la tanza de la caña. "Escondí la cámara en un balde. De golpe el novio de Natalia Vodianova se me acerca y me dice que quiere ver qué pesqué, porque la tanza estaba de una forma rarísima. Cinché con toda mi fuerza hasta romperla, me agarré la cabeza y empecé a gritar ¡I lost my fish! ¡My fish!" Pudo publicar las fotos de la pareja con sus hijos sin ser descubierto.
Los peores.
Muchos famosos cambian de actitud de un verano a otro. Los más odiosos son Vicentico, Matías Martin, Alfredo Casero y Gael García Bernal.
CUATRO ESTILOS.
Marcelo Rodríguez, Pronto
Todavía le deben su primera foto: una que mostraba la camioneta destrozada en la que murió el casero de Susana Giménez. "Es habitual que no te paguen si te compra la foto un desconocido del exterior", por eso ahora piden el giro bancario antes de enviar el material. Al principio le costó agarrarle la mano al oficio: "los cinco primero encargos de Pronto no los pude hacer porque no sabía encontrar a los personajes".
Pablo Kreinghbul, Caras.
No le gusta "maltratar" a las figuras. Dice que nunca entraría a una casa sin permiso y que le pide a sus editores que tapen las caras de los niños que fotografía. No contesta los insultos y jamás pelearía por una foto. Trabaja para Caras en su edición de Uruguay, Argentina e incluso ha realizado notas para las de Brasil y Colombia. Dos veces por semana viaja a Montevideo por nuevas producciones.
Sebastián Umpiérrez, ¡Hola!
Estudió fotografía durante cinco años en Foto Club Uruguayo. Trabajó para La diaria y es reportero gráfico de La República. Tenía prejuicios con el trabajo de paparazzi, ahora reconoce que le divierte. Su primera foto para ¡Hola! fue a Jennifer López, cuando visitó Uruguay buscando talentos para un programa de TV. Como sus colegas, disfruta también del trabajo para agencias de noticias del exterior, cubriendo, entre otras noticias, partidos de fútbol. Colecciona todo tipo de cámaras.
Ricardo "Chango" Figueredo, El País.
No le gusta trabajar con famosos. Prefiere el fotoperiodismo, como la cobertura de varios días que realizó hace pocos meses cuando explotó un avión argentino en la Laguna del Sauce. Cree que las revistas van a ser un artículo de lujo si los portales siguen desplazándolas.

fotos robadas Mariángel Solomita