Por: Ximena Aleman
Todavía no bailan. Es la penúltima función de El lago de los cines. En el laberinto que es el Auditorio Adela Reta las vestuaristas y maquilladoras cazan cisnes a medio terminar, una especie salida de la mitología griega: mujeres con plumas y alas. Lejos del Olimpo, las criaturas corren de camerino en camerino. Un corredor ancho de paredes oscuras y luces de alto voltaje es el escenario de este otro espectáculo: los preparativos.
Acto I: Metamorfosis. Dos horas antes de que empiece la función, son chicos y chicas de vaquero y pantalones deportivos con figuras atléticas y mochilas. Pero cuando se hacen el moño, comienza la metamorfosis. Entonces el pelo hace el movimiento que sus cuerpos todavía no hicieron, pero que harán horas más tarde en las tablas del escenario retando las leyes de la física y de lo verosímil: disciplinadamente el cabello se estira, se alisa, se contornea y se enrosca. Los metros de cabellera forman un puño compacto que, sea cual sea su largo, termina ocupando unos pocos centímetros cuadrados detrás de la nuca, desafiando en ese espacio los estatutos que le impone la naturaleza.
Mallas de lycra, calzas y calentadores de colores: 45 minutos de clase de gimnasia antes del espectáculo es lo que requieren los músculos para estar en condiciones. El cuerpo de baile, enfrentado a las barras, calienta. Después, en tandas, llegan a uno de los siete camerinos. Estos se adjudican según el protagonismo en la obra. Así, Odette - Odile, la princesa, interpretada por la primera bailarina del Ballet tiene su camerino particular, al igual que Sigfrido, el príncipe, interpretado por el primer bailarín. Los que tienen papeles secundarios, hacen solos, o pas de deux, como se le dicen a las piezas en pareja, comparten otro y finalmente el resto de los bailarines tiene otro camerino. Los roles rotan: cada bailarín pasa por varios papeles y varios camerinos.
Ahora estos cuartos bien iluminados, con espejos grandes, sillones y café están ordenados, los vestidos en perchas, los toutous apilados, pero la función como un remolino deja bolsos, championes y buzos en el piso, silicona para las zapatillas, y el olor penetrante de las cremas desinflamantes que las bailarinas se untan en las piernas para resistir la función.
Al final del corredor seis maquilladoras aglutinan bailarines frente a los espejos del último camerino. Allí se comparten las compras de maquillaje al por mayor y el fijador en botellas de a litro. Las bailarinas intentan cerrar los catorce broches de metal que tienen esos pequeñísimos vestidos blancos traídos del Teatro Colón; las vestuaristas, hilo y aguja en mano, hacen los últimos ajustes y luego se paran a los costados del escenario para solucionar con el zurcido ágil los imprevistos de la noche.
Acto II: Mentira. Son cisnes: las manos de dedos largos y movimientos redondeados dibujan alas, el toutou, diez metros de tul blanco, cimbra y son plumas que tiemblan; entonces toman impulso y vuelan.
Pero el ballet es un arte hecho de engaños y el público ve en las bailarinas cisnes como Sigfrido encantado por el brujo ve en Odette a Odile. Cuando se abre el telón todo es sutil e incorpóreo, pero nada es como parece. Se ven las olas del lago, y no los ventiladores que con cintas de papel proyectan su sombra y el movimiento en la pantalla. Se ve el castillo y el lago y no el monolito mecánico que gobierna la escenografía. Se escucha la orquesta, pero no se nota como los bailarines apuran los pasos cuando los músicos van acelerados. Se ve el raso blanco o rosado de las zapatillas, no el yeso y la arpillera, tampoco las medias arrolladas en las punteras. Se ven giros, saltos, o estatuas que posan inmóviles, no se ve el cosquilleo de las manos que se duermen, el dolor de las rodillas forzadas y torcidas, ni la fatiga de los músculos.
Es cierto. Ellas parecen etéreas. Aunque les duele, sonríen. Aunque están agitadas, siguen saltando; esbozan una sonrisa y otro giro. "Es todo lastimable", dice Sofía Zabalos. El roce de la zapatilla genera llagas, las llagas se vuelven ampollas que crecen, que se hinchan, que explotan. Devienen piel endurecida, áspera, que rodea los dedos, los talones, el empeine: callos. Si tienen suerte. Sino el callo es interior y se llama ojo de gallo, un clavo interno que martilla la uña y que con la zapatilla puesta es una tortura.
Para ellas esto no es un problema. Es la consecuencia de una profesión donde todo es estético. Las puntas son fundamentales y la flexibilidad del empeine es una de las pocas condiciones naturales que un bailarín debe si o si tener "porque es el terminar de todas las líneas y el bailarín tiene que formar líneas porque sino no es estético". Las puntas hacen del cisne una animal más largo y estilizado y son la causa de que en las jóvenes el ballet sea una profesión temprana. A la Escuela Nacional de Danza las niñas ingresan con ocho o nueve años porque fortalecer los músculos de los pies y las piernas requiere tiempo. A la edad en que otras chicas eligen el bachillerato ellas ya son egresadas, y a veces, si tienen suerte, con trabajo en el Ballet Nacional.
Acto III: Los sacrificios. La estética requiere sacrificio. Si el dolor por las puntas amedranta a algunas niñas, las bromas amedrantan a los niños. Pocos bailarines ingresan a la Escuela Nacional de Danza, a pesar de que el único examen para ellos es de condiciones físicas y de que tienen un curso intensivo de cuatro años; menos aún se gradúan. El caso de la familia Arias es excepcional. Sebastián Arias es uno de los primeros bailarines del Ballet del Sodre, al igual que su hermano, Ismael. En su familia son siete hermanos. Los cinco varones son bailarines, y la hermana menor practica natación y boxeo.
La estética requiere sacrificio. Trasladarse es uno de ellos. En la última audición del Ballet del Sodre ingresaron 35 bailarines nuevos a un cuerpo de 60 bailarines activos. Algunos son repatriados, otros de Argentina, de Venezuela, de Brasil y de Paraguay. Algunos extrañan.
-La terraza tiene un vista preciosa. Se puede ver todo- comenta una bailarina sobre el séptimo piso del edificio del Sodre.
-Sí, se puede ver Paraguay, se puede ver mi casa, se puede ver mi patio y mi loro.
Las incorporaciones firmaron contratos por siete meses. Desde que entró Julio Bocca todos los bailarines trabajan siete horas diarias, frente a las cinco anteriores, y en lugar de tener media hora para el almuerzo tienen 15 minutos. Porque la estética requiere sacrificio ellos no se quejan. Para este ballet practicaron de lunes a viernes durante dos meses. Las horas de ensayo se traducen en probabilidad a favor: cuanto más se ensaya un gesto más perfecto es.
"Es necesario naturalizar los movimientos, hacerlos automáticos, así uno no se pone nervioso y no está pendiente de lo que está haciendo. Si pensás, fallás. Los ensayos son necesarios para archivar la información de los movimientos", dice Pablo Aguiar que desde hace 14 años integra el cuerpo de baile. "Es necesario tener disciplina para las clases de gimnasia", dice Vanessa Fleitas. Las prácticas arreglan cualquier inconveniente físico e incluso el sobrepeso, porque "todos tenemos algún defecto".
A cambio de eso ello, esperan aplausos. Por eso su oído es un detector infalible de públicos. "El público está medio desubicado hoy, no aplaudió nada. Hice un saludo y me fui. No me iba a quedar sin aplausos. ¿Es a beneficio de algo? Es gente que no tiene ni idea. Ni sabe", comenta un cisne al salir del segundo acto. En efecto, la función había sido comprada para un evento empresarial.
Acto IV: Fin del hechizo. "¡Me faltan tres yardas y me estoy poniendo nerviosa! ¡Cuidado los que toman café!". grita una vestuarista. Los cisnes se convierten ahora en princesas, y la inspectora del Ballet revisa los camerinos para que estén vacíos. Controla que todos lleguen en hora al último acto.
La función no termina, pero algunos de los bailarines que ya no danzan se van. Tras los cortinados negros otros esperan a los veinte bailarines que todavía están en escena. Las maquilladoras a un lado del corredor toman mate y comen bizcochos. Una bailarina que hoy no bailó aprovecha el espacio del corredor para practicar los pasos frente al reflejo de una ventana; es un cisne sin lago.
La función termina. Rossina Gil, la princesa Odette de esta noche, se va con un ramo de flores, ahora en el escenario otros son los protagonistas: seis jóvenes recogen la pantalla y los restos de la utilería. Por unos pocos minutos el bullicio vuelve a poblar el corredor. "¿Dónde está la malla de Ismael?" El pregón de una vestuarista recorre el pasillo. Ellas seis son las últimas en irse.; el eco de sus risas las persigue. Atrás quedan, vacíos y en silencio, los lustrosos pisos del Auditorio, esperando próximas funciones.