Sobre mitad de la tarde las boleterías del Teatro Solís colgaron el cartel de "Agotadas". Ese mensaje que chocaba incansablemente contra las intenciones de aquellos que llegaban para ver el show sobre la hora, fue fiel reflejo del momento actual de Fernando Cabrera. El cantautor atraviesa hoy su período de mayor popularidad. El reconocimiento de sus colegas (Jorge Drexler, Kevin Johansen) y su ingreso en el mercado argentino -incluye la edición por primera vez de un disco suyo, toques en Buenos Aires y el interior de la vecina orilla y una crítica especializada que se derrite en halagos por él- son factores que ayudaron a que el público uruguayo hiciera una re-valorización de la figura de Cabrera. Quizás por esta razón se haya visto en la platea y los palcos del Solís una franja etaria tan extensa: estaban los fanáticos de Montresvideo y los jovencitos que esperaban ansiosos ese viaje casi iniciático por el mundo del cantante y compositor.
Cabrera llegó para presentar "El tiempo está después", una antología que reúne parte de su segundo, tercer y cuarto disco solista. Así fue que abrió el show con "Iluminada", primer tema del álbum que puso muy rápidamente en evidencia el ajustado entendimiento entre todos los "condimentos" instrumentales incluídos en escena (guitarra, bajo, percusión, piano y batería). Fiel a su estilo, Cabrera fue escueto en las palabras con su público pero enorme en la emoción que sumó su voz en cada estrofa. No necesitó de grandes discursos para entregarse a una intensa comunión con su audiencia, sino que desplegó todo su talento interpretativo y compositivo para contagiar una inmensa dulzura en una versión de "Príncipe Azul" (Eduardo Mateo) o alimentar la diversión y la sonrisa con "La batalla del siglo".
El Solís jugó como aliado durante toda la noche, pero principalmente en los momentos que Cabrera quedó solo con su guitarra. Una tenue iluminación y el silencio absoluto de la platea sentenció un clima de solemnidad que elevó la magia generada en esos momentos de tranquilidad. El músico se mimetizó con el ambiente y realizó una deliciosa interpretación de "El tiempo está después", logrando el doble juego de transmitir la sencillez absoluta de un momento único e irrepetible, un momento que siempre es reservado para los elegidos.
La seguridad, el equilibrio y la firmeza que demostró Cabrera frente su gente durante toda la noche estuvo solventada en el apoyo de una banda sin fisuras. El diálogo permanente que mantuvieron Ricardo Gómez en la percusión y Gustavo Echenique en la batería se fue potenciando con el pasaje de los minutos hasta tomar un vuelo tan incierto como atrapante; el bajo de Federico Righi fue un motor a tracción que muchas veces tomó funciones de eje para habilitar el despliegue instrumental de sus compañeros; mientras que las manos de Mariana Ingold se deslizaron por el piano para aportar sutiles toques de calidez y dulzura. Dentro de la serenidad por la cual atravesó buena parte del recital el momento de quiebre lo dio Roy Berocay. El músico y escritor cantó a dúo "Tangente" y "Autoblues", despuntando con energía su clásica faceta rockera y despertando en Cabrera los recuerdos que lo ligan a este género, principalmente al rock post-dictadura.
La insistencia absoluta del público hizo que el músico tuviera que despacharse con tres rondas de bises hasta que finalmente decidió terminar como empezó, con "Iluminada". Como siempre, Cabrera se despidió con perfil bajo y señal de agradecimiento. Su público ovacionó y consagró en el Solís la perseverancia de un estilo y una personalidad que siempre fue fiel a sus principios artísticos, con entradas agotadas o no.
Gerardo Minutti
Tango que me hiciste bien. "Esto está re salado", dice Francis Andreu mientras observa con ojos bien abiertos la Sala Zitarrosa completamente abarrotada de gente. Sonríe y saluda a algún amigo o familiar que encuentra en la platea. Medio minuto después arremete con emoción contra ese mismo público, lanzando desde su voz grave y carrasposa una interpretación conmovedora de "Anclado en París". Ambas Francis conviven en la cantante de tango más prometedora de Uruguay: la joven-adolescente de 19 años que se comunica con soltura y simpatía con su audiencia y la mujer de 19 años que seduce manteniendo los mejores colores del espíritu arrabalero pero sin caer en lugares comunes. En escena esa doble condición se fusiona en una sola personalidad, fuerte e intensa, capaz de contagiar y conquistar a jóvenes y veteranos por igual.
El valor histórico y actual de la Sala Zitarrosa no significó una traba en la presentación de Francis, por el contrario, sumó energía y motivó aún más a la interprete. La recorrida por clásicos del tango como "Garufa" o "Como dos extraños" derivó en algunos momentos de compenetración absoluta con la propuesta, donde la cantante pareció ser poseída por un demonio arrabalero que la llevó sin miedos a los bares más "picantes" del Río de la Plata. Esa "polenta" asombrosa en la interpretación fue potenciada por el diálogo de guitarras criollas que mantuvieron a sus espaldas Ney Peraza y Nicolás Ibarburu, dos músicos capaces de ser pilares dentro de la propuesta de Jaime Roos pero también de estar al servicio de una marcada renovación en el 2 X 4.
Dentro de una lista de invitados que incluyó a Alberto Magnone, Andrés Ibarburu y su hermano Bruno, se destacó el duelo que Francis mantuvo con Sebastián Teysera y una comunión muy especial con el coro Los Mareados. El vocalista de La Vela Puerca no abandonó su clásica boina ni tampoco su tono de voz para interpretar "Siga el corso", logrando un juego de seducción muy divertido y atractivo por el hecho de escuchar dos voces con personalidades muy diferentes pero ensambladas en un mismo fin. Las siete voces de Los Mareados entonando "Chorra" y mirando con ojos acusadores a Francis también obligó a la ovación por la conexión demostrada entre ambas partes.
Para muchos habrá sido una sorpresa, para otros una grata confirmación. Para todos, Francis representa la tranquilidad de saber que existe una voz femenina capaz de traer aires nuevos para el tango uruguayo. Contrariando al título del primer disco de Los Estómagos, Francis podría cantar sin problemas "Tango que me hiciste bien".
Gerardo Minutti
Sólo para niñas. Desde Menudo y Los Parchis hasta Bandana y Chiquititas la fórmula se va repitiendo año tras año. Los niños son un público fértil que consume y se fascina hasta el cansancio con un producto diseñado a la perfección para conquistarlos. Floricienta y su banda (Sony Music) es sólo una porción de ese producto que viene a completar una estrategia de marketing muy bien pensada. Todo parte de un programa de televisión y desde allí surgen como hongos los productos laterales: obra de teatro, coreografías, mochilas, ropa, championes, vasos, álbumes de figuritas perfumadas...
Este mundo de Floricienta, repleto de flores, pajaritos, colores fuertes, caritas simpáticas, sonrisas divertidas, voces dulces y melodías pegadizas, calza a medida en las fantasías de las niñas (Floricienta es cosa de mujeres) que encuentran en las letras y la música romántica los sueños infantiles del amor eterno, puro y verdadero. Aunque no todas las letras hablan de amor. La muerte también ronda el disco en un tema que habla de los niños que pierden la vida. La muerte es parte de la vida, pero no de la de los pequeños que deben entender que no son inmortales. El efecto puede ser contraproducente.
Con el sello de Cris Morena (garantía de éxito) el álbum despliega una fusión de ritmos ultra conocidos y lugares comunes. El CD contiene la banda de sonido de la telenovela intercalando temas rápidos y lentos en la voz de Florencia Bertotti, la protagonista de esta historia. Desde el inicio, todo estuvo pensado hasta el último detalle. El grupo musical formó parte de la tira desde el primer capítulo con su pegadizo "No tengo nada/ y tengo tengo todo/ soy rico en sueños/ y pobre pobre en oro".
Gran parte del equipo técnico que le pone sonido a Erreway (Benjamín Rojas, uno de los cuatro Erreway, participa en el CD) es el responsables de este éxito que incluye: "Pobre los ricos", "Chaval Chulito", "Ven a mí", "Tic-tac", "Los niños no mueren", "Kikiriki", y más.