La Confederación Sudamericana de Fútbol ha seguido la moda uruguaya. En la línea trazada por el Zurdo Bessio y Jaime Roos, ahora los himnos los cantan intérpretes populares.
Por: Elbio Rodríguez Barilari
El haber escuchado al horrendo grupo boliviano Azul Azul destrozando su himno nacional en la apertura de la Copa América, o a Soledad Pastorutti degradando el himno argentino a la categoría de melódico internacional, ha sido una experiencia aleccionante. Aleccionante para los que se quejaban de aquella versión, hermosa, profunda, respetuosa, que el Zurdo Bessio hizo del nuestro en la tradición murguística.
¡Qué diferencia! Qué diferencia cuando hay una tradición popular honda, una tradición que tiene sus reglas y sus refinamientos y que se sigue con respeto y con integridad creativa al mismo tiempo. Qué diferencia cuando hay un músico como Jaime Roos atrás, y más atrás aún, generaciones de músicos encarando la murga como un arte serio, tanto cuando hace llorar, como cuando hace reír.
Los de Azul Azul son carniceros del pentagrama, para parafrasear el nombre de aquel glorioso grupo nacional. La mayor influencia musical que se detecta en Azul Azul es nada menos que La Macarena. Ir más abajo en la escala zoológica musical es difícil. Son representantes del tinellismo musical que se come el pop de América del Sur como un cáncer insaciable.
Si algún snob me sale a discutir que representan esto y lo otro, o que les doy con un caño porque representan la música de los humildes y de los inmigrantes bolivianos en Buenos Aires, tengo la respuesta. Uno: son la industria y la tele, con Tinelli a la cabeza, los que condenan a los humildes a esas humillaciones musicales. Dos: a esa persona le voy a proponer que se meta en un taxi con la música de Azul Azul al mango, a ver cuánto tiempo aguanta. Y a ver si cuando se baje sigue pensando lo mismo.
El himno de Bolivia es de estilo ópera, como todos los de América Latina. Era lo que estaba de moda para himno en el siglo XIX. Dice cosas como: "Loor eterno a los bravos guerreros, cuyo heroico valor y firmeza conquistaron las glorias que empieza hoy Bolivia feliz a gozar".
La misma línea, heroica y belicosa, sigue el himno argentino. Y la misma línea siguen, por ejemplo, el himno uruguayo y el paraguayo, cuyas letras las escribió LA MISMA PERSONA.
Francisco Acuña de Figueroa, antiartiguista y colaboracionista de los portugueses, con los que se exilió en Río de Janeiro, al final resultó tan amante de la independencia que su entusiasmo sublime le dio para escribir DOS himnos patrios.
Los de Azul Azul convirtieron lo que debía ser un vibrante himno boliviano en una letanía de sonido eléctrico gangoso y epidérmico.
Por su parte, en el país de Mercedes Sosa y de Susana Rinaldi, van y ponen a cantar el himno a Soledad Pastorutti. Una intérprete de folclore pasteurizado que lo canta como si fuera el viejo melódico internacional.
Y el resultado estuvo a la altura. Una interpretación estiradísima, chiclosa, que nadie podía seguir y que cambiaba la melodía con adornos de mal gusto. La cara de sufrimiento del Apache Tevez tratando de cantar el himno a pesar de todo, fue una corroboración feraz del disparate que se estaba viviendo.
El que inventó esta tradición de cantar los himnos como si fueran canciones populares fue José Feliciano, con una muy intensa y respetuosa versión del himno de Estados Unidos. Y ardió Troya, se lo querían comer. Y encima era latino. Después vino Jimi Hendrix, con su famosa versión eléctrica en el Festival de Woodstock. Hoy es un hecho normal, y hasta trivial.
Yo fui de los que apoyé la versión del Zurdo Bessio y Jaime Roos. Ahora, al ver la masacre que hicieron esta argentina y estos bolivianos con sus respectivos himnos, más me reafirmo y valoro aquella encarnación en murga del nuestro.
Y tiranos temblad, lairará, lairará.
barilarius@yahoo.com