El actor minucioso y observador; el director paciente y guía

| Crea cada personaje de cero. Entra como si fuera una página en blanco, se nutre y saca piques a través de la constante observación de quienes lo rodean.

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MARIEL VARELA

Fotos: Gustavo Castagnello, Comedia Nacional

Hizo escuela en el Teatro Circular, después fue docente y más tarde dirigió su primera obra. Hoy integra el elenco de la Comedia Nacional.

Debutó en el escenario a los 9 años. Vivía frente al teatro El Galpón y pasaba horas espiando los ensayos. Interpretó a un duende en Sueño de una noche de verano junto a otros tres gurises del barrio. "Fue la primera vez que me sentaron, me pintaron la cara y me maquillaron. Me acuerdo que tenía mucho negro y verde. Y estaba con ese orgullo de `estoy maquillado`, no era yo, ya me funcionaba eso de ser otro", evoca Jorge Bolani. Cada estreno es como parir un hijo. "Cuando llegás al final del proceso y entra el público por vez primera estás dando a luz a un ser que no sos vos pero también sos vos".

Aún conserva un dejo de ese joven al que le costaba dejar el personaje en la puerta antes de entrar a su casa. "Empiezo a ensayar una obra y el libreto no me abandona más, voy a todos los lugares con él porque es mi sustento". Se pone en la piel de quien le toca interpretar e intenta entender su esencia así sea un asesino. Santomé, protagonista de La tregua (Mario Benedetti), dejó una huella imborrable y se animaría a hacerlo de vuelta: "Es uno de esos que repetiría". Y larga una anécdota: "Cuando la hicimos en el Circular en 1996 Benedetti vino al estreno, estaba ahí en la platea. Unos nervios pasamos pero nervios a favor porque decíamos, `vamo arriba que tenemos ahí al autor`".

Bolani haría su reciente papel de Meyerhold todas las noches. Y si bien no llegó para suplantar a Santomé, es otro de los que logra "sacudirme el corazón". Variaciones Meyerhold (Pavlovksy) se exhibió en el Galpón hasta la semana pasada y es probable que vuelva a la cartelera en el último trimestre del año. "Es una experiencia que cualquier actor tomaría con el corazón porque es el sueño que tenemos los actores de poder transitar por todas las gamas psicológicas y emocionales en un solo personaje".

Manuel, el veterano de 80 años que interpreta en El Tobogán (Jacobo Langsner), le llegó de casualidad. La Comedia Nacional lo tenía previsto para otro proyecto pero se jubiló un actor, lo colocaron ahí y debió ponerse a tiro con el resto del elenco. "Entré como una tuerca dentro de un engranaje que ya estaba funcionando. Eso me complicó un poco la vida al principio pero ahora es un placer hacerlo", cuenta a propósito de esta obra que está en la cartelera de la Zavala Muniz.

Manuel y Meyerhold "conviven separados pero también juntos porque los actores tenemos un disco duro donde vamos acumulando experiencias de los personajes que tienen mucho que ver con nuestra propia estructura, uno aporta características propias al servicio de los personajes".

Tácticas. Cultiva la capacidad de observación desde que se sube al ómnibus o camina por la calle porque considera que es una tarea básica del actor. "Uno además de estar viviendo está absorbiendo". Toma prestado el comportamiento, los gestos y las formas de hablar de los demás y lo aplica al rol que le toque interpretar.

Para el personaje de Manuel fabricó una "personalidad de señor grande que todavía está bastante fuerte y dice lo que se le canta en cualquier momento". La comicidad venía implícita en el texto pero él le imprimió su sello. "Cuando estás trabajando no estás pensando en hacer reír, la situación te lleva a eso. Los que me conocen de toda mi vida teatral dicen que tengo bastante facilidad para el humor. Una vez entré a un teatro y en la cartelera de actividades vi un aviso que me llamó la atención, decía `taller de humor`. Por supuesto que no llamé a ese teléfono porque no lo concibo, me parece muy difícil que alguien me pueda transmitir a mí cómo ser cómico, eso es congénito y el actor lo construye con experiencia y oficio".

Un guión lo seduce cuando "cumple con esa cosa tan difícil de hacerte pensar, que te conmuevas y te diviertas. Esa es la combinación perfecta". El Tobogán lo atrapó por el texto de Langsner. "Te sentís muy cómodo al estudiar los diálogos, maneja la coloquialidad con profundidad, es como si estuvieras en el comedor de tu casa. Los personajes dialogan tan naturalmente que decís, `esto es facilísimo`. Los grandes autores son los que pueden llegar a establecer un diálogo entre dos personajes y que vos digas, `ah pero esto es como la vida`".

Parte de cero en cada proceso de creación. "Uno entra como si fuera una página en blanco a nutrirse de información: qué cuenta, qué quiere, qué hace, qué sueña, nos hacemos un montón de preguntas. Uno es como una arcilla que empieza a moldearse dentro de los requerimientos del texto y el director. Finalmente el actor tiene una autonomía que lo hace pasar todo a través del filtro personal. Dónde empieza el personaje y dónde el actor: es una experiencia única la del actor. El violinista es él y el violín. El actor es su propio violín, es el instrumento y quien tiene que pulsarlo".

Guía. En el Teatro Circular fue primero alumno y después enseñó. Abandonó la docencia por falta de tiempo: "No me gusta lucrar con la gente". El Circular fue su escuela durante más de 30 años y allí hizo su primera experiencia como director teatral (Tape, 2009). Si bien es un "viaje maravilloso" estar del otro lado, no deja de reconocer que es una tarea compleja: "Tenés un elenco donde cada uno va procesando en diferentes tiempos. Hay una zona de espera que es fundamental. Tenés que bancártela al máximo porque la libertad es importantísima. Yo hablo de guía en vez de director impartiendo órdenes porque intento que el actor descubra lo que va trabajando, lo que le vas proponiendo".

En agosto se va de gira por el interior del país en su rol de director con Doña Ramona y en setiembre vuelve a a Montevideo en la Sala Verdi. Bolani integró el elenco de esta obra hace tres décadas y ahora está del otro lado. "Es toda una aventura porque va a haber que adaptarse a distintos espacios. Y después esa cosa maravillosa de poder ir por distintos departamentos porque es público que está muy ávido de teatro".

-¿Qué tal convive tu rol de director cuando te toca actuar?

-Yo trato de ser 100% actor. En algún momento del proceso ocurre que tu cabecita te dice, `esto lo haría así`. A veces hay espacio para la sugerencia pero no como director sino como compañero.

-¿Y cuando pasa al revés?, ¿te cuesta cambiar de lugar y no actuar?

-Hay una tentación a veces a bajar al escenario y explicar al actor cuál es tu visión pero en lo posible tenés que descartarlo.

1999. Aquel "gurí travieso" que hacía de duende conocía de memoria los recovecos del teatro. Un día se metió en un túnel que desembocaba en una puerta que salía a la calle. "Crucé a mi casa para darles la sorpresa. Aparecí todo pinturrajeado, era el impacto que aquello podía darle a mis viejos. No me acuerdo qué me dijeron pero así como llegué tuve que volver porque estaba por empezar el ensayo". Necesita esforzarse para hacer rewind en su memoria y rescatar esa anécdota, no así cuando se le pregunta por el primer pensamiento que le viene a la cabeza antes de salir al escenario: "¿Por qué me habré dedicado a esto? ¿Por qué pasar estos nervios? Dura unos instantes, cuando se prenden las luces, se levanta el telón o se abren las cortinas, ya está, entramos en el mundo del juego, la magia del teatro". Y si la función termina con un aplauso entusiasta, con ganas, se convierte en un "momento imborrable, uno de los placeres más grandes que puede haber".

El `99 fue un año "bisagra y duro". Dejó el trabajo de oficina en pos de un contrato con la Comedia Nacional que por dificultades administrativas no se concretó. Ese tiempo lo recuerda perfecto. Sin trabajo y sin contrato, "quedé parado arriba de un pretil. Dije, `hay una familia atrás, tengo que salir adelante`". Por suerte contaba con trayectoria en el teatro, lo tenían visto en el mundo de la publicidad y "empecé a tener el día entero para decir que sí a todo lo que se me puso por delante. Fue un año durísimo pero empezaron a pintar un montón de cosas relativas a disciplinas artísticas y me lancé con toda la energía".

La suerte se asomó allá por 2003. Aparecieron Stoll y Rebella, Whisky y el primer protagónico en cine.

-El primer recuerdo que te viene a la cabeza si te menciono la película Whisky...

-Qué frío pasamos pero qué felices que fuimos. La hicimos en pleno invierno y estuvimos uno de los dos meses rodando en Piriápolis. Qué armonía en todo el equipo de trabajo. Cada uno en su lugar entregó lo mejor de sí y vivimos una experiencia con una película realmente grande, no tengo empacho en decir que es un gran guión. No sabíamos qué iba a pasar porque el público es quien te valida el trabajo. No pensábamos que iba a tener la repercusión que tuvo. Sigo encontrándome con gente que me llama y me dice, `vivo en Europa Oriental y acabo de ver la película en televisión`.

El segundo "sacudón gratificante" sucedió en 2004. Llegó la recompensa cuando "tuve el privilegio de ser llamado" para integrar el elenco de la Comedia Nacional. Es un agradecido porque puede decir que es "uno de los pocos privilegiados de este país que cumple con su vocación, su pasión y es remunerado por eso". Como actor de la Comedia Nacional tiene un sueldo fijo pero también tiene exclusividad: no puede formar parte de otro proyecto teatral como actor, sí como director. Si bien está contento y no reniega, "no te voy a negar que extraño un poco la autonomía del manejo de mi propia carrera, fueron demasiados años en el teatro independiente. En algún momento me jubilaré o no sé y volveré a elegir mis propios proyectos". En tanto, ansía volver al cine "porque es un lenguaje que me encanta y uno siempre está a la expectativa de que surja algún rol".

El dramaturgo ruso Meyerhold hacía hincapié en la importancia de trabajar las emociones de los personajes a través del cuerpo, que "no es un mero accesorio sino una cosa orgánica, integral", dice Bolani. El elenco se basó en la teoría de Meyerhold al construir los personajes, que supone involucrar el cuerpo en las sensaciones.

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