Atlántida de película

Desde el 6 hasta el 11 de diciembre, en 6 salas (una en Montevideo), se festeja atlantic doc. una charla con su director.

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Por: Mariángel Solomita

Si Ricardo Casas fuera el protagonista de un documental, habría que comenzar hablando de su primera vida como estudiante de medicina. Que se terminó en el `74 porque cerraron la Facultad. Entonces estudió enfermería, pero las clases eran en el Hospital Militar. Y se pasó a la música. Comenzó a tomar clases en el instituto NEMUS, y en paralelo apareció el cine, con aquel primer intento de Escuela de Cine que abrió la Cinemateca.

Ahí se quedó. Ahí conoció a Eduardo Darnauchans, nexo de estas dos pasiones. Un músico que estudiaba cine y un cineasta que quiso ser músico, pero se contentó con filmar a uno durante toda su carrera. La película Darno la viene haciendo desde 1983. En unos días mostrará un adelanto.

Será en el festival Atlantic Doc, el que generó hace cinco años para devolver lo aprendido. Asegura que le dedica medio año. En Julio, organiza otro muestra, Divercine, un festival de cine para niños.

También se hace el tiempo para dirigir. Este año rodó El secreto de Tacuarembó. Dice que esta existencia entre fechas límites y cintas la maneja con bastante tranquilidad.

Sin embargo, en la quinta edición del festival, hubo acusaciones por parte de la directora de uno de los documentales programados (Raúl, Verónica Pamoukaghlián) que se habría excluido del concurso que premia con 3 mil dólares al Mejor Documental Uruguayo.

Raúl se bajó del festival, pero la disyuntiva siguió con más sugerencias acerca de las implicaciones de la productora Guazú Media, responsable de otro documental en concurso El casamiento (Aldo Garay), con la organización del festival y con el mismo Casas. Relación que ya no existe, ya que Casas no es más socio de esta productora, que a la vez no participa en la organización del festival desde hace dos ediciones.

A esto se sumó la inclusión en la grilla de Darno, avance del largometraje de Casas. En el momento de realizar esta entrevista, los creadores de El casamiento comunicaron que retiraban su cinta de la competencia.

-Eso es lo triste, que finalmente un buen documental queda fuera. Fijate que en unos años va a hacer una anécdota. Lo que me da pena es que justamente El casamiento se retira por la prensa. No se retira por Verónica, se retira por toda la repercusión que tuvo ese hecho. Se retira de un premio que son 3 mil dólares.

-¿Por qué elegiste a Atlántida?

-Porque hacemos gárgaras todo el tiempo con la descentralización pero nunca se lleva a la práctica. Si yo lo hubiera hecho en Montevideo tenía prensa, mejores salas, tenía auspiciantes, facilidades de todo tipo. Pero lo hicimos en Atlántida para probar realmente si la descentralización se puede, y se puede. Tanto es así que el festival está creciendo. Hace 5 años empezamos con una salita y ahora tenemos seis.

-¿El festival creció en estos cinco años?

-Tenemos talleres desde el primer año, la formación es algo que siempre nos preocupó y es algo que nos funciona muy bien. Este año tres realizadores fueron becados en el extranjero para desarrollar proyectos que se trabajaron en nuestro taller de Pitching el año pasado. Entonces ves que esto sirve, porque los festivales plata no dan, eso se sabe, creo que no hay que explicarlo ni probarlo.

-¿Se financia con el aporte que da el Instituto de Cine?

-Sería imposible, te da una parte. Fijate este año nos dio 120 mil pesos, el festival tiene un precio de 45 mil dólares. Y somos tres personas para todo. Se hace mucho por canje. Por ejemplo, los talleres tienen un máximo de diez alumnos, cada uno paga 100 dólares, y el cachet del docente es de mil dólares. Pero hay que pagar pasajes, comida, traslados. El pasaje de Ricardo Íscar costó 2.400 dólares, eso es cash, es lo que pone el Instituto. Y la Intendencia de Canelones colabora con el premio al Mejor Documental Uruguayo, que son 3 mil dólares.

-¿Ha sido el año con mayores proyectos inscriptos?

-Todos los años nos llegan alrededor de trescientos, el tema es que programamos en función de la salas. Eso nos limita, y son seis días y son dos o tres funciones por día. Este año dio para noventa y dos documentales en programación, bueno, ahora son noventa y uno.

-¿Cambió el criterio de selección?

-No, no. El criterio es el de siempre. Yo me formé en la Cinemateca, el criterio es la calidad. Es un festival de playa, hay que matizar lo que se programa, pero prima la calidad. Incluso es en base a ésta que premia el Jurado.

-¿Se le da prioridad a los proyectos latinoamericanos o a los uruguayos específicamente?

-Sí, y es que son los que más se presentan.

-Este año la retrospectiva será sobre el argentino Andrés Di Tella...

-Es poco conocido acá. Me pareció interesante pasar su documental sobre Claudio Candini, pionero del cine experimental en el Río de la Plata, que todavía vive. Se llama Hachazos, se estrenó hace dos meses. Y va a traer un adelanto de lo que está haciendo que es sobre el Instituto Di Tella, que es un acontecimiento cultural del Río de la Plata desde los años `50-`60, que la gente no sabe lo que es. Tenía muchas salas de formación cultural, la parte de música era famosísima. Lo financió todo la Fundación Rockefeller. Traía a los mejores músicos del momento, los mejores músicos nuestros que hay ahora, se formaron ahí, Coriún Aharonián, Graciela Paraskevaídis...

-¿Qué producciones destacás de la programación?

-Hay dos documentales mexicanos de muy buen nivel. El nivel del documental en México hoy ha superado al de todos los países de América Latina. Son dos documentales que están filmados en El Salvador, fijate qué curioso. Uno se llama El lugar más pequeño (Tatiana Huezo), que es la historia de una mujer que escapó de un pueblito de El Salvador dominado por paramilitares y después de muchos años la llevan para volver a su casa y la mujer dice `yo no puedo creer que este sea el pueblo de donde yo salí, me están haciendo una broma, no queda nada.`

Otro, de Everardo González, un documentalista al que hay que prestarle atención. El cielo abierto. Es sobre Monseñor Óscar Arnulfo Romero, muy conocido porque lo mataron dando una misa. Esta es la historia verdadera de esa muerte anunciada pero también de los antecedentes del cura que no son muy conocidos.

Amparito Puerto y los agujeros de gusano (España, Almúdena Verdés Durá) que es increíble, hasta el día de hoy no lo puedo creer. Se trata de una cantante lírica que nació en Valencia, una mujer muy misteriosa que aparece y desaparece, y resulta que había nacido en Buenos Aires y era amiga de Evita. Una historia alucinante.

Morir de día (España, Laia Manresa y Sergi Dies), un documental de creación, es sobre la generación hippie, los que quedaron vivos cómo están hoy.

Uno ecuatoriano, Abuelos (Carla Valencia Dávila), el abuelo de la directora fue uno de los primeros que mando matar Pinochet, era un médico autodidacta que producía medicamentos que curaba a la gente y los probaba en su cuerpo.

Y Las muchachas (Argentina, Alejandra Marino), sobre el partido peronista femenino, que creó Evita. De Brasil, uno precioso, Voy a rifar mi corazón (Ana Rieper), la primera vez que lo vi no me gustó. Es sobre esos cantante melódicos que cantan al amor, con violines, a la mujer que se fue. Pero la historia queda y sigue creciendo y es impresionante lo que logra. Y todos los otros, todos estos documentales merecen ser vistos.

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