Una clase social que está en peligro de extinción

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NICHOLAS D. KRISTOFF

La pobreza es el gran desafío moral de Estados Unidos. Pero es mucho más que eso.

No se pueden resolver problemas educativos, costos de la salud, gasto gubernamental o competitividad económica con una parte de la población atrapada en una subclase. Tradicionalmente, "subclase" es considerado un eufemismo de raza, pero, cada vez más, abarca a blancos de clase trabajadora.

Eso es lo que hay detrás del escándalo por el libro de Charles Murray, Coming Apart. Murray critica la crisis de la familia entre blancos de clase trabajadora y el deterioro de lo que ve como los tradicionales valores del respeto.

Los estadounidenses vemos el corazón rural del país como un ambiente pastoril, pero hoy, familias blancas con empleos marginales en lugares como Yamhill, Oregon, reproducen las patologías que destrozaron muchas familias de negros estadounidenses.

Un azote es el abuso de drogas. En el Estados Unidos rural, no es la heroína sino la metanfetamina; destroza vidas y deja a muchos con antecedentes penales que dificultan llegar a los buenos empleos. Con padres presos, los niños se crían como pueden.

Y está el eclipse de los tradicionales patrones de la familia. Entre las mujeres blancas que sólo llegaron al bachillerato, 44% de los nacimientos son fuera del matrimonio; en 1970 era de 6%, de acuerdo a Murray.

A veces, los liberales sienten que es de obtusos favorecer el matrimonio tradicional. Con el tiempo, mis reportajes sobre pobreza me enseñaron a discrepar: los matrimonios sólidos tienen un enorme impacto beneficioso en la vidas de los pobres. Un estudio de hombres jóvenes con antecedentes penales en Boston arrojó que uno de los factores de mayor impacto para alejarlos del crimen era contraer matrimonio con mujeres a las que querían. Como anota Steven Pinker en su libro, The Better Angels of Our Nature: "La idea de que los hombres jóvenes son civilizados por las mujeres y el matrimonio pudiera parecer cursi, pero es un lugar común de la criminología moderna".

Además, los empleos también son cruciales para salir de pobre, y Murray acierta al destacar lo inquietante de que cada más hombres de clase trabajadora abandonen la fuerza laboral. El porcentaje de hombres en edad para trabajar, con apenas un diploma del bachillerato, que dice estar "fuera de la fuerza laboral" se cuadruplicó desde 1968.

En 1965, Daniel Patrick Moynihan publicó un famoso informe advirtiendo sobre una crisis en las estructuras familiares de negros estadounidenses, y liberales de la época lo acusaron de poco menos que racismo. Visto hoy, Moynihan tenía razón.

Hoy temo que estemos enfrentando una crisis en la cual una buena parte de la clase trabajadora de Estados Unidos se está calcificando en una subclase, marcada por drogas, desesperación, deterioro familiar, altas tasas de encarcelamiento y un papel en descenso en los empleos y la educación como escalones de movilidad social. Necesitamos un diálogo nacional, y quizá Murray puede ayudar a desatarlo. Temo que los liberales se apresuren a pensar en la desigualdad como algo solo relacionado con impuestos. Sí, nuestro sistema fiscal es una desgracia, pero la pobreza es más profunda y compleja.

Donde Murray se equivoca es en responsabilizar a las políticas sociales de tipo liberal por las patologías que él estudia. El 80% de mis compañeros de bachillerato abandonó los estudios o no siguió a la universidad porque se podía ganar la vida en la planta de acero, la fábrica de guantes o el aserradero. Funcionó para sus padres. Pero, la fábrica de guantes cerró, los empleos de clase trabajadora se vinieron abajo y los trabajadores sin calificaciones terminaron compitiendo con inmigrantes.

No existen soluciones ideales, pero hay evidencia que sugiere que se necesita más política social, no menos. La educación en la infancia temprana puede apoyar a niños que son criados por padres solteros en apuros. Es mucho más barato atender a transgresores relacionados con drogas que encarcelarlos. Un nuevo estudio arroja que un programa de empleos para presos que acaban de ser liberados los dejó con probabilidades 22% más bajas de ser condenados por otro delito. Esta iniciativa se amortizó con creces: cada dólar produjo hasta 3.85 dólares en beneficios. Seamos realistas. Hay una crisis en los blancos de clase trabajadora, derivada de la creciente desigualdad de ingresos en Estados Unidos. Las patologías son dolorosamente reales. Sin embargo, la solución no está en señalar, o en desviar la mirada, sino en la oportunidad.

Kristof tiene dos columnas semanales desde 2001 en el New York Times, diario para el que trabaja desde 1984. En 1990 (junto a su esposa, Sheryl WuDunn), ganó un Pulitzer por su cobertura de los sucesos de la plaza Tiananmen en China. Ganó otro Pulitzer en 2006 por sus columnas. Ha publicado varios libros. En esta columna analiza cómo la desaparición del concepto de familia, una idea que los liberales alentaron en la década de 1960, puede estar en la base de la aniquilación de la clase baja blanca estadounidense.

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