JUAN MIGUEL MUÑOZ, EL PAÍS DE MADRID
Sobhia hashem nunca conoció el pueblo de su familia. Nació hace 47 años en una aldea cercana a Nabatiye, en el sur de Líbano, a la que fueron expulsados sus mayores palestinos por soldados judíos en abril de 1948, en los días anteriores a la independencia de Israel. En 1982, los soldados de Ariel Sharon invadieron Líbano. Entonces, los chiítas que hoy nutren Hezbollah lanzaban arroz a los militares hebreos con tal de que les libraran de los palestinos. Sobhia emigró a Damasco, Siria. Hasta que en 1996, de nuevo hizo maletas y recaló en Gaza con su marido, natural de la franja. Ella entró en el territorio ocupado con un documento de viaje egipcio. Él, no. "Los militares israelíes lo expulsaron. No salgo de Gaza desde hace diez años, ni veo a mi esposo desde entonces. Ya se casó con otra", cuenta Sobhia. Vive en Bait Lahia con tres de sus cuatro hijos, a los que mantiene con un sueldo de 220 euros. Su documento egipcio caducó. No hay manera de renovarlo para escapar del gueto.
Suman entre 40.000 y 50.000 los palestinos convertidos en sin papeles en su tierra. Es la norma que cualquier persona tenga parientes cercanos en la diáspora. Creyeron muchos de ellos que, firmados los Acuerdos de Oslo en 1993 y establecida la Autoridad Nacional Palestina, vendrían mejores tiempos. La menuda y enérgica Sobhia ha escrito cartas a toda instancia posible, siempre sin respuesta. La expedición de documentos en Cisjordania y Gaza es competencia de Israel. Conociendo a Sobhia, no puede sospecharse que esté implicada en nada que pueda afectar a la seguridad del Estado sionista. No se trata de eso. Varias ONGs israelíes denuncian que el objetivo es quebrar vínculos familiares, impedir que los palestinos regresen a sus casas. Ya lo dijo David Ben Gurión, respecto a los emigrados en 1948: "Hay que hacer lo posible para que no vuelvan. Los viejos morirán, los jóvenes olvidarán".
No es sólo Israel quien se esmera para que este laberinto burocrático, que fue aceptado por los negociadores palestinos de la OLP en los años 90, continúe vigente. "Cuando caducó mi documento de viaje -relata Sobhia- traté de renovarlo ante el consulado egipcio en Gaza, pero me dijeron que debía hacerlo en la embajada donde lo habían expedido, en Damasco. No tengo pasaporte ni carné de identidad".
Anclados y sin ayuda
Un sindicato agrícola le da empleo. En su sede limpia los despachos y prepara té. A Nema Qudeh, de 65 años, nacida en Jaffa, hoy un barrio de Tel Aviv, nunca se le borra la sonrisa. En 1948, su familia fue expulsada y se instaló en Beni Suhaila, cerca de Jan Yunis. Nema impartió clases a niños de hasta 12 años durante varias décadas. Primero en Gaza; desde 1965, en Kuwait; a partir de 1968 en Jordania, donde se casó, y después viajó a Argelia. Su marido, también profesor, es Suleimán Qudeh: "Trabajé hasta 1998 y cuando me jubile regresé a Gaza. No cobro ninguna pensión del gobierno palestino, y eso que he pagado durante décadas el 5% de mi salario a la OLP. Ahora no tengo ni seguro médico. Para cobrar la pensión que recibo desde Argel, de 120 euros, he tenido que facilitar el número de cuenta bancaria de una persona. ¡Ah!, y la OLP sigue cobrándome el 5%".
A sus 67 años, este partidario hasta la médula de Al Fatah sólo lamenta no disponer de un pasaporte para peregrinar a La Meca y no poder cultivar sus tierras. "Están junto a la frontera, pero no podemos acercarnos desde 2001 porque los soldados israelíes disparan". Gaza jamás ha sufrido carencias como hoy, a juicio de este hombre que ha vivido el mandato británico, el poder egipcio que gobernó Gaza hasta 1967, y la ocupación israelí. Como Sobhia, malvive en el desamparo.
Los cuatro hijos de Sobhia también son cautivos de este sinsentido, porque los descendientes de estos "sin papeles" heredan esa condición. "Lo peor es que mis hijos están en la misma situación. Mohamed no pudo alistarse en la policía, no le dan trabajo sin documentación", explica Nema. Sólo mediante el matrimonio con una persona que cuente con pasaporte se escapa de este infierno. Así lo ha hecho Mohamed, desempleado a sus 29 años
Hamás emitió meses atrás unos carnés para los indocumentados palestinos. En las calles se llama el "documento Siam", en alusión al ex ministro del Interior, Said Siam. Como cuenta el pediatra Kanaan Husein: "el carné no tiene numeración y no es aceptan los bancos. Me indigna que se reconozcan los expedidos por Israel y no éstos".
Kanaan, casado y con cinco hijos también sin papeles, es un privilegiado comparado con Sobhia, o Nema, aunque lleve 12 años sin pisar otro lugar que la decadente Gaza. Cuando menos, consiguió trabajo en el Hospital Mohamed Al Durra.
Las peripecias de Kanaan comenzaron con su traslado a Yemen en 1980, donde estudió medicina. Los turbios y eternos conflictos entre los países árabes le impidieron el retorno siete años después. Todavía paga no sabe qué.
"En 1987, la policía egipcia me devolvió en el aeropuerto. Adujeron que había salido por Jordania y que por allí tenía que regresar. Ahora es peor. Mi esposa necesita cirugía porque tiene una quemadura en el pecho. No puede operarse ni visitar a su familia, que todavía vive en Yemen", dice Kanaan.
Las autoridades palestinas prometen -ya lo hizo Al Fatah antes de las elecciones de 2006- que pronto se resolverá todo. Que podrán ingresar en un hospital de otro país, acudir a conferencias, estudiar en el extranjero, respirar fuera de la franja. Sobhia, Suleimán, Nema y Kanaan no lo creerán mientras no lo vean con sus ojos.