Daniel Mazzone
El simplismo de un análisis leído hace poco, que atribuía recetas neoliberales al ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, proporciona un marco posible para abordar la extraña excitación que rodea cada aparición de Fidel Castro en nuestros países.
Afirmar que Fernando Henrique aplicó recetas neoliberales resulta tan excesivo como afirmar que quienes aplauden a Castro son todos totalitarios. Quizá valga la pena profundizar un poco.
En cuanto a las así llamadas "recetas neoliberales" ocurre que nuestros países quedaron tan atrasados que deben realizar reformas cuyo eje pasa por el imprescindible ordenamiento macroeconómico. En términos gruesos, nuestros ministros de Economía —sean de izquierda o derecha— deberán evitar un gasto mayor a los ingresos o la emisión de moneda sin respaldo en divisas fuertes. Si no se contiene el gasto, se incrementará la deuda, y eso en caso de que quede quien acepte prestarnos. Si no se detiene la emisión irresponsable nos aguarda la inflación y el consiguiente empobrecimiento. Son sólo dos ejemplos —a cuenta de mayor cantidad— de los límites que nos encorsetan. Nuestra realidad es tan elemental que nos quedamos como el ajedrecista que sólo dispone de jugadas únicas.
Nada de esto es neoliberal, sino puro sentido común. Parecería que queremos empezar a hacer las cosas bien, si nos atenemos a los ejemplos de Cardoso, Lula, Frei, Lagos o Kirchner.
Durante mucho tiempo fuimos —somos— ineficaces, ineficientes y muy frívolos. Y ahora pagamos los platos rotos del fantaseo con caminos imaginarios y reglas utópicas que eludían la realidad.
Con Castro pasa algo de ese orden.
Es obvio que la mayoría de quienes lo aplauden no es totalitaria del mismo modo que quienes apoyan políticas económicas sensatas no son todos neoliberales. Podría conjeturarse que se trata de integrantes del club de los que están hartos y juzgan, en forma simplista que Castro es un exitoso representante frente al capitalismo salvaje.
El éxito de Castro —y efectivamente es una paradoja— radica en su larga permanencia. Lo que hace de él un troglodita pre Guerra Fría es su mayor factor de legitimidad ante multitudes que lo siguen como a una estrella pop. Es notorio que se juzga su largo reinado como un éxito en la resistencia frente al malo, lugar que esa lógica binaria y simplificadora de opciones adjudica a Estados Unidos.
Quienes critican el griterío en torno al marketing "revolucionario" de Castro y su séquito le adjudican a ese movimiento espontáneo y algo carnavalesco una categoría racional que no tiene. Será estéril pedir que esas pequeñas multitudes recuerden los crímenes de Castro, su conducta antidemocrática, sus 75 periodistas encarcelados y que por tanto no cedan a la seducción que evidentemente ejerce su figura y lo repudien cuando en realidad desean todo lo contrario.
Las cosas no parecen transcurrir en ese carril, sino en un plano más elemental y emotivo, de un grado de confusión y desorden ajeno a cualquier tipo de racionalidad. Porque aún en el caso de que los seguidores emocionales de Castro se interrogaran del modo que se les reclama, y cuestionaran su conducta estalinista, chocarían contra otro obstáculo insalvable y frustrante. No hay líderes que posean las cualidades que en su simplismo le atribuyen a Castro.
El recambio de dirigentes que ha comenzado en otros países de América del Sur es demasiado reciente como para sustituir la presencia dinosáurica de ese personaje que interpreta Castro, suerte de Superhéroe del subdesarrollo que logra burlar una y otra vez la lógica del Sheriff. La nueva política que parece estar surgiendo en la región, no sólo es reciente, sino que nuestra gente viene de demasiadas frustraciones como para entusiasmarse con liderazgos menos estridentes, más racionales y eficientes.
Obsérvese que se le exige a la gente, que opere con un nivel de profundidad y serena reflexión que no se corresponde con la superficialidad y confusión con que transcurre la caótica vida cotidiana de nuestras sociedades. Y eso en caso de que existan realmente sociedades, y no un montón de tribus o corporaciones tirando cada cual para sí. Es ahí donde radica el problema. Nuestra crisis no es solamente económica, sino de una profundidad histórica y producto del atraso, no tanto de la gente como de los dirigentes.
Lo que ponen de manifiesto las corridas histéricas atrás de Castro es el simplismo de algunos sectores más que el acuerdo con una política cuyo análisis no resiste el menor rigor.
Podría concluirse que nos falta educación y es posible que así sea. Pero más que cursos de educación democrática, lo que parece faltar es ejemplo. Que la política sea de una vez por todas algo más importante que ayudar a los amigos y que la actividad sindical represente al conjunto de los trabajadores y no a minorías esclerosadas del sector público, por mencionar solo dos aspectos de la empobrecedora agenda cotidiana.
En materia de comportamiento civil estamos tan lejos de la sensatez como en materia económica. Pero si la incipiente mutación política que se insinúa en la región se generaliza y logra imponer su nueva racionalidad, también se renovará la insípida agenda actual y temas más interesantes dejarán atrás a los espectros de la Guerra Fría que terminó hace ya 14 años y no tiene nada que ver con el futuro.