LOS DESAPARECIDOS EN DEMOCRACIA

Esos ojos que se fueron

Gladys cree en Dios, pero también en Satanás. A ambos les dedica posteos en su Facebook y les habla de su hija, la única mujer de cinco, que ya no está con ella. A Satanás le endilga el habérsela llevado; a Dios le pide que, si tiene un poco de piedad, se la devuelva.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Un exjerarca advirtió que las autoridades actuales no hacen difusión suficiente de los ausentes.

Karen Daniela Valdez llegó a su casa un día después de la escuela, se sacó la túnica y desapareció. Dejó la leche servida arriba de la mesa. Una prostituta declaró que la vio en los instantes siguientes y que la niña lloraba porque no quería estar en su casa, pero Gladys cree que la mujer miente. Desde Rivera, en medio de un borbotón de información desordenada, casi delirante, dice que un policía le confió que su hija fue secuestrada, que estuvo 15 días en un barrio alejado de la ciudad y que finalmente se la llevaron a Argentina. También escuchó a alguien en el ómnibus revelar el nombre de la persona que la capturó. "Con el correr de los tiempos descubrí todo", asegura.

Entonces Karen tenía ocho años. Hoy, si sigue viva, cuenta con 25 y lleva 17 lejos de su madre, que no se resigna. Que siente vergüenza de ser uruguaya porque cree que la verdad está a la vuelta de la esquina y le desespera que la Policía no la vea. Gladys suele pensar que detrás de la ausencia de su hija hay una red de trata de personas que le cambió el nombre y la condujo a olvidar su identidad.

Un día de 2012, a las cinco de la tarde, la llamaron para decirle que una joven de unos 20 años había telefoneado a la seccional diciendo que era una Valdez y que hacía mucho tiempo que no veía a su familia. Pero al parecer fue una broma de Satanás, porque la policía que había atendido la llamada se pasó una semana evitándola, diciéndole que había anotado el número de la chica en una agenda que no llevaba encima, hasta que finalmente le informó que no se trataba de su hija sino de una integrante de otra familia Valdez, una que vive en Santana.

Hace un año Gladys grabó un video y lo subió a su Facebook. Allí cuenta su historia, su "tortura". "Para ti, mi amor, y para quien te ve, aquí estás", dice, y muestra la foto de una niña sonriente, con una mano apoyada en la cintura. "Karen, te quiero decir que no te he olvidado, que en cada momento pienso en ti". Después muestra un collage de fotos hecho por ella, señala una en la que su hija lleva un vestido blanco de puntilla y dice: "Acá tenías cinco años. Si ves esta foto te vas a acordar". Entonces brotan las primeras lágrimas. Y dice Gladys: "Qué triste en tener un hijo o una hija desaparecido".

Hasta que aparece.

La oficina que Crimen Organizado comparte con Interpol es una casa sencilla en el centro de Montevideo sin apariencia de sede policial. Allí, Carlos del Puerto y Gustavo Mariossa, director y subdirector respectivamente, se esfuerzan por contestar preguntas sin revelar más de lo conveniente. De ellos depende el Departamento de Registro y Búsqueda de Personas Ausentes. El encargado directo de la división también participa pero prefiere mantenerse anónimo porque trabaja "en territorio" y teme exponerse.

"Habitualmente no salimos en los medios porque trabajamos con el crimen organizado. La gente no sabe de qué se trata", comienza Mariossa, intentando predisponer al respeto. Mariossa clava los ojos en su interlocutor. Gesticula con las manos, con la boca, con la cabeza. Quiere hacerse entender pero actúa como si estuviera interrogando a un delincuente.

Los jerarcas de esta sección policial no quieren detallar el procedimiento que sobreviene a la denuncia, pero aseguran que se ha montado una vasta red de instituciones públicas y privadas con las que se habla en las primeras horas: hospitales públicos, sanatorios privados, casas de salud, refugios, la morgue, el servicio del Mides que trabaja con los indigentes, la Prefectura Naval. Se descarta que el denunciante no haya sido denunciado antes por violencia doméstica. También se dejan afuera las consultas motivadas por cuestiones patrimoniales (herencias, por ejemplo), o de personas que 10 años después se acuerdan de que hace mucho que no ven a la tía. "No somos gente que busca gente", ironiza Mariossa. "Pero trabajamos mucho", agrega el encargado del departamento.

Dicen que no es cierto que no se empiece a investigar hasta pasadas las 48 horas de la desaparición. "Es un mito. Nada lo establece jurídicamente. Es algo que viene de antes, porque cuando alguien denunciaba una desaparición, la Policía sacaba una "solicitud de informe"; recién 48 horas después se le cambiaba la carátula y pasaba a ser averiguación de paradero", explica Mariossa. Más bien esas horas "son un filtro" que aplica para separar lo que va en serio de "la paranoia".

"Hay muchas fantasías y mitos. Se tejen fábulas. Imaginan que la falta es por lo peor. Hay mucha psicosis", asegura.

Tampoco quieren hablar de las técnicas que usan en la búsqueda porque, argumenta Mariossa, sería como regalar su expertise. "No le preguntás a David Copperfield cómo hace magia, ¿no?". Luego aclara que ellos no son "magos", ni "agentes 007", pero que sí tienen "un altísimo nivel de eficacia" en su trabajo.

El Departamento de Registro y Búsqueda de Personas Ausentes se creó en 2004. Antes de eso las denuncias se perdían en las seccionales. El primero en dirigirlo fue el psicólogo Robert Parrado, que se alejó del Ministerio del Interior en 2010. Parrado dijo a El País que asumió el cargo con 3.600 denuncias acumuladas y lo entregó con 282 casos sin resolver.

En agosto de 2013 el ministro Eduardo Bonomi informó en el Parlamento que desde la creación de esa oficina se habían esclarecido 311 de 343 casos investigados, y que el porcentaje de resolución ascendía al 90 o 95%.

Las autoridades actuales, en tanto, dicen que las denuncias aumentan año a año, fruto del aumento de la información y de la delincuencia. Una vez más, no piensan revelar cuántas reciben, pero para dar una idea del crecimiento indican que en los primeros tres meses de 2015 se acumularon más que en todo 2014. Tampoco dicen cuántos casos se han resuelto y cuántos no porque muchos de los denunciantes "no se toman la molestia" de avisar a la Policía cuando aparece la persona buscada. Sería un dato vidrioso.

Si alguien se ausenta de su casa sin haber expresado la intención de hacerlo, lo más grave que puede haberle pasado es haber sido asesinada o capturada para una red de trata. Pero la realidad indica que detrás de la "inmensa mayoría" de los ausentes que se denuncian hay huidas por tramas de infidelidad o conflictos afectivos y familiares.

Más directo aún: para Mariossa, la desaparición voluntaria (que "es mucho más común de lo que la gente entiende") casi siempre se limita a asuntos de "promiscuidad". Cuenta el caso de una mujer que denuncia en la seccional la ausencia de su marido. Cuando la Policía lo encuentra, el hombre ruega a los oficiales que no le digan a su esposa dónde se encuentra. La mujer no se conforma con saber que está vivo y que no desea volver a su casa. No cree en la versión de la Policía y decide recurrir a la Justicia. "Si tú mañana querés desaparecer de tu casa, ¿qué delito es? ¿Qué derecho tiene la Policía a invadir ese espacio?", cuestiona el jerarca.

Otra "fija" son los adolescentes que se van para evadirse del control familiar y, por ejemplo, vivir noviazgos clandestinos. Hay menores que acumulan hasta 50 averiguaciones de paradero. "En ocasiones falta el compromiso de los padres, y otras veces la presión para saber todo de la vida del hijo juega en contra", explican.

Hace algún tiempo llegó un mail a la oficina del Departamento de Registro y Búsqueda de Personas Ausentes. Lo había escrito una mujer en Nicaragua y decía algo así: "He conocido a una persona que duerme en las calles de mi ciudad. Es uruguayo, hace mucho que no ve a su familia".

La Policía le envió un link a la página web del Ministerio del Interior en la que se ven las caras de 66 uruguayos desaparecidos en democracia, algunos de los cuales faltan de sus casas hace 15 o 20 años. Allí solo están los que cuentan con la autorización de las familias. La mujer contestó: "¡Creo que lo encontré!". Un oficial la llamó para asegurarse que no se tratara de una broma y le pidió fotos del indigente uruguayo. Era él. Ella lloraba de emoción.

Aunque no tenía una salida formal del país, evidentemente se había ido por algún paso de frontera, donde los controles son muy fáciles de sortear. En el expediente figuraba una extradición de Estados Unidos justamente por haber ingresado ilegalmente, con lo cual parecía haber un patrón. Tenía un pasado conflictivo, había sido adicto. Su hallazgo causó un impacto ambiguo en su familia porque algunos ya no lo querían de vuelta y otros sí. Lo último que supo la Policía fue que un familiar estaba dispuesto a comprar su pasaje de regreso. Pero eso a ellos ya no les incumbe: su trabajo termina cuando el desaparecido aparece.

Decir o callar.

Para la Policía no hay plazos: "nunca se deja de investigar", dicen. Siempre que surge una pista, se "explota". Algunos expedientes vuelven a revisarse después de años; se indaga nuevamente a los involucrados, se discuten posibles causas con el fiscal. Igual, se sabe que "el tiempo es la verdad que huye".

Quienes trabajan hoy en el registro de ausentes han adoptado un perfil bajísimo. Prefieren trabajar en silencio para no entorpecer los hallazgos, dicen. Hace un tiempo, la madre de una adolescente ausente estaba desesperada y dispuesta a endeudarse para pagar a un vidente (que, al menos para estos oficiales, son mala palabra) que le revelara el paradero de su hija. La Policía ya sabía dónde estaba pero aguardaba la orden de allanamiento. Esa vez, el encargado de la división le pidió "solo dos días" para concluir su tarea, y logró evitar el gasto innecesario.

Muchos casos están judicializados porque se presume que hay un delito y sobre ellos pesa el secreto de presumario, explican los jerarcas actuales. Para Parrado, que dirigió el registro durante seis años, esos argumentos se usan para alimentar "la mística de la investigación policial".

"En el mundo se usan la imagen y los datos. Lo que no debo hacer yo como investigador es divulgar datos muy personales porque implican sufrimiento para la persona. Esto es de alta sensibilidad: tenés que difundir al máximo. Salvo que estés justamente tratando de ubicar a un narco, necesitás difusión. Si no, ¿cómo encontrás al ausente? Esta administración ha optado por el modelo de ponerle candado a la información", opinó Parrado.

Francisco Terra, cuyo hijo Enzo desapareció hace 15 años, dijo hace no mucho a El País que si bien sigue en contacto con la Policía, es consciente de que pasó mucho tiempo. "Evidentemente el caso perdió mucha fuerza", lamentó.

El rostro de Enzo, que desapareció con 18 años, ha circulado muchísimo. El año pasado sus familiares y amigos crearon el sitio web www.porenzoterra.org, en el que una vez más difunden sus rasgos, su historia, y algunas de las decenas de entrevistas que han dado a los medios. No pierden la esperanza de que esté vivo.

En el otro extremo, la familia de Juan Ignacio Susaeta, ausente desde el 23 de enero de 2015, después de haber hecho una verdadera campaña de búsqueda a través de los medios de comunicación, ha optado por el silencio. "Para que, en caso de que siga vivo, no se sienta presionado", explica a El País su padre, Juan.

Por un lado cree que los oficiales "hicieron lo que tenían que hacer". Por el otro, le queda la sensación de que Uruguay "no está preparado para enfrentar cosas como éstas". Dice que recién dos días después de la denuncia se sintieron "respaldados". Aunque Juan Ignacio desapareció hace tres meses, siente, al igual que el padre de Enzo, que su caso "ya no es tan importante" para la Policía. Ellos ya hicieron todo lo que podían. Ahora solo les queda esperar.

Policía estudia criterios de reclusión del Estado Islámico


Según la Policía, la mayoría de las denuncias terminan siendo ausencias voluntarias. Sin embargo, la desaparición también puede explicarse por la peor de las hipótesis: muerte o secuestro. En el Departamento de Registro y Búsqueda de Personas Ausentes han coordinado operativos para frenar el tráfico de extranjeros y de uruguayos, aunque esto último es menos frecuente. Los jerarcas dijeron a El País que una vez que alguien entra en una red de trata, "es muy difícil" que salga porque quienes la dirigen "ponen en marcha una maquinaria de documentación falsa y evitan el contacto de la persona con el entorno, so pena de amenaza". En el último tiempo han prestado atención a la forma en que el Estado Islámico secuestra personas para integrar su ejército, ya que eso puede llegar a Uruguay eventualmente. "Tenemos que estar atentos a fenómenos como el yihadismo, que recluta por redes sociales a gente de clase media y media alta que se siente atraída por la decapitación. Seduce y pone de manifiesto rebeldía y frustración", explicó uno de ellos.

Registro de 66 casos en la web oficial


Dice el Ministerio del Interior que se considera ausencia involuntaria "la desaparición de una persona física del lugar en que vive y se desenvuelve en forma habitual, sin haber noticiado su intención de hacerlo". En caso de tratarse de personas menores de edad, todos son considerados ausentes. A mediados de 2014, por iniciativa del departamento de comunicación del ministerio, se publicó en su sitio web (www.minterior.gub.uy) un registro de 66 desaparecidos en democracia. Los encargados del departamento aclararon a El País que allí no están todos los que faltan encontrar, sino solo los que su familia autorizó su publicación. La Policía incluye los rostros y otros datos, como la edad, el último lugar en el que se lo vio, y alguna característica particular de la persona. En caso de que se tenga un dato para ofrecer sobre el paradero de alguna de estas personas, es posible comunicarse al 152 4639 o por mail a esta dirección: [email protected]

Cómo se busca al desaparecido.


La denuncia.
La puede hacer cualquier persona en cualquier seccional policial. Aunque depende de las características del ausente, la Policía considera que hacerlo tras 12 horas de la desaparición es "razonable".

Primeras horas. Se consulta en una red de instituciones públicas o privadas (hospitales, morgue, Prefectura, entre otras). La Policía "filtra" los casos que son de "gente que busca gente" o de personas denunciadas por violencia doméstica. Los menores siempre se buscan (menos los infractores) y los mayores con problemas físicos o psíquicos, también.

Análisis psicológico. En el equipo hay cuatro psicólogos especializados que trabajan con la familia y elaboran una "retrospectiva" de la persona ausente, una especie de "autopsia psicológica" .

Búsqueda activa. Los oficiales del Departamento de Registro y Búsqueda de Personas Ausentes coordinan con jefaturas locales para la búsqueda de la persona. A veces se hace con el plantel de perros K9, con Bomberos o con Prefectura. Familiares suelen guiar recorridos.

Análisis de pruebas. Cartas, señales, conversaciones, todo es tenido en cuenta. La Policía investiga las comunicaciones en celulares, computadoras, tabletas. Se lleva lo que sea necesario. No trabajan con videntes.

Justicia. Algunos casos entran a la Justicia porque se presume que hay un delito. La Policía se reúne con el fiscal las veces que sea necesario y contrastan hipótesis. Se indaga más de una vez porque es habitual que los involucrados se guarden información "para no tener lío", dicen.

ROSTROS DE URUGUAYOS AUSENTES


Paola Bellizzi.


La última vez que se la vio fue el 26 de enero de 2015 en la casa de su madre, Amalia Aguiar, que vive en la zona del Prado de Montevideo. Tiene 29 años, sufre esquizofrenia y es portadora de VIH sin medicación. Su madre escribió hace un mes en su Facebook alertando que su hija desaparecida “corre riesgo de vida”.

Alen Curbelo.


El 9 de junio de 2013 salió de su casa, en Carrasco Norte, a jugar al fútbol. Pero no llegó a encontrarse con sus amigos allí. Entonces tenía 16 años. Su hermana reclamó que la Policía empezó a buscarlo tarde. Lo describió como un chico “familiero” y “tranquilo”. Tiene un tatuaje en el antebrazo que dice “mamá”.

Andrés Pereira.


Por invitación de un compañero de trabajo de la madre, participó de un campamento de una agrupación política en Punta Espinillo. Según el registro policial, desapareció al salir de allí, el 16 de febrero de 2014. Entonces tenía 16 años. Sus padres sospechan que los organizadores de la actividad ocultan información.

Ignacio Pertusatti.


El 23 de noviembre de 2003, con nueve años, salió de su casa en Puntas de Manga para comprar un helado al almacén, a una cuadra. Nunca más se supo de él. Las hipótesis que se manejaron fueron varias: venganza, secuestro por parte de un familiar, rapto por parte de desconocidos. Ninguna de estas conjeturas llegó a probarse.

Leticia Urrutia.


Desapareció el 3 de agosto de 2003, cuando tenía 19 años. Estaba internada en el hospital de Minas por sobredosis y no se la vio más. Antes había dicho a sus padres que tenía miedo porque la Policía la tenía “marcada” por sus problemas con drogas. Un exjefe de Policía declaró como indagado en la causa.

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