Paula Barquet
La fachada del histórico 1080 de la calle Cuareim parece un edificio en obra, pero no lo es. La puerta principal, al igual que las laterales, fueron tapiadas por los habitantes del ex conventillo Mediomundo y actual complejo habitacional del Banco Hipotecario del Uruguay (BHU). No se cuela ni un espacio entre las maderas que permita vichar qué fue de aquel lugar de referencia para la cultura afrodescendiente. Sólo falta un cartel de "propiedad privada" para espantar extraños.
El proyecto del BHU, terminado en 2008 por la empresa constructora Sabyl S.A. y diseñado por el estudio de arquitectos Oyhantcabal-Cestau, preveía que la entrada estuviera abierta para todo el que quisiera entrar. Mientras se ultimaban los detalles de la obra, unas chapas tapaban el ingreso. Cierto día de febrero fueron algunos representantes del BHU y las sacaron, para que estuviera abierto en las Llamadas. El mismo día varios residentes del actual Mediomundo volvieron a cerrar la entrada con unas cuantas maderas negras.
"No tiene sentido, esto es privado", opina Luciana, habitante de uno de los apartamentos. "Compramos todo y tiene que ser nuestro, no es una plaza pública", argumenta.
Sylvia Oyhantcabal, arquitecta proyectista, explicó que cuando se diseñó el complejo "no había tanta psicosis de inseguridad". Desde hace una década, sin embargo, la zona muestra síntomas de inseguridad bien claros. Al final de la obra se incluyó la posibilidad de un portón, pero el BHU decidió que quedara a criterio (y bolsillo) de los copropietarios.
Hace meses que una comisión organiza reuniones en el centro comunal del edificio y los residentes han manifestado de forma unánime la intención de hacer un portón. Los motivos, las formas de hacerlo y las urgencias, no presentaban el mismo grado de consenso y por eso el asunto se fue demorando.
El portón, según datos de Oyhantcabal -que en forma honoraria asesoró a los copropietarios-, saldrá unos 200.000 pesos y estará pronto a fin de mes. Como el BHU no se hará cargo porque no es parte del proyecto original, los habitantes de los 43 apartamentos hoy ocupados (de un total de 44) decidieron juntar el dinero mes a mes, agregándolo a la cuota de los gastos comunes.
La mayoría de los consultados en el Mediomundo dijeron que cuando decidieron vivir allí no tuvieron en cuenta el asunto del acceso. "Nunca nadie en el banco nos planteó que esto iba a estar abierto al público", comenta una joven habitante. "Nunca se me ocurrió que sería así", confiesa otra.
Federico sabía que allí no habría portón ni nada, pero en un primer momento no le importó. "Al principio no estaba mal el barrio. Pero con el correr del tiempo empezás a darte cuenta de que está medio salado. El portón es mejor para evitar problemas", concluye.
La ausencia de un portón afecta a gran parte de los habitantes también en otro sentido. Al haberse planificado un edificio de ingreso abierto, los timbres de los apartamentos que dan a la actual Zelmar Michelini se encuentran dentro del predio en vez de estar accesibles desde la calle. Esto implica que si se llama al médico, por ejemplo, no hay cómo enterarse de su llegada.
La mitad de los habitantes del Mediomundo sufren esta situación. Deben usar la otra puerta -Durazno 1213, a más de una cuadra de sus apartamentos-, donde sí hay portón pero no están sus timbres. Generalmente los que reciben a alguien piden previo aviso, o directamente deciden esperar afuera a las visitas.
Esto no pasaría, según el proyecto original, si los residentes no hubieran cerrado la entrada. De todas formas, la inseguridad fue más importante que lo demás. A menos de una cuadra hay una boca de pasta base y muchos de sus clientes merodean los alrededores, han asaltado varias veces los comercios de las esquinas, y el ambiente en general se ha vuelto peligroso. Algunos muchachos del barrio han armado barullo en la entrada y sacudido las puertas de forma agresiva. Incluso han tirado piedras para dentro.
Eso hace pensar a unos pocos habitantes del nuevo complejo que no son bienvenidos en el barrio. No tienen indicios certeros. Más bien se trata de una "sensación", según ellos mismos admiten.
En la farmacia, la carpintería y la herrería dijeron estar contentos con el movimiento que trajeron las 40 familias al barrio. "Mejor que antes, seguro", alegaron, ya que era un terreno baldío que utilizaban criminales para refugiarse e indigentes para dormir. Sólo se mostraron molestos por los contenedores que resultan insuficientes para la cantidad de basura que ahora se genera. El herrero contó que a veces los extranjeros se quedan mirando la fachada tapiada y preguntan si ahí era el famoso Mediomundo. A menudo termina oficiando de "guía turístico".
En los comienzos del proyecto se había planificado conservar el espacio del aljibe y hacer uno nuevo: no se concretó. También se preparó una pared blanca en medio del patio para que Carlos Páez Vilaró pintara un mural: aún faltan fondos. La idea de que el edificio fuera de público acceso de alguna forma tenía que ver con conservar el intercambio cultural propio del barrio de las Llamadas: no se logró.
"Esto tiene todo una historia, es un símbolo", opina Luciana, aludiendo a la resistencia que puede ofrecer que el edificio haya devenido en complejo habitacional. "Además, el hecho de que esté tapiado puede que genere rispideces con los vecinos", reflexionó.
"Vicio de la construcción"
La mayoría de los residentes del Mediomundo se mudaron entre fin del año pasado y principios de este. Todos ellos dijeron a Qué Pasa que al poco tiempo de llegar les aparecieron humedades en el baño u otros lugares de la casa. Sabyl, la empresa constructora, se hizo cargo de todo en los cargos en que reclamaron. A una de las residentes le dijeron que se trataba de un "vicio de la construcción".