Personas en situación de calle 

Mides abre postulaciones para vivienda: ¿de qué se trata el nuevo buque insignia?

Mides posiciona al programa de Viviendas con apoyo como el nuevo paradigma de atención. Invertirá 100 millones de pesos anuales y planea llegar a 300 personas en 2022. En julio abren inscripciones. 

Programa de viviendas con apoyo
María Inés y sus cuatro hijos pasaron cinco años en distintos dispositivos del Mides; hace dos meses se mudaron a una casa. Foto. Fernando Ponzetto

En una casa modesta, con la pintura todavía fresca, ubicada en una pequeña calle nueva, tan nueva que aún no figura su nombre en el mapa, María Inés (39) va armando la vida con la que tantas veces soñó. Se imaginaba llegando del trabajo, preparando un mate y sentándose en el comedor, planeando qué cocinaría para la cena mientras abría el cuaderno de sus hijos más chicos y corregía sus deberes. La posibilidad de esta escena cotidiana, insignificante para quienes nunca sintieron la falta de un techo, lo era todo en las más de mil ochocientas veinte noches que vivió bajo la protección del Ministerio de Desarrollo Social (Mides), en el programa de Mujeres con hijos a cargo, en el que terminó tras huir de la violencia doméstica.

Para salvarse de su antigua pareja perdió su hogar y no le quedó otra opción que poner en pausa una vida autónoma para adaptarse a la convivencia colectiva, con condiciones y reglas que cumplir. En cinco años, ella y sus cuatro niños fueron trasladados a cinco centros distintos; en cuatro compartieron la habitación con otras madres con hijos. Luzmila, que cumplió seis, creció en este tipo de hogares. María Inés cree que gracias a esa vivencia es una niña ordenada y cuidadosa de sus pertenencias, pero cuenta que en todo ese tiempo nunca le había permitido hacer algo tan nimio como ir sola al baño a lavarse los dientes.

Es que cuando se ingresa al sistema todo muta: para bien y para mal. La familia se convierte en “núcleo”, la persona en “usuario”, la vivienda en “dispositivo” y la privacidad se reduce a un cuarto en el que uno casi nunca está solo. El sistema brinda un amparo, pero paradójicamente, para algunas personas, de este puede surgir también un sentimiento de intranquilidad. “En los hogares hay peleas, hay gritos, hay llantos. Nunca dejaba a mis hijos moverse solos. Si ellos salían afuera, yo salía afuera; si ellos iban al baño, yo iba al baño”, cuenta María Inés, “y así, de a poco, perdimos la independencia.

Pero eso ya pasó.
Hace dos meses que ella y sus hijos (que tienen entre 18 y 6 años) ingresaron en el programa de Viviendas con apoyo del Mides, un proyecto que se inspiró en el modelo Housing First que propone dar una vivienda por un tiempo determinado a las personas en situación de calle, como primera acción. Esto representa un viraje respecto al tradicional modelo de atención “en escalera”, en el que se arma un recorrido por distintas prestaciones de tipo meritocrático, en base a los logros que consiga el usuario, lo que en ocasiones no se ajusta a sus necesidades reales.

El modelo Housing First demostró muy buenos resultados en distintos países del primer mundo —80% de las experiencias son exitosas—; se convirtió en una especie de tendencia para tratar el sinhogarismo y en los últimos años desembarcó en la región, con sus adaptaciones a las particularidades de las sociedades latinoamericanos. Las primeras experiencias las realizaron Chile, Brasil y también Uruguay. Aquí comenzaron en la administración del Frente Amplio, con una consultoría y un análisis extenso que conllevó cuatro años de estudio hasta que en 2018 se concretaron los primeros pilotos, empezando por las mujeres con hijos a cargo, una novedad para el modelo.

Programa de viviendas con apoyo
La casa de María Inés fue cedida en forma de comodato, por dos años, por un privado. Está ubicada en la zona de Colonia Nicolich. Foto: F. Ponzetto

Al asumir el nuevo gobierno, bajo la dirección del exministro Pablo Bartol, continuaron los proyectos de este tipo, llegando a alcanzar —en la actualidad— a 135 personas con viviendas con apoyo, entre ellas María Inés y sus hijos.

En marzo pasado, tras la firma de un convenio con la Agencia Nacional de Vivienda, se completó una base de 150 viviendas para el programa. Próximamente parte de ellas se destinarán para adultos solos en situación de calle (que serán agrupados en duplas para la convivencia). Así, este modelo se fortaleció y tomó forma de programa.

La semana pasada, en un concurrido seminario online que organizó el gobierno chileno para intercambiar ideas sobre Housing First y su aplicabilidad como una respuesta al incremento de la población en situación de calle que está dejando la crisis causada por el COVID-19, Fernanda Auersperg, directora Nacional de Protección Social del Mides, reafirmó que la meta es que para los primeros meses de 2022 sean 300 los usuarios que estén en el programa. Según información a la que accedió El País, se le destinará unos 100 millones de pesos anuales.

Algunos días atrás, el nuevo ministro Martín Lema visitó los 24 módulos habitacionales ubicados en el terreno del Instituto Artigas y publicó un tuit contundente: “Este es el camino”, escribió, confirmando así su apoyo a esta política.

Por eso, Auersperg dice que el programa de Viviendas con apoyo ahora se posiciona definitivamente como el “buque insignia” de esta administración del Mides, convirtiéndose en el corazón de un cambio de paradigma en la gestión de la pobreza que busca ampliar la oferta de alternativas para que las personas encuentren “una respuesta a su medida” y así agilizar su egreso del sistema. Un plan que, eso sí, no está exento de críticas.

Las riendas del hogar.

Las paredes de la casa de María Inés no tienen adornos, únicamente cuelga una especie de pizarra con las facturas que ya están pagas. Delante de las cuentas hay un papel doblado que la mujer toma con cuidado y entonces expone anunciando: “Esta es la planificación”. Ahí anota los ingresos —un sueldo magrísimo como auxiliar de servicio, el dinero de la Tarjeta Uruguay Social y un ticket en vales alimenticios de 5.000 pesos que recibe como parte del apoyo de este programa— y los egresos. Cada mes, separa una parte para los ahorros.

Su objetivo es lograr un trabajo mejor, que le permita cubrir un alquiler de 15.000 pesos, que es el máximo que alcanza el subsidio de alquiler que brinda el Ministerio de Vivienda y el valor aproximado de la casa en la que vivirá sin costo por 24 meses (que en este caso fue donada en comodato por un particular). “No es un número caprichoso esos 15.000 pesos. Lo que se intenta es que tras ese período los usuarios puedan egresar y hacer frente a ese costo, o incluso generar un mecanismo de compra”, explica Juan Carlos Gómez, funcionario del Mides desde 2006, actual jefe del Programa de Viviendas con apoyo.

Para ese momento se prepara María Inés a diario. “Yo doy un paso y ya estoy viendo cómo voy a dar el otro”, advierte, para dejar en claro que lleva las riendas de la gestión de su vida cotidiana tras tantos años de tener las necesidades básicas cubiertas en los centros del Mides. En su casa todos los meses recibe al equipo técnico (trabajador social y psicólogo) que hace un seguimiento de su adaptación. Esta vez —dice con alegría— los espera con una “sorpresa”: presentó el currículum en una empresa que está contratando auxiliares de servicio para hospitales de la zona y que, si todo sale bien, le permitiría duplicar el salario y estar más tranquila con su futuro.

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Juan Carlos Gómez (jefe del programa de Viviendas con apoyo) y Fernanda Auersperg (directora Nacional de Protección Social). Foto: F. Ponzetto

Cada usuario que ingresa al programa recibe una partida única de 40.000 pesos para comprar mobiliario y electrodomésticos. “Hay un montón de variables del Housing dependiendo de la realidad de cada país. En Chile se aplica el de ‘llave en mano’, quiere decir que entrás y está toda la casa armada. A nosotros nos parecía esencial que las personas pudieran elegir por ejemplo las cortinas del que va a ser su hogar; que se puedan apropiar del espacio, que sientan que ese lugar no está dado sino elegido”, explica Gómez.

En el mismo camino, se quiere desterrar el concepto de “derivación” cuando se trata de este programa: “Se trata de una invitación a participar”, aclara el técnico. Esto será clave para la etapa que comenzará el próximo 1° de julio, cuando se difunda un formulario de aplicación para el programa. Si hasta ahora eran los educadores quienes evaluaban entre los usuarios de los dispositivos quiénes tenían el perfil adecuado para sostener un techo, se busca que ahora esa iniciativa venga desde el usuario.

Por primera vez se va a medir la variable de la autopercepción de la autonomía, porque si bien las experiencias locales ya demostraron que el tener un techo genera logros fundamentales como la revinculación familiar, también hay que aceptar que es un cambio de vida que no todos los usuarios pueden sostener. Gómez cuenta que en dos oportunidades se dio marcha atrás con el proceso: “Tuvimos casos en que las personas no soportaron la soledad y quisieron volver a un centro 24 horas. Hay que entender que no todos necesitan las mismas respuestas y se debe reconocer el trabajo de contención de los equipos en los refugios”.

Una escalera más corta.

La primera noche durmieron como nunca antes: no había gritos ni ruidos a su alrededor; cada uno estaba solo, en su cuarto, en su cama. Alberto (65) y Juan (60) llevaban más de cinco años alternando de refugio en refugio; a veces nocturno y otras de medio camino, un dispositivo más estable en el que cada usuario hace un aporte económico a un fondo común para cooperar con el sustento del hogar colectivo. Allí se cruzaron por primera vez, luego coincidieron en la entrevista con el equipo del programa de Viviendas con apoyo, que intuyó que juntos podrían conformar una buena dupla para convivir bajo un mismo techo.

“Hay personas a las que nos gusta ser independientes y queremos el monopolio de nuestra actividad, de nuestra vida. En un refugio estás limitadísimo: entrás y salís a determinadas horas, es imposible planificarte porque dependés de reglas colectivas. Eso llegó a deprimirme, estaba mal de ánimo porque no lograba reunir un ingreso para salir de esa situación”, dice Alberto, quien trabaja de forma informal en una imprenta.

Su compañero de casa, Juan, fue guarda de ómnibus durante 24 años. Se retiró para poner un cibercafé. Una noche le robaron todas las máquinas y ahí empezó a perderlo todo: dinero, familia, hogar.

En aquella entrevista, las condiciones que acordaron para ingresar al programa eran las mismas que regirán para la postulación que se abrirá el 1° de julio: ser autoválidos, tener un ingreso —formal o informal— de 5.000 pesos mensuales y haber cursado una “trayectoria estable” superior a 275 días en algún dispositivo; estar dispuestos a recibir apoyo psicosocial hasta un retiro paulatino, a medida que la autonomía se vaya afianzando.

El programa prevé evaluaciones cada 12 meses, con el objetivo de que tras el segundo año el usuario logre cubrir los costos de algunos de los apoyos (el ticket alimenticio, el alquiler), “aunque no es el único escenario”, explica la directora Auersperg. Aclara que se buscarán alternativas que podrían incluir un subsidio más extenso. “Lo que queremos es que esa escalera que propone el sistema tradicional no sea tan alta, que sean pasitos, y desde ahí empezar a trabajar para generar la autonomía que les permita tener un lugar en el mundo”, plantea.

Programa de viviendas con apoyo
Alberto y Juan se conocieron en un centro de medio camino. Desde hace un año comparten un apartamento ubicado cerca del barrio Las Acacias. Foto: F. Ponzetto

Según un análisis realizado por el ministerio para determinar cuántos usuarios podrían ser candidatos a ingresar al programa para recibir una vivienda ya sea en la modalidad colectiva (como los módulos del Instituto Artigas), o dispersa (como el caso de María Inés y del apartamento que comparten Alberto y Juan), se determinó que serían 485 de un universo total de 3.916 personas en situación de calle, de acuerdo al último censo de 2020.

“No es para todos. La evidencia mundial dice que esta propuesta es viable para entre el 10% y 15% de la población en situación de calle”, aclara Gómez.

Costos/beneficios.

El primer aliado del Mides en este programa es el Ministerio de Vivienda. Con esta cartera se acordó que, más allá del convenio firmado en marzo por un grupo de propiedades, se espera que a medida que sean reacondicionadas otras casa en desuso sean transferidas.

El resultado de poner el acceso al techo en el centro de la atención de las personas en situación de calle se irá midiendo cada seis meses para entonces definir qué tanto es recomendable ampliar el programa y su presupuesto. De ser positivo —como prevén las autoridades—, el programa implicaría incluso un importante ahorro para la cartera. Por el tipo de atención “cuerpo a cuerpo” que recibe un usuario en un refugio nocturno o en un centro 24 horas, el ministerio desembolsa en la actualidad más de 46.000 pesos mensuales, mientras que en el programa de Viviendas con apoyo cada persona cuesta unos 22.000 pesos: menos de la mitad.

¿Qué opiniones está recibiendo esta política? Desde el colectivo de personas en situación de calle, Ni todo está perdido, manifiestan que si bien lo respaldan no creen que deba tener una fecha de egreso definida a los 24 meses. “Esto podría significar un retorno a la calle pasado ese tiempo”, plantea Paula Zamora, integrante de la agrupación. En cambio, se pretende que sea una solución definitiva.

En tanto, el sindicato de funcionarios del Mides y el gremio que agrupa a los trabajadores de los equipos técnicos de contratación tercerizada ven con buenos ojos esta iniciativa puntual.

Desde la oposición, la diputada Micaela Melgar, exdirectora de la División Calle del Mides, cuenta que al planificar las primeras experiencias un aspecto que se consideró fue la resistencia que podría surgir desde la opinión pública. Ese será quizás un problema que enfrente la actual administración. En febrero de 2020 se había publicado la evaluación de los primeros pilotos, material que Melgar no llegó a discutir con las nuevas autoridades “ya que la transición no existió”, dice.

Programa de viviendas con apoyo
Alberto y Juan dividen las cuentas al 50%. Las compras las deciden juntos: la primera fue una estufa. Foto: F. Ponzetto

“Se concluyó que como respuesta para ciertos usuarios tiene efectos de mejora rapidísimos, pero por otro lado se corre el riesgo de instalar la idea de que ‘el Mides da casas’ cuando no es su función, además no se puede perder de vista que no es una solución que todos elijan. En general hay mucha romantización hacia las historias de pobreza y la administración de Bartol apostaba a las historias de éxito individual. La emoción al recibir la llave en mano no quiere decir que la persona pueda sostener el cambio que propone este modelo, que tiene mucho marketing y está de moda en el mundo”, plantea.

Como sea, Auersperg reconoce al programa como la estrella del nuevo enfoque en la atención que comenzó a implementarse el 26 de abril, basado en “la autonomía, la inclusión y la superación”. A un mes de que se realice un nuevo censo, la directora presume que el relevamiento arrojará un incremento en la población en situación de calle, lo que requerirá que los refugios “vuelvan a ser una respuesta temporal y no crónica”. El promedio de uso de esta prestación es de entre seis y nueve meses, pero muchos se quedan por años.

Algunos logran dejar esa vida atrás.
En la casa de María Inés, Luzmila estrecha a las mascotas entre sus brazos; son dos cachorras que adoptó con su hermano Facundo para celebrar la mudanza. Dice que la parte preferida de su casa es la ventana del cuarto porque desde ahí, cada mañana cuando se despierta, puede ver a sus perros. Facundo se despide de las visitas y sale disparado hacia esa calle pequeña y nueva que no tiene nombre en el mapa. “No te quiero muy lejos”, le grita su madre. A una cuadra está la escuela y a dos hay una plaza con cancha de fútbol. Hace pocos días fue su cumpleaños. María Inés hizo un pastel para los amigos del barrio que lo pasaron a saludar. La celebración fue en el jardín, en el que un vecino, sin que la familia lo notara, colocó una planta con flores amarillas para darles color. Ya son uno más.

conflicto

"Colmena": el cambio de modelo en la organización de los refugios que no convence a los equipos técnicos 

El nuevo modelo de atención del Mides comenzó a funcionar el 26 de abril. Se descentralizó la puerta de entrada a los refugios, se multiplicaron los centros 24 horas (de tres a 10) y se redujeron los cupos en los refugios de 30 a 20 (hasta 24 durante el invierno). A la espera de un nuevo censo, la directora Fernanda Auersperg prevé un incremento de la población en situación de calle por la pandemia. Sumaron 800 cupos en Montevideo y otros 500 en el interior, llegando a un total de 4.152 plazas. A su vez, se reglamentó la obligatoriedad de asistencia para quienes duermen en la intemperie (885 en la capital). Dos ambulancias de ASSE están a disposición: siempre que un médico certifique el riesgo y la persona se niegue a ser trasladada, podrán recurrir a la Policía para concretarlo; hasta el momento no sucedió. Se crearon los paradores nocturnos como un lugar de paso para quienes no quieren ir a un refugio. La organización en los refugios mutó a un modelo “colmena”. Si antes cada equipo trabajaba en un centro con 30 personas, ahora lo hará en tres centros y con 60 usuarios en total. “Se robusteció la carga horaria de los equipos. Tienen potestad para sugerir cambios de segmentación, reubicando a los usuarios de los tres centros que gestionan. Buscamos que generen instancias fuera del horario de atención nocturna para armar un plan individual para los usuarios”, agrega Auersperg. Constanza Robaina, secretaria del gremio de los equipos tercerizados, dice que esta decisión “camufla” una reducción presupuestal. “Está bien pensar en diversificar la oferta pero no al costo de sacrificar la calidad del apoyo psicosocial”, reclama. Los convenios de estos trabajadores pasaron de un año con opción a dos, a nueve meses “generando gran incertidumbre”. El gremio realizará un paro en julio.

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