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Cómo llevar el comercio con China al próximo nivel y por qué esta vez sí se puede firmar el TLC

El ascenso de China es el fenómeno geopolítico más importante del mundo. Lo que sigue es un análisis de Nicolás Santo, uruguayo asesor de gobiernos y empresas en proyectos relacionados con ese país.

El presidente Luis Lacalle Pou se reunió el viernes 26 de febrero con el embajador Wang Gang para hablar sobre el acuerdo por las vacunas.
El presidente Luis Lacalle Pou se reunió el viernes 26 de febrero con el embajador Wang Gang para hablar sobre el acuerdo por las vacunas. Foto: Archivo El País.

China y Uruguay comenzarán a estudiar Tratado de Libre Comercio”, dice el titular de China Daily, el periódico global del gobierno chino. La noticia podría ser de esta semana. Pero no. Es del 19 de octubre de 2016. El resultado de entonces es conocido: todo quedó en la nada.

¿Por qué esperar que esta vez el resultado sea diferente? En base a mi experiencia viviendo entre China y Silicon Valley en la última década, voy a aportar elementos para entender este momento y presentar algunas ideas para que, a diferencia de 2016, las cosas no queden en titulares y anuncios. Porque, más allá de lo que pase con el Tratado de Libre Comercio (TLC), estamos ante una combinación de factores de largo plazo y coyunturales ideal para llevar la relación Uruguay-China al próximo nivel.

Nueva China, nuevo Uruguay.

Negociar un TLC con China en 2021 es muy distinto a negociarlo en 2016 —como pudo haberlo hecho Uruguay— o negociarlo en los albores de este siglo, como hicieron países como Chile y Perú.

Hoy no sólo estamos ante un inédito contexto geopolítico de competencia global abierta entre China y Estados Unidos, sino que China ya no es la misma de hace cinco años atrás.

La China de Xi Jinping exhibe con grandilocuencia su confianza en el modelo de desarrollo elegido. Se siente envalentonada por su poderío tecnológico y por el éxito en la gestión de la pandemia (4.636 muertes versus 653.000 en Estados Unidos).

En la última década no ha parado de promover iniciativas económicas globales, regionales y bilaterales, asegurándose de que las contrapartes se percaten de lo gorda que está la billetera china. Desde la Iniciativa de la Franja y la Ruta hasta la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por su sigla en inglés), pasando por múltiples acuerdos bilaterales de libre comercio con países tan diversos como Islandia, Suiza y la diminuta Mauricio.

Uruguay, mientras tanto, tiene en el presidente Luis Lacalle Pou a un líder que parece estar dispuesto a tomar riesgos que sus predecesores prefirieron evitar, particularmente en lo que tiene que ver con Brasil y Argentina.

Lacalle Pou es, además, el primer presidente en hablarle de modo tan directo a los uruguayos, en horario central, sobre la trascendencia que China tiene para el presente y futuro del país.

El historiador uruguayo Álvaro Caso, radicado en Canadá, me dice que “un TLC le daría otra dimensión al giro comercial hacia el Asia-Pacífico que se viene dando por la vía de los hechos y, de concretarse, sería algo histórico para Uruguay, un país que tradicionalmente priorizó sus relaciones comerciales con vecinos y potencias del Atlántico Norte”.

¿Y qué pasa con EE.UU.?

El mismo día en que el presidente Lacalle Pou hizo el tan comentado anuncio sobre la posibilidad de comenzar a dar pasos que podrían desembocar en un TLC con China, Thomas Friedman, uno de los periodistas más influyentes de Estados Unidos (EE.UU.), publicaba una columna en The New York Times titulada “¿Qué viene después de la guerra contra el terrorismo? ¿La guerra con China? "

La pregunta planteada por Friedman refleja el discurso reinante en círculos políticos y del establishment de seguridad nacional de Washington: China es el gran rival estratégico de EE.UU. en el siglo XXI y hay que hacer algo antes de que sea demasiado tarde.

Con todo, a los aliados de EE.UU. no les ha temblado el pulso en acercarse a China. Corea del Sur cuenta con un TLC con el gigante asiático desde hace años. Israel se encuentra en etapas avanzadas de negociación de su TLC con China. Incluso a nivel latinoamericano, Panamá, país ubicado a un par de horas de EE.UU. y que hasta hace poco no reconocía a la República Popular, negocia un TLC con China.

Aún así, es notorio que el tenso contexto ha resucitado la preocupación de terceros países de ser percibidos como pro China, o pro EE.UU. Tranquilos, los uruguayos no estamos solos. Líderes de países frecuentemente comparados con el nuestro, como Nueva Zelanda o Singapur, le han puesto el cascabel al gato.

El primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, ha insistido en que ninguna de las dos potencias debe “obligar a otros países a elegir bandos”.

Jacinda Ardern, la popular primera ministra de Nueva Zelanda, cuyo país integra la alianza de inteligencia conocida como Five Eyes (los “Cinco Ojos”) junto a EE.UU., Reino Unido, Canadá y Australia, ha evitado sumarse a las condenas a China por cuestiones de derechos humanos, realizadas por los otros miembros de este acuerdo.

Es que Ardern entiende que, cuando le tocan algún punto sensible, China responde cerrando la canilla de las importaciones.

A pesar de que nunca se admitirá públicamente, desde la perspectiva de los líderes chinos el gobierno australiano “se hizo el loco” al pedir una investigación sobre los orígenes del coronavirus. Después de esta salida, Australia vio como China le imponía un arancel de hasta 218% a sus vinos y del 80,5% a su cebada.

La lección de todo esto es que, con o sin TLC con China, diversificar mercados debería ser una prioridad estratégica para cualquier gobierno uruguayo. Dicho en criollo: no hay que poner todos los huevos en una sola canasta.

¿Se concretará?

Seamos claros. Si comparamos la negociación del TLC con un partido de fútbol, puede decirse que ni siquiera se ha pintado la cancha. Este partido comenzará, de verdad, cuando los dos gobiernos hagan un anuncio conjunto y formal de sus intenciones.

Pero, independientemente de que el tratado se concrete o no, el ascenso global de China es y será el fenómeno geopolítico más importante de al menos los próximos 30 años. Capitalizarlo para que potencie el desarrollo de Uruguay depende menos de vender productos a China que ya es el principal socio comercial de nuestro país, y más de desarrollar mecanismos para evitar una foto que tenga a pocas empresas concentrando el grueso de las exportaciones.

A la hora de equipar a Uruguay con instrumentos de potenciación de sus ventas al extranjero, la “prosperidad compartida” —tal el eslogan del momento en China— debería ser un objetivo fundamental.

Mi tiempo en China me demostró que el mayor beneficio en torno a un TLC estaría no en la renovada competitividad que podrían adquirir los productos uruguayos que ya se exportan a China, sino en las inversiones que se podrían atraer al país y en los nuevos flujos de exportación que se podrían generar.

Claro, estos objetivos no se consiguen talenteando ni llegando a China sin humildad, razones estas detrás de los millonarios porrazos que algunas empresas uruguayas se han llevado en sus intentos por plantar bandera en este mercado.

Para alcanzar estos objetivos, nada más importante que cultivar talentos uruguayos y chinos que entiendan a cabalidad las oportunidades de negocios entre ambos países.

El gobierno tiene una oportunidad de innovar en la forma en la que se gestan los negocios con China y aquí queda una propuesta: apostar por crear un programa de jóvenes profesionales, al estilo de los que tienen el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), para que jóvenes chinos de escuelas de negocios de élite lleguen a nuestro país, contribuyan al desarrollo de las estrategias para China de las empresas uruguayas y capaciten al talento uruguayo para sacarle el máximo provecho a la oportunidad china.

Nueva Zelanda, con su programa China Capable, ha seguido un camino similar.

Habiéndolo vivido a la inversa por mi experiencia trabajando para el gobierno de Foshan en el sur de China, doy fe de que no hay forma más efectiva de generar embajadores de negocios, con compromiso de largo plazo, que esta.

La negociación de un TLC puede durar años. Pero, de prosperar, Uruguay debería aprovechar al máximo su estatus como primer país del Atlántico con un tratado con China, para poner proa cierta y definitiva hacia el desarrollo.

NICOLÁS SANTO

Asesor de empresas y gobiernos

Nicolás Santo —el autor de este artículo— es fundador de China Notes, un newsletter sobre las dinámicas de negocios y poder entre China y América Latina. Es autor del libro Un Tango con el Dragón: un uruguayo en el gobierno chino y el ascenso de una potencia global desde adentro (Aguilar). También ha asesorado a empresas, gobiernos y organismos internacionales en proyectos relacionados con China. Lideró el equipo internacional de promoción de inversiones del gobierno de la ciudad de Foshan, donde la estrategia que diseñó fue distinguida por fDi Magazine como la mejor de China continental. Su trabajo en China ha sido destacado por China Daily, The Financial Times, The Wall Street Journal y otros medios internacionales.

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