MIGRAR EN TIEMPOS DE PANDEMIA

En un limbo: cientos de cubanos llegan a Chuy y Rivera; sin visa ni trabajo muchos quieren volverse

Los migrantes que llegaron durante la pandemia vinieron desde otros orígenes, por distintas rutas y cientos se quedaron en las fronteras. Mientras esperan la visa, están en un limbo jurídico. 

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Migrantes cubanos radicados en el Chuy juegan al dominó. Foto: Ricardo Figueredo.

Dicen que es su versión de la Calle 8 de Miami: una manzana entera de casitas modestas en las que viven, en su mayoría, inmigrantes cubanos; una especie de Little Havana made in Chuy. Serán unos 50, pero apenas cinco o seis están con trabajo. A los otros, sin empleo ni changas para ganarse el pan, se los ve entrar y salir de sus hogares, “cuarticos” en los que viven tres, cinco, siete personas apretadas, a veces con niños. Las puertas de las casas están abiertas y, cuando salen, estos cubanos se arriman hasta el corazón de la flamante vecindad: una mesa donde juegan al dominó. Son tantos que se organizan por turnos.

El golpeteo de las fichas contra el plástico de la mesa es una melodía punzante, que solo se interrumpe cuando sus jugadores empiezan a relatar en un coro desordenado la fecha en que llegaron.

Dos años.
Uno.
Cinco meses.
20 días.

—Vine en pandemia y sigo en pandemia —dice Roberto, que se lleva las manos a los bolsillos vacíos para rematar su chiste amargo.

Llegó en octubre desde Paraíba, uno de los estados más pobres de Brasil, donde “los jóvenes, a falta de trabajo, subsisten con las jubilaciones de los viejos”, cuenta. “Ahí, no había sistema de vida para salir adelante” y los amigos le dijeron que se viniera para acá.

Frente a Roberto está Lester. Antes de instalarse en esta frontera, pasó seis meses probando suerte en Montevideo.

—Demasiado caro y sin trabajo. Un café me costaba 90 pesos; era imposible.

Daniel estudia sus fichas. Tímidamente alza la voz y dice que llegó hace 20 días.

—Pero como el consulado está cerrado no me pusieron el sello en el pasaporte. Entonces estoy aquí pero no estoy aquí, porque no tengo la entrada marcada.

El COVID-19 redujo los ingresos al país en un 94%, pero los migrantes siguieron llegando de todas formas; sobre todo cubanos y venezolanos. Llegaron desde lugares distintos, por caminos nuevos y a veces optaron por quedarse en la frontera por la que ingresaron, en especial las del Chuy y Rivera, donde la vida les resulta menos cara y compleja que en la capital.

El cierre de algunas oficinas públicas al inicio de la pandemia; la suspensión de los servicios presenciales; la recarga de los funcionarios debido al incremento de las solicitudes de residencia de ciudadanos argentinos y brasileños, y la imposibilidad de los consulados uruguayos de expedir visas (a no ser la de reunificación familiar) mientras las fronteras se mantengan cerradas para extranjeros (salvo excepciones), generaron un atraso y varias confusiones en los trámites de regularización.

A esto se le suma el recrudecimiento del desempleo —especialmente en las fronteras—, empujando a los migrantes a una precarización laboral que eventualmente podría ser un problema para concretar la residencia, ya que se exige una acreditación de ingresos para obtenerla.

De vuelta a la mesa de juego, estas preocupaciones se narran al son del dominó. Jason solicitó la visa un año atrás, pero por las demoras debido al COVID-19 aún no lo contactaron y sin esta no puede iniciar el trámite de residencia. José está a nueve meses de que su cédula provisoria caduque y aún no pudo reunir la documentación para la residencia: no tiene cómo acreditar un ingreso. Judith reclama que debido a la crisis sanitaria la tramitación se enlenteció demasiado y los documentos que trajo desde Cuba están vencidos; ahora debe hacer todo el papeleo de nuevo antes de que su cédula también se venza; esto significa más dinero, un dinero que le falta.

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Unos 1.500 migrantes se radicaron en el Chuy. Foto: Ricardo Figueredo.

Daniel —el recién llegado— se encoge sobre sí mismo mientras escucha el relato de sus compatriotas. Dice que todavía él no sacó la cédula.

Se hace un silencio. Aunque la norma indica que para emplear a un migrante en camino de regularización basta su pasaporte, sus amigos saben que sin la cédula los empleadores no se arriesgan.

—Igual Daniel, de todos los males el Chuy es el mejor, porque es más barato por renta y por comida. Ahora eso sí, debes saber que lo que es contenido de trabajo: eso cero —le advierte Judith.

—Pero yo hago de todo —retruca.

—Tú no haces de todo: aquí hay que hacer de todo para sobrevivir porque nos pagan dos pesos. Yo este mes ya no sé cómo pagar la renta. Ya me veo durmiendo en el Chevette —dice Lester señalando un auto estacionado en la vereda.

Hablan de changas en las que entran a las 7 de la mañana pero no saben a qué hora terminan; de recibir 200 pesos por descargar un camión de leña; de conseguir un “trabajito” en los comercios donde los toman por tres meses y “para afuera”, para evitar ponerlos en caja.

—¿Qué pasa si les piden a sus patrones que les paguen los aportes?

—Es como que un perro venga detrás de ti a pedirte un hueso y tú ni siquiera te gires a mirarlo.

Vecinos nuevos en la frontera.

Pocas personas parecen saberlo, pero hoy es un día de celebración en el Chuy. Aquí, a dos casas de distancia de la partida de dominó, abrirá una oficina la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). El acto significa la primera visita oficial del director regional Marcelo Pisani, quien junto a la jefa de misión en Uruguay Tanja Pacifico pasó la semana reuniéndose con distintas autoridades —como la vicepresidenta Beatriz Argimón— y firmó un acuerdo de contribución que servirá para trabajar en las prioridades que el gobierno detecte para atender las necesidades de los migrantes. ¿Cuáles? El País consultó a Cancillería, pero las autoridades se excusaron de dar declaraciones.

En primera fila, durante la inauguración —de la que también participó Mireia Villar, coordinadora residente de Naciones Unidas—, estaba el intendente de Rocha, Alejo Umpiérrez. En la frontera que administra residen unos 1.500 migrantes, sobre todo cubanos, aunque en 2020 también llegaron senegaleses y un grupo de Bangladés. “Es gente que no tiene sustento, que por más que se les brinde asistencia en los comedores quedan en una situación de desprotección total desde lo sanitario, alimenticio y la seguridad. Con la pandemia esto se ve agravado, porque hay gente que está circulando en vías de reunificaciones familiares, o algunos que llegan caminando, y no pueden obtener la visa porque no se emiten. Quedan trabados en un espacio fronterizo, en una especie de limbo jurídico y social”, plantea Umpiérrez.

La oficina que abrió la OIM en el Chuy convive en el territorio con otra que gestiona la ONG Idas y Vueltas en alianza con la Agencia de la ONU para los Refugiados, y juntas responden a una alerta que el COVID-19 expresó a viva voz: si antes la fronteras eran un lugar de tránsito, ahora son elegidas por los migrantes para vivir. “Esto conlleva un incremento del riesgo de trata de personas, explotación sexual, abusos laborales y distintas violencias hacia la población migrante”, dice el intendente de Rocha.

También, en plena crisis sanitaria, suscita otros desórdenes propios de un sitio donde en una calle se está en un país y en la vereda de enfrente en otro. En Rivera, por ejemplo, hay migrantes que se saltean el puesto de migración al ingresar por calles fronterizas y “circulan de un lado al otro sin haberse realizado un hisopado”, dice Giovani Conti, director general de Promoción y Acción Social de esta comuna. Es tal como le pasó al cubano Daniel: físicamente está en un sitio, pero jurídicamente no está en ninguno; no entienden qué norma deben seguir.

Marcelo Pisano Tanja Pacifico
Marcelo Pisani y Tanja Pacifico, de la OIM, inauguraron una suboficina en el Chuy. Foto: R. Figueredo

Por eso, el foco de quienes diseñan las políticas migratorias hoy viró hacia los bordes bilaterales. Es que el COVID-19 “cambió la dinámica de la migración” dice Pisani, de la OIM, y advierte que “hay que ajustarse también a esta nueva normalidad”, lo que implica prepararse para cuando se abran las fronteras.

Según el director de la OIM, cuando ese momento llegue habrá tres elementos clave a considerar. Primero, “que la pandemia deja implantado el tema de la salud en la administración de las fronteras”. Segundo, que las causas de circulación serán diversas. “Hay gente que circulará en busca de trabajo, huyendo de la discriminación o buscando una mejor calidad de vida ahora que sabemos que es posible trabajar a la distancia”. Tercero, los gobiernos deberán estudiar de qué manera los migrantes jugarán un papel en la reactivación de la economía.

En el caso de Uruguay, “no puede ver a la migración como un peligro, ya que económica y demográficamente la necesita”, opina Pacifico, de la OIM. El desafío que enfrentaremos es “transformar su presencia es una oportunidad para desarrollar al país”, agrega Villar, la coordinadora residente de la ONU.

Todas las historias.

Si un quinquenio atrás, cuando se consolidó el desembarco de migrantes venezolanos y cubanos motivados por una legislación “adelantada”, con “una visión de puertas abiertas” —describe Pisani—, se recolectaban una o dos historias que se repetían en cuanto al tipo de travesía que cada población hacía para arribar —en avión, los que venían con visa y dinero; una ruta por tierra, guiada por coyotes, los que no tenían ni visa ni dinero— la realidad actual es que no hay ni uno o dos patrones: cada migrante trae un relato distinto.

Leonardo Fosatti, de Idas y Vueltas, dice que los monitoreos indican que los lugares de procedencia han cambiando: “Desde hace un año por lo menos empezamos a notar que llegaban desde otros lugares, por otras rutas que se van lentamente consolidando y los traen hasta nuevos puntos de ingreso”.

Según información de la Dirección Nacional de Migración (DNM) a la que accedió El País, en 2020 ingresaron al país 7.270 colombianos, 6.712 venezolanos, 6.754 peruanos, 5.505 cubanos, 3.477 bolivianos, 2.006 ecuatorianos, entre más de 100 nacionalidades, en las que se encuentras migraciones súper numerosas como la argentina y la brasileña.

Estos números no significan que estas personas hayan elegido a Uruguay para empezar una vida nueva. De hecho, en 2020, la DNM y Cancillería recepcionaron 10.376 solicitudes de residencia. De estas, 6.811 son de ciudadanos argentinos, 1.547 de venezolanos, 656 brasileños, 415 colombianos, 199 peruanos, 48 ecuatorianos. Mientras que la Comisión de Refugiados registró 2.912 solicitudes, mayoritariamente de cubanos.

Pero, ¿por dónde entraron? Un cambio sustancial es que las corrientes migratorias cubanas y venezolanas diversificaron su punto de ingreso. Esto generó una llegada inusual de migrantes en fronteras como la de Rivera (1.713 cubanos ingresaron por allí), Río Branco (645 cubanos) o Fray Bentos (479 venezolanos).

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Según los migrantes cubanos, los dos problemas principales son "las demoras en los papeles de regularización" y conseguir un trabajo formal. Foto: R. Figueredo

Los arribos imprevistos, muchas veces en medio de la madrugada, obligaron a diseñar un tratamiento especial para articular recursos de organismos internacionales, ministerios y de los propios gobiernos departamentales para asistir a aquellos migrantes que llegaban sin el hisopado requerido, sin dinero para abonar el examen en la frontera, ni capital para pagar un lugar donde realizar la cuarentena. Además, tuvieron que contener a las personas que resultaron positivas de COVID-19 y responder a sus necesidades básicas de alimentación, higiene y vivienda, ya que muchas veces son “caminantes que llegan sin nada encima”.

Conti, el director general de Promoción y Acción Social de la Intendencia de Rivera, califica a esta demanda de “explosiva”. La misma desbordó al sistema que estaba armado desde 2018 y que incluía a una referente de la OIM. “No hay institución en Rivera que no haya recargado su trabajo y su estrés, ya que hay trámites simples y otros complicados que implican abordajes sociales más holísticos de los que estamos preparados”. A la comuna esto le impuso “una erogación no planificada, no presupuestada y no devuelta por el Estado ni organizaciones internacionales”.

Hoy son 486 los migrantes indentificados que residen en la frontera con Santana do Livramento y hay otros tantos que circulan de forma irregular (al no pasar por Migración). “Tenemos ingenieras trabajado de domésticas; laboratoristas, geólogos y docentes haciendo changas forestales, cargando cajas porque el mercado laboral es demasiado pequeño”, plantea Conti. Ante esta realidad, algunos pidieron ayuda a la intendencia para retornar a sus países, “porque la libertad de Uruguay es demasiado cara para ellos”. Otros anunciaron que emprenderán nuevos viajes, “considerando que Uruguay fue un error pero triunfarán en otro país”, dice Conti.

En tanto, en Río Branco, el alcalde Christian Morel cuenta que los que llegan en situación de vulnerabilidad son enviados a un refugio en Melo para la cuarentena. Unos 20 o 30 retornaron a la ciudad. “Son pocos pero nunca tuvimos tantos”, dice. La sociedad los ha aceptado, pero también tiene miedo “de que nos invadan y se queden con el poco trabajo que hay”.

—¿Y usted qué les dice cuando le expresan ese temor?

—Trato de no responderles nada. Les digo que es un fenómeno mundial y que nuestra legislación lo permite.

El ruido de la xenofobia.

Quienes trabajan con los migrantes dicen que fueron los primeros en ser golpeados por la pandemia y serán los últimos en recuperarse. El efecto de la crisis fue inmediato. “Perdieron empleos porque se vieron afectados los principales rubros en los que trabajan (gastronomía, hotelería, atención al público en comercios) y muchos no accedieron a los beneficios de la seguridad social”, expone Susana Novaro, presidenta de Idas y Vueltas. Si antes a un migrante le costaba seis meses lograr un puesto acorde a su formación, debido al virus esa brecha se extendió y el trabajo se precarizó.

testimonio de una madre desesperada

Los patrones lo tenían en negro; no pudo acreditar ingresos, le negaron la residencia y le quitaron la cédula

“Se me fue el amor, la ilusión de vivir en Uruguay”, dice Aura Mercado con la voz quebrada. Mercado llegó siete años atrás desde República Dominicana y es una de las referentes más activas de la nueva ola migratoria. Incluso, ganó una beca de la Universidad Claeh para estudiar gestión cultural. Sin embargo, vive una pesadilla con la regularización de uno de sus dos hijos, a los que logró traer tras luchar por la reunificación familiar. Taz tiene 21 años y desde que llegó, antes de cumplir los 18, comenzó a estudiar y trabajar, pero sus empleadores se negaban a ponerlo en caja. Como no pudo acreditar sus ingresos, el 20 de mayo pasado le negaron la residencia y le quitaron la cédula. “Está deprimido, dejó los estudios y sin la cédula no puede conseguir trabajo. Esto nos cambió la vida. Nos hirió el propio sistema para el que tanto estuve trabajando”, se lamenta su madre. Soledad Sánchez, desde la Dirección Nacional de Migración, explica que Uruguay no deporta pero sí expulsa. Estos casos son "contados" y suelen definirse por mandato judicial, habitualmente en casos de migrantes que cometen el delito de narcotráfico. Sánchez plantea que quienes reciben un rechazo de la solicitud de residencia quedan en situación de irregulares (no de ilegales), y que si bien pueden seguir trabajando no podrán acceder a los beneficios de la seguridad social. Para reiniciar la solicitud, esta vez deberán presentar toda la documentación requerida junta, viéndose obligados —una vez más— a probar un ingreso fijo, un panorama poco probable si el migrante no cuenta con una cédula de identidad. 

Rosa Méndez, directora de la División de Derechos Humanos del Ministerio de Desarrollo Social (Mides), grafica el impacto del COVID-19 con una cifra: entregaron 8.000 canastas a migrantes. Además, fueron atendidos 3.137 y asesorados otros 4.133 que pidieron ayuda para tramitar su residencia, obtener la cédula —que en los casos extremos la gestiona de forma gratuita este ministerio— y una vivienda.

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Leonardo Fosatti, de Idas y Vueltas, trabaja con población migrante en la frontera del Chuy. Foto: R. Figueredo

El drama de la vivienda nunca fue tan agudo. Cien migrantes durmieron en refugios y se detectaron a otros 20 pernoctando en la vía pública. “Hablamos de un perfil de personas que no suele ser el que se encuentra en estas condiciones”, plantea la directora. Muchos de los que perdieron su casa se desplazaron hacia la periferia y se instalaron en asentamientos. “Me preocupa mucho cómo hará esta población para recuperarse”, confiesa.

Mientras esto sucede, las expresiones de xenofobia crecen: eso también nos dejó la pandemia. “Recibimos mails donde nos reclaman por qué les damos canastas y ayuda para conseguir trabajo a los migrantes”, cuenta Méndez.

Este empuje de discriminación no es una conducta exclusiva de los uruguayos. De hecho, Vanessa Sarmiento, presidenta de la organización Manos Veneguayas, dice que en países como Perú y Ecuador (donde están radicados más de un millón de venezolanos) la xenofobia está expulsando a sus compatriotas. También quieren irse algunos de los que están en Chile (que puso una visa para estos ciudadanos en 2019) y en Argentina, “porque el salario ya no les rinde”. Los venezolanos serán los protagonistas del fenómeno de remigración: “Buscan un plan b y están fijándose en Uruguay, que para nosotros es como un pequeño oasis por las facilidades que nos da”. En sus redes sociales, esta ONG recibe consultas a diario acerca de cuándo abrirá las fronteras el país.

Agobio de papeles.

En la nueva sede de la OIM, mientras se filtra por la ventana el traqueteo de la partida de dominó que juegan los vecinos cubanos, Pacifico —la jefa de misión para Uruguay— plantea que no hay que perder la perspectiva. Hay más relatos de xenofobia, “pero Uruguay es un ejemplo de buena convivencia entre las 60 nacionalidades que lo habitan”. Se incrementó la precarización laboral, “pero aquí la inserción es muy buena en comparación a otros países”. ¿La demora en los trámites? “Muy, muy poca: también en comparación. Este es un país que promueve la regularización de los migrantes desde que llegan, y les brinda acceso a los derechos. Por eso escuchamos que hay personas que les interesa venir a quedarse una vez que se abran las fronteras, pero no será un tsunami y hay que tener claro que Uruguay puede: está preparado para responder”.

migrantes en el chuy
Entre las corrientes migratorias nuevas, en 2020 llegaron varios senegaleses y un grupo de Bangladés. Foto: R. Figueredo

Pero no todos los migrantes comparten este punto de vista. Los cubanos, especialmente, que se enfrentan a solicitar la visa una vez que ingresan al país o a tomar el camino del refugio, insisten en que “hay que cambiar la burocracia de los papeles”. Fosatti, de Idas y Vueltas, que trata con sus problemas a diario, los entiende. “Esto se ordena si quitan la visa, porque ellos igual entran al país y el problema después lo tiene el Estado. Ellos sin la visa no pueden empezar el tramite de residencia”, plantea.

inserción laboral

Crean bolsa de trabajo para que migrantes consigan puestos acorde a su talento y formación

María Eugenia Robaina, de la asesoría laboral de Idas y Vueltas, considera que la pandemia amplió el tiempo de demora en acceder a un trabajo formal. “Es esencial para ellos, porque la acreditación de ingresos es una condición para obtener la residencia”, explica. En 2020 trabajó en el desarrollo de un programa de inserción laboral que surgió de un convenio con Acnur. El objetivo “es que logren insertarse en los cargos para los que están calificados”. Se generó una base de datos con 750 currículums: “Eso nos permitió saber que suelen llegar con formación técnica y profesional y experiencia en el área de servicios”. Esta bolsa se seguirá nutriendo, mientras que ya recibieron unas 30 solicitudes, de las cuales varias se concretaron.

Desde la Dirección Nacional de Migración, su coordinadora administrativa, Soledad Sánchez, reconoce que, para tramitar la residencia, se está dando hora para mayo, pero también asegura que pronto “se volverá al ritmo normal”. Sin embargo, sabe que este cuello de botella que agobia a ciertos migrantes tiene que ver con la forma en que la información circula. Muchas veces inician el trámite de residencia y no entregan la documentación hasta que la cédula provisoria (con vigencia de dos años y una prórroga de uno más) está por caducar.

Y ahí empiezan los apuros y los problemas, especialmente para aquellos que no logran acreditar un ingreso: se les niega la residencia y se les retira el documento. Quedan en un nuevo limbo, en una situación irregular, condenados al trabajo informal y así imposibilitados de poder reiniciar la solicitud otra vez, ya que se les exige toda la documentación al inicio. ¿Y entonces?

En las calles del Chuy, el joven senegalés Assane no piensa en esto. Su estadía nunca se prolonga tanto como para preocuparse por los papeles. Mientras ajusta las manecillas de un reloj que imita el diseño de un Rolex y vigila por el rabillo del ojo que no se acerquen los inspectores municipales, cuenta que llegó hace dos meses desde San Pablo. En breve se irá.

—¿A dónde?
—A mi país —responde en un español rudimentario que se entrevera con el francés—. Luego vuelvo a partir por otros dos años, y regreso. Y así.
—¿Te gusta esa vida?
—Estoy orgulloso de mi vida. Duermo, me levanto, hago dinero para mi familia. Así debe ser la vida de un hombre, ¿o no?

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