Lavado de cabeza

| Cientos de jóvenes de los barrios pobres estudian peluquería para salir de la pobreza. Son tantas que saturan el mercado. Pero en algunos casos la apuesta funciona.

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El País

Nausícaa Palomeque

Deborah Rollano no quiso ir al liceo porque pensaba que era muy difícil y no se tenía fe. Con 15 años nunca había entrado a un shopping, no había visto la intendencia ni la playa ni el Parque Rodó. Su madre, sola y con cinco hijos más, no tenía dinero para sacarla a pasear. Como muchos de los jóvenes que viven en Casavalle, Rollano conocía muy poco lo que sucedía afuera del barrio y no tenía muchas expectativas para su vida.

Pero aprender un oficio y una pasantía en una peluquería de Pocitos hizo la diferencia.

Rollano estudió en una de las tantas ONGs de Casavalle: Plenmu, Plenario para la Mujer del Uruguay, un centro que tiene un convenio con el Inau y el Codicen, donde funciona una guardería y se dictan clases de peluquería. Según su directora, Nelly Fagúndez, en 1995 comenzaron con un curso para mujeres adultas que aprendieron el oficio y se instalaron en el barrio con peluquerías modestas en sus propias casas.

"En Casavalle hay muchísimas peluqueras. Ven una opción laboral, es un oficio fácil de aprender, además es atractivo para ellas, en poco tiempo saben arreglarse por sí mismas y les ayuda en la autoestima, se tienen más confianza".

Cepillo contra pobreza

En un radio de unas cuatro cuadras —es difícil medir las calles en Casavalle porque hay numerosos pasajes y caminos—, a la altura de San Martín y Capitán Tula hay seis peluquerías, incluso una frente a la otra.

La mayoría son locales modestos, un cartel en la ventana o un pizarrón afuera indican que allí funciona una peluquería. Incluso, en el muro de un improvisado almacén un cartel dice: "Cigarros, refrescos y cortamos el pelo".

Como las demás peluqueras visitadas, Violeta Sosa corta el pelo tratando de paliar la pobreza. Su peluquería está en un rincón del comedor de su casa, adornada con un mantelito y algunas flores de plástico, con varias estampitas y frases religiosas pegadas a un único espejo. Un par de secadores, algunos cepillos y nada más.

Tiene 67 años y corta el pelo en Casavalle desde hace 28. Sus clientas son pocas, los servicios que ofrece son escasos, los precios que cobra son muy baratos (entre 20 y 25 pesos un corte de pelo), y las propinas que recibe son muy pocas. "Con eso cubro el día a día, de vez en cuando paso la maquinita y con eso voy tirando para la comida, me da para los fideos y el huevo frito. Antes rendía un poco más, pero esto está cada vez más humilde". A tres cuadras de su casa, su hija también tiene una pequeña peluquería.

"Hay demasiadas peluquerías, no hay tantas clientas para tantas peluquerías, hay días que no viene nadie, no puedo vivir de esto, apenas colaboro con el sueldo de mi marido", dijo Adriana, que prefiere no decir su apellido, porque su peluquería no tiene los papeles en regla. Adriana estudió peluquería en el Centro, hace diez años.

Estela Castro trabaja desde hace 22 años en Casavalle, donde vive desde que nació. Coincide en que no se vive de la peluquería, "apenas colaboro con los ingresos, gano un promedio de 1.000, 1.500 pesos por mes".

Otra peluquera del barrio, Alicia Iglesias, dijo que "está bravo para estar gastando en el pelo, ahora te hace la tinta tu hermana o vos misma, no podés tener clientas fijas". Iglesias no tiene problemas con la informalidad de su peluquería. "Una vez me cayó la DGI y el hombre vio esto y me dijo: ‘señora, ¿qué le voy a cobrar?’." Uno de las dos veces en que fue entrevistada, Iglesias no podía hacer lavados de cabeza porque no había agua en el barrio.

Las nueve peluqueras consultadas tienen diplomas de cursos que hicieron en la UTU o en academias del Centro o de la Unión. Ninguna estudió en las instituciones que se han instalado en el barrio. Hubo también algunas peluqueras de Casavalle que no pudieron ser consultadas ya que reaccionaron con agresividad ante la posibilidad de ser entrevistadas.

Según un informe de la socióloga Verónica Filardo sobre Casavalle, citado en Qué Pasa en mayo, uno de los problemas del barrio es que hay muchas instituciones instaladas en la zona enseñando oficios como peluquería. Pero no hay coordinación y son escasas las estrategias para que los estudiantes puedan trabajar dentro o fuera del barrio, por lo que muchos no consiguen salir de la pobreza. "No alcanza con capacitar. ¿Los vas a capacitar para qué? ¿Para qué pensar en capacitación, si no pueden salir del barrio? Hay montones de instituciones que capacitan, pero para trabajar en la misma zona, no para trabajar en una peluquería del Centro. Como política integral hay que atacar el tema de la posibilidad de acceso al trabajo. Casavalle tiene que generar algún producto que pueda tener un reconocimiento social externo", dijo Filardo entonces.

Una de las instituciones más conocidas en la zona es el centro Kolping, una institución católica que dio cursos de peluquería y formación religiosa en Casavalle desde 1994 hasta 2001. Allí asistieron un promedio de 30 jóvenes por año, dijo Ricardo Matonte, responsable académico del centro. "Las clases terminaron porque no podían coordinarse bien y las inscripciones bajaron, no se podía seguir enseñando lo mismo, había cierta saturación en el barrio. Ahora estamos iniciando cursos de gastronomía". Según Matonte, los cursos de peluquería duraban cuatro meses y apuntaban sobre todo al autoempleo, la idea era que las jóvenes atendieran a domicilio.

Pero esa alternativa en un barrio tan pobre, resultó poco viable.

Todas las mujeres consultadas comentaron que hay muchas chicas de la zona que hicieron cursos básicos de peluquería en instituciones o en pequeñas academias que abrieron algunas peluqueras desocupadas, que esas jóvenes no consiguen trabajo y piden empleo en sus peluquerías. Ninguna pudo contratarlas, porque tienen pocos ingresos y trabajan solas.

"Hay varios cursos, también hay algunas peluqueras que les fue mal y abren una pequeña academia, cualquiera enseña, después, obvio, no consiguen trabajo y andan como un hormiguero pidiendo trabajo. Yo apenas puedo con lo mío, es imposible darles", dijo Adriana. Por su parte, Iglesias agregó: "¿cómo les voy a dar trabajo?". Casi no tiene clientes y sólo trabaja unas horas los fines de semana. "Hay mucha pobreza. Hace un año y medio dejé de hacer tintas, y permanentes, sólo hago cortes y algún brushing de vez en cuando. Me gustaría trabajar en otro barrio, hacer más cursos y aprender, pero no tengo plata. Pedí trabajo en otros barrios, en peluquerías lindas, pero piden gente más joven y yo ya tengo 48 años".

Además, carga con el estigma de la zona: "Cuando me piden la dirección, sólo digo la calle. Nunca digo Casavalle, el barrio está quemado, enseguida piensan en zona roja".

Cortando el pelo gana unos 1.200 pesos por mes. "No puedo cobrar más de 20 pesos el corte y casi no tengo propinas. Esto es una changa. ¿Quién va a vivir de la peluquería en Casavalle?".

Por eso, hoy en Plenmu apuestan a las adolescentes, procuran que salgan del barrio, para que puedan conseguir un empleo y superar la exclusión. "Se busca que no se instalen en la zona, que hagan pasantías en salones del Centro, Pocitos, Carrasco, Malvín, para que conozcan otra gente, hagan amigas afuera del barrio, para que acceden a otras realidades y rompan con la exclusión", dice Nelly Fagúndez, directora del centro.

Salir del barrio

"Yo creía que no me daba la cabeza para ir al liceo, que había que estudiar mucho, que no estaba preparada. Será que tampoco me lo exigieron", dice Deborah Rollano, de 22 años. En su barrio, explica, no es como en otros lados en los que cursar la enseñanza secundaria es algo lógico y natural. "En Casavalle no es tan normal terminar la escuela y empezar el liceo. Como que no ves otra cosa. No sé por qué es así, pero son todos iguales, no arreglan la casa, no la ponen linda, no buscan un mejor trabajo, o directamente no trabajan. Son pobres y se quedan en eso. A mí me pasaba lo mismo".

Cuando Rollano terminó la escuela hizo un curso de reciclado de bolsas en el centro Tacurú y luego fue a Plenmu a estudiar peluquería "porque quedaba cerca, no tenía que pagar nada y fui a ver qué había". Al principio no le gustó mucho porque la profesora faltaba muy seguido, pero al año siguiente llegó otra docente, Raquel Fuentes, que comenzó a alentarla. "Nos empezó a meter en la cabeza que íbamos a trabajar, que nos iba a ir bien, que si nos esforzábamos, íbamos a mejorar. Y dale que dale... A mí nunca me habían hablado así, me fue llenando la cabeza con eso y me lo creí".

Las clases en el Plenmu se dirigen a jóvenes de entre 13 y 18 años, que no cursan ningún tipo de educación formal y sólo tienen primaria completa. El curso de peluquería dura dos años e incluye otras asignaturas: historia, idioma español, matemática, geografía, computación, música, expresión corporal, todo gracias a convenios con el INAU, que colabora con becas, el INDA, que brinda alimentos para las meriendas y el Codicen, de donde llegan los docentes. Pero lo que más le gustó a Rollano es que podía hablar de sus cosas con los docentes: "te preguntaban cómo estás, cómo te sentías, no era sólo estudiar".

Rollano empezó su pasantía un año y medio después de iniciar el curso. Tenía los conocimientos básicos y en el Plenmu le consiguieron una pasantía en Pocitos.

Como no tenía uniforme el primer día se puso la mejor ropa que encontró, la blusa que usaba para salir y una pollera que le prestaron: "me fui toda pintadita, re paqueta, yo quería estar presentable, pero se me fue un poco la mano". Ese día la profesora tuvo que llevarla y acompañarla de regreso a su casa. Rollano no conocía las calles fuera de Casavalle y no estaba acostumbrada a andar en ómnibus.

"Me sorprendió Pocitos, los autos, los edificios, el movimiento. Yo no estaba acostumbrada a tanta gente ni había estado en una peluquería tan coqueta, con gente re fina", recordó Rollano.

A pesar de que en la peluquería le daban el dinero para el boleto y para la comida, los comienzos no fueron fáciles para una muchacha de 16 años que apenas había salido de Casavalle. Los nervios y la falta de experiencia le jugaron en contra. "No sabía qué decir, me daba mucha vergüenza, me sentía distinta. Es que yo era distinta, a pesar de que no me lo dijeran", dice hoy, seis años después, en una peluquería en la Aguada, donde trabaja como empleada fija.

Según Rollano, no era lo mismo lavarle el pelo a sus compañeras de clase del barrio que atender a una señora de Pocitos: "tenés que tener otro trato, tenés que saber hablar y en el barrio estamos criados de otra manera. En el Plenmu me habían enseñado todo, pero las cosas no me salían. Estaba re nerviosa y me paralizaba, ¿qué iba a hacer? Tenía que encarar esa situación sola y era un desastre, les mojaba la cara a las clientas, se me caían las toallas, y se me escapaba mi forma de hablar".

Su única tarea consistía en lavarle la cabeza a las clientas, pero ni siquiera podía cumplir adecuadamente con esa tarea. El desastre fue tal que la dueña de la peluquería llamó a Plenmu pidiendo explicaciones. Pero una charla de la profesora con la peluquera y un rezongo de la docente a Rollano fue suficiente: "si quería cambiar, tenía que dejarme de pavadas y esforzarme y bueno, reaccioné y fui encarando mejor".

Un año después, en un paseo de fin de año a Maldonado que organizó el Plenmu, la suerte y las mañas de Rollano hicieron que consiguiera un mejor trabajo. No había podido salir con el grupo y viajó un día después. Nerviosa, porque nunca había salido de Montevideo, se puso a conversar con la señora que viajaba a su lado y le habló del Plenmu. Su acompañante era Liliana Blanco, dueña de la peluquería donde Rollano trabaja hasta hoy.

"A Deborah la conocí de casualidad en un ómnibus, ella me contó del instituto y cuando realmente necesité un chica llamé para probar", dice Blanco.

Como Rollano tenía trabajo, en Plenmu seleccionaron a otra joven, que no se presentó. "No entiendo qué les pasa, como que no valoran la oportunidad que les da el centro, no sé, como que no se dan cuenta", dijo Rollano.

Un año después de iniciada su pasantía en Pocitos, Rollano aspiraba a más: "no me podía pasar toda la vida lavando cabezas, yo ya me había dado cuenta que quería mejorar, me había entusiasmado y sentía que podía". Por eso, pidió para ir a visitar la peluquería de Blanco, le hicieron una prueba y el puesto fue suyo. "La verdad es que no estaba muy segura de tomarla. ¿Qué hacía con ella? Porque la impresión física en una peluquería es importante y Deborah no encajaba, tenía el pelo todo motoso y se expresaba muy mal. No tenía nada que ver con lo que es ahora, le empezamos a hacer el brushing, le cambiamos el maquillaje, la fuimos corrigiendo en sus modales. Ahora es un empleada impecable, casi no preciso hacerle indicaciones, me voy y quedo tranquila que ella saca todo adelante", dijo Blanco. Desde entonces cada vez que necesita una empleada llama al Plenmu, les da una oportunidad y si funcionan, las contrata. Hoy tiene tres estudiantes que vienen de allí.

Rollano aprovechó su oportunidad. Ella, explica, había cambiado y tenía otras expectativas para su vida: "yo había empezado a ver las cosas de otra forma. No me gustaba sentirme diferente, yo quería ser como las demás y me fijaba en todo, en la manera de caminar, la ropa, el pelo. Antes yo caminaba toda encorvada, con la cabeza mirando al piso. Ahora ya no me sentía inferior, me había dado cuenta que quería mejorar".

Aunque la historia de Rollano tiene final feliz, eso no es lo más común entre las aspirantes a peluqueras de Casavalle. De su generación, Rollano fue una de las pocas que consiguió trabajo. Por eso la directora de Plenmu dijo que el proyecto se rediseñó. "Antes se recibían de peluqueras y eran menores de edad y era un problema porque no podían trabajar. Ahora les ofrecemos otros cursos hasta que cumplan 15 años y a partir de ahí pueden estudiar peluquería y luego procuramos insertarlas", explicó Fagúndez. Según la directora, los resultados mejoraron: el año pasado 35 jóvenes estudiaron y hoy hay 25 haciendo pasantías o trabajando en otros barrios.

Cinco años después de aquel viaje a Maldonado, Rollano sigue viviendo en Casavalle. Con su sueldo de 3.000 pesos y el de su esposo alquilan una casa en el barrio. Pero Rollano quiere mudarse y que sus hijos vivan en otro sitio. Por ahora sigue allí, porque quiere estar cerca de su familia y porque su madre la ayuda a cuidar a su hijo.

Es posible que los cursos de peluquería ya no sean armas eficientes para cambiar el destino del barrio Casavalle. Pero a Rollano le cambiaron la vida.

"¿De qué me sirvió salir de Casavalle? Conocer, conocer la forma de vida de otra gente, darte cuenta de las diferencias, que había cosas que vos podías hacer y que en el barrio no te dabas cuenta y que tu familia tampoco se daba cuenta. Cuando terminé la escuela yo creía que yo no era capaz de ir al liceo, trabajando acá me cambió la cabeza, ¿por qué no voy a poder?", dijo. "Quiero conocer más cosas y tener más temas para conversar. Quiero hacer tres años de liceo y después hacer contabilidad en la UTU, ¿quién sabe? Capaz que termino administrando una peluquería".

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